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Uno. Nueve. Nueve. Cuatro.

(Ricardo) Morales, aquel personaje en la novela de Eduardo Sacheri La pregunta de sus ojos, sentenció de manera categórica lo siguiente: Todo lo que pueda salir mal va a salir mal. Y su corolario. Todo lo que parezca marchar bien, tarde o temprano se irá al carajo. Vamos, después de quedar viudo, tras el asesinato de su esposa y sin justicia, no podía pedírsele ser un derroche de alegría. Pero fuera de esas pequeñas consideraciones, cuánta razón tenía.

Era martes, en la frontera del verano y otoño del ‘94, de noche —muy noche en aquel tiempo— y a pesar del cansancio propio del ajetreo del día, era imposible dejar de sentir esa impaciencia tan característica que produce el corazón. Supongo que aquellos que llegaron a la playa Omaha cincuenta años antes, tenían cotas más altas, pero tras un veloz análisis mi ritmo cardiaco debió ser semejante al de los marines

La almohada nunca ha sido una consejera adecuada, no responde o al menos la mía nunca lo ha hecho, me deja lleno de dudas y abona a la ansiedad. Aquella noche de martes dejó un espacio para que la mente (y probablemente parte de mi cuerpo) divagaran por zonas previamente visitadas, a las que solemos llamarle ilusión (RAE: Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos). Soy Pichichi en armar escenarios irreales y crear expectativas inalcanzables, por lo que aquellas horas sin sol, fueron muy bien aprovechadas por mi imaginación. Es posible que conocer el destino de Sierva María de Todos Los Ángeles y Cayetano de Laura durante esa primavera, me dejó algo sacudido y predispuesto a lo que podría vivir el día siguiente.

El año había sido un año singular en muchos sentidos. El país, el mío, estaba sangrante (más de lo usual). La irrupción del EZLN (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional), el asesinato de Colosio y la incertidumbre social habían enrarecido un ambiente en el que “nunca sucedía nada”.  Iniciaban mis últimos dos semestres de vida universitaria, las perspectivas parecían ser optimistas a pesar de todo —pendejo, véase el ‘error de diciembre’—  un portafolio de trabajo decente, un par de contactos en el medio y la sensación de vivir ese periodo de vida, aquel te “conviertes” en adulto por decreto —o eso suponía— era un salto de fe a un foso sin agua, pero no hay opción cuando se llega al final de la tabla. 

—Te voy a entrevistar.

¿Será que el sonrojarme permanentemente, sea una declaración de intenciones? La timidez tiene un cierto encanto. Lo complicado llega cuando las dos personas involucradas son tímidas. Un par de semanas antes, en un bar citadino, la frase arriba citada fue lo único que pude articular al saberme sentado junto a ella. De una manera u otra, las palabras (siempre las palabras) fueron saliendo, una tras otra, hasta completar una historia vista desde dentro. En algún momento de aquella noche, sentí estar dentro del filme de Mike Newell, Cuatro bodas y un funeral, estrenado aquel año, por lo que tuve el impulso de citar a Charlie (Hugh Grant) en la mejor declaración de amor de la historia*. Por supuesto no lo hice. Soy un cobarde.

Ahora, ¿qué habrá querido decir el destino para que A (no confundan, por favor, de A, no es la del libro que, por cierto, deben leer) llegara a mi vida a través de una cancha de futbol? Nunca fui un “10” en el sector del amor. En retrospectiva, puedo decir —con cierta bondad— que era un jugador bienintencionado y con cualidades, pero nunca un “nueve” de área. Así que la aparición de A, un viernes quince de julio a dos días de una final mundialista, fue un balón filtrado entre los centrales con ventaja para el atacante. 

En medio del silencio, el miércoles llegaba sin anunciarse y no había vuelta atrás. De alguna forma tenía la extraña sensación de tener una cita con el dentista, la cual no podía aplazar ni cancelar y sabía que de alguna forma me podía causar mucho dolor. El itinerario estaba claro hasta un punto: debía recogerla en la universidad después de mediodía, la llevaría comer y después lo que Dios quiera. El nerviosismo disfrazado en mi persona manejaba aquel VW Sedán blanco a través de las calles del DF. Esa soleada tarde (siempre recordaré el color del día) donde aquel otoño que recién asomaba no tardaría mucho en traer otro asesinato político más. Al llegar al restaurante sentí que estaba solo con el balón en mi poder de cara al marco. Aquella tarde supe con certeza que a nadar se aprende aventándose al agua, no hay más. 1994 fue, para mí, más que política, OJ Simpson y un mundo convulso; un periodo de cambio, un mundial de futbol, un libro de García Márquez, un CD de los Devlins y sobre todo el recordarme feliz. Es posible que la memoria busque esconder todo aquello que produce la inevitable sombra que la luz provoca. El resto de la historia no importa, se podría encapsular en trescientos setenta y nueve días con sus noches y muchas anécdotas e historias. Cómo lo dijo Morales, tarde o temprano todo (todo) se va al carajo. O no. Creo que hoy día casi treinta años después, si alguien me pregunta por A, puedo dibujar una sonrisa siempre. Espero (y deseo) que ella también lo haga.

* but I just wondered, by any chance, ehm, eh, I mean obviously not because I guess I’ve only slept with 9 people, but-but I-I just wondered… ehh. I really feel, ehh, in short, to recap it slightly in a clearer version, eh, the words of David Cassidy in fact, eh, while he was still with the Partridge family, eh, “I think I love you,” and eh, I-I just wondered by any chance you wouldn’t like to … Eh… Eh… No, no, no of course not… I’m an idiot, he’s not… Excellent, excellent, fantastic, eh, I was gonna say lovely to see you, sorry to disturb… Better get on…

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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