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Tuve que inventarme una memoria, una novela de Nicolás Durante

Es literatura de movimiento, que se nutre con una prosa donde no sobra nunca un adjetivo. Es, si acaso existe el concepto, una escritura casi minimalista y eficiente, que no pierde el tiempo en digresiones.

Me gustan los inicios de las novelas. Los hay que delinean a un personaje que ya no vamos a poder olvidar jamás: “El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil” (La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa); los que anticipan algo que va a suceder, y es la razón por la que no vamos a poder dejar de leer: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó” (Crónica de una muerte anunciada de García Márquez) y, por supuesto, están los que te prometen un misterio: “Un sobre cerrado es un enigma que tiene otros enigmas en su interior. Aquel era grande, abultado, de papel manila, con el sello del laboratorio impreso en el ángulo inferior izquierdo” (La tabla de Flandes de Pérez Reverte). Esos inicios, dirían por ahí, son los mejores. 

El inicio de la novela de Nicolás Durante, Tuve que inventarme una memoria, pertenece a este último grupo y, por lo tanto, no sólo me gusta, sino que perpetúa una idea clara que tengo de la literatura: mientras más preguntas aparezcan en un inicio, más complicado será independizarse de la lectura. Y lo demuestro: “Matías creyó que iba a encontrar empleo pronto. Y que lo hubieran despedido de la facultad donde daba clases de Literatura era temporal; que a todos se les olvidarían pronto los mensajes que lo acusaban una y otra vez”.

Ahí está. Aún no han pasado más de una cuartilla pero hay dos cosas de Matías que me interesan: ¿de qué se le acusa?, y por supuesto…: si creyó que encontraría trabajo pronto, ¿por qué no ha encontrado? Desde aquí, se va desarrollando una historia que se bifurca en dos que no compiten entre sí porque se potencian: el drama de Matías, que ha sido acusado por Javiera, una atractiva exalumna, de abuso sexual; y una oferta de trabajo que recibe el propio Matías, mientras lidia con la denuncia de Javiera. 

Hablaba de lo mucho que me gustan los inicios de novelas, y el de Aura, de Carlos Fuentes, inicia con una oferta de trabajo demasiado buena para ser cierta. El resplandor es también el drama de un alcohólico que inicia con otra memorable frase “Qué empleaducho engreído, pensó Jack Torrance”, y no pude dejar pasar que el inicio de Tuve que inventarme una memoria, que se nutre de este planteamiento —la oferta de trabajo, inusual y atractiva— para llevarnos a un viaje (dos, en realidad) que tienen como marco de referencia el TLC de las épocas de Salinas, un miserable Ministerio Público, una isla sin Internet ni nombre en algún paraje brasileño y, por sobre todas las cosas, a un departamento en la Ciudad de México que funge como el sitio donde se dio el encuentro de Javiera y Matías que detonó todo cuanto somos capaces de leer en esta historia. Ahí, en del departamento, están las claves.

Sin ahondar en los sitios y su razón de existir dentro de la novela (arruinaría más de una sorpresa) como buen autor chileno contemporáneo, Nicolás nos va llevando por épocas y momentos al estilo de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Es literatura de movimiento, que se nutre con una prosa donde no sobra nunca un adjetivo. Es, si acaso existe el concepto, una escritura casi minimalista y eficiente, que no pierde el tiempo en digresiones porque le urge contar qué pasó en la noche fatídica entre Matías y Javiera (el misterio tutelar de la novela) y cuál es el misterio del hombre detrás de aquella oferta de trabajo que cae a Matías como del cielo (o el infierno). El hombre es Fernando, tercer personaje en una historia de dos, que carga con un peso que es, en cierto modo, la anticipación de Matías: un tipo al final de su vida que busca a un escritor en desgracia que relate su autobiografía. Aquí es donde el título de la novela empieza a latir con más intensidad: las invenciones, la memoria. La necesidad de la expiación. 

Mientras el juicio avanza en un presente doloroso para Matías, quien tiene borrada (de nuevo) la memoria de lo sucedido con Javiera, va desgranando la historia de Fernando, a la que no le faltan sobresaltos: Rusia, secretos, danza, abuso, y por supuesto, una enigmática mujer a la que Matías debe localizar, antes de que sea demasiado tarde. 

Matías, al mismo tiempo indicado y detective, encuentra pavorosas similitudes entre su historia y el pasado de Fernando; se topa con las semejanzas que hay en todos los hombres y en todas las mujeres, entrando en una espiral de culpa y remordimiento que lo convierte en un personaje trágico desde el sentido individual del término: no sabe lo que hizo, pero la culpabilidad le visita cada noche, y nos hace preguntarnos algo capital en el mundo que hoy mismo estamos transitando: ¿por qué no le creemos a Javiera?. Matías es, en cierto modo, todos los culpables mientras, Javiera, todas las víctimas.

Hablaba de un sitio en Brasil sin nombre. Ahí, un personaje le dice a Matías: “Al final, chico, uno en la vida aprende dos cosas: Que siempre se corre de algo o de alguien”. Esa frase capitaliza el vértigo completo de la novela: es una historia donde Matías, Javiera, Fernando y Dasha huyen… porque todos, de algún modo, huimos. La vida, tal vez, es una fuga interminable.

Decir que es una novela de escapatorias, de culpas y de olvidos, sería preciso, pero también sería disminuirla. Hay algo que permea las ciento cincuenta y cinco páginas y que es indispensable no perder de vista: es una novela donde hay espías. Donde hay un crimen no resuelto. Y, por lo tanto, es una novela que, igual que las mejores de su género, tiene un misterio que no se resuelve sino hasta el último párrafo. 

Me gustan los inicios de las novelas, pero me gustan más los finales. Los finales de novelas como Tuve que inventarme una memoria