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Al menos toca lo que matas, o la escritura del movimiento

Hay espacios que creemos pasados u olvidados que han sido visitados con anterioridad. Y entonces reaparecen. Son fantasmas dentro de una burbuja transitoria que no se revienta.

Cómo modificar algo que busca siempre transitar sobre los mismos medios, sobre las mismas bases. Sin la variabilidad ni la transmutación. Claro, puede ser que esto o aquello no quiera ser modificado o bien, que quien tenga la oportunidad de modificarlo decida ser fiel a la idea o práctica ortodoxa que reza que así se ha constituido y, por tanto, no puede ser modificado. No hay novedad o experimentación sin la existencia de un ápice de riesgo. El riesgo y la experimentación caben en el mismo saco. Dentro de las cosas modificables, intercambiables, experimentales, auspiciadoras, está el ser poeta. Poeta. Dicho eso y también aquello, y acomodando inmediatamente las palabras para entrar en materia, escribo: los poetas que son quienes, situando las razones anteriores (el cambio, la experimentación) a un hecho concreto, fungen acá como dirigentes de la mutabilidad de los ritmos, las formas, los contenidos, la estructura de la poesía misma. Ante todo, es cierto: la poesía resiste. Casi toda la poesía. Casi todos los poetas. Dentro del mismo camino y de lo dicho, también es válido mencionar que hay quienes no salen bien librados ante esa alternancia que escapa del virtuosismo académico y formal: a los cánones, a las reglas. Hay quienes no soportan las alternativas informales, los riesgos, los experimentos. La escritura, en esos casos cuadrados, es sólo de una manera. Todo lo demás es ajeno. Ahí, en esa escritura fugaz, plena, mordaz, demoledora, que escapa de alguna manera a la cotidianidad poética, le haría un lugar a la poesía de Julián Herbert (Acapulco, México, 1971).

Al menos toca lo que matas es una antología que, en parte, nos dicen en una nota editorial, sigue los criterios de una antología previa organizada por Luis Jorge Boone. Es Oscura. Antología poética, publicado por la editorial Atrasalante, la obra a la que se alude. Aquella obra rompe el esquema cronológico de la publicación de la obra poética de Herbert y propone una lectura distinta de su poesía. Pienso, sabiendo que en Al menos toca lo que matas casi que sí se construye la antología respecto a la cronología de las publicaciones, que no hay maneras correctas o uniformes de juntar, de comprender el todo que es cualquier antología. Se apela a situaciones formales de construcción, pero es improbable seguir obedeciendo teniendo tantas alternativas. O es sólo que es un acto rebeldísimo y en pro de una mejor lectura y ritmo.

En Al menos toca lo que matas, publicado por La Pereza Ediciones, la distancia es palpable, pero es también el símil de un recorrido que insiste en renacer, o en volver, al menos, a sus inicios, al nacimiento, a cuando hubo respirado por primera vez el aire de la costa. Este florilegio es un recorrido por las publicaciones poéticas de Herbert: nos hace navegar desde el barriobajero Chili Hardcore (1994) hasta Oscura (2018).  Tomando el inicio como inicio y el final como prospecto de final, nace una analogía que puede esfumarse pronto y olvidarse de inmediato: la poesía no termina, aunque se cierre el libro, aunque la antología termine, aunque la editora haya decidido parar ahí y no continuar más. Luis Jorge Boone dice que todo lector es un antologador en potencia. Nosotros decidimos, entonces, hasta donde concluye al ser antologadores de las antologías mismas. Este compendio, dicho sea de paso, puede concluir al lado de una cama de hospital o enamorado de comida basura de McDonald’s.

A lo largo de las páginas, conforme vamos suplantando los espacios, brincando de poema en poema, hay similitudes inmensas que no son realmente similitudes sino procesos que tienen un origen mismo: la vida del poeta. No son similitudes sino hechos trascendentales, recorridos que parecen haber sido trazados bajo el mismo esquema; y en parte es cierto, pues el fundamento poético es el mismo, la vena creativa nace de escarbar en la mente, en los procesos propios de identidad, de figuración. No podemos escapar de nosotros mismos. No podemos no tener similitudes en lo que escribimos. Todo eso parece gritarnos el paso de los años, el paso de los versos. El paso mismo del tiempo. Hay espacios que creemos pasados u olvidados que han sido visitados con anterioridad. Y entonces reaparecen. Son fantasmas dentro de una burbuja transitoria que no se revienta.

Soy un pueblo abatido por las plagas. Exhibición sobre el fanatismo por los extremos. Una explosión sensorial. Un viaje por la historia. Los recuerdos. La poesía erigida como una construcción que se derrumba al pasar la página. Pero el dolor se acaba y viene uno nuevo, y luego otro. Mi cuerpo es como el dorso desgastado de una Biblia. Ante ello, es mejor plantársele al dolor con más preguntas que respuestas a algo tan crucial y fundamental como el dolor. Las mismas dudas son las respuestas que no se comprenden pero que auspician. Es una manera de enfrentarse sin enfrentarse. La poesía dice sin decir, ha dicho la poeta Carla Faesler.

Hay, finalmente, traición desaforada: traición devenida traición. La búsqueda de los restos. El origen. El tiempo no cambia de lugar, pero Tú eres joven. / No te ocupas del tiempo. Rebosante juventud a pesar del tiempo… Tiempo que se pone en duda. No por existencia, sino por (mal) funcionamiento. Hay poemas como anticipaciones de la tragedia: visiones futuras del pasado. Un atropello del futuro presente. Los hechos personales son historia. Ay, los poemas del fin del mundo. La poesía, ese filtro mortal del entendimiento. Dicotomía del horror y lo bello. Palabras propias perseguidas por uno mismo, o  uno mismo perseguido por las palabras, que no se detienen, que vienen del sueño. Entonces cree uno haber escapado, sano y salvo, pero no, y es solo entonces que la poesía suprime, exalta, nos hace cuestionar si ha sido todo un festín o una circunstancia. Y qué más da: como sea, pero al menos toca lo que matas.

(Todos los versos que se encuentran en cursiva pertenecen a fragmentos de poemas del autor, a excepción de las cursivas que nombran las obras)

Julián Herbert
Al menos toca lo que matas
Estados Unidos, La Pereza Ediciones, 2021, 176 pp.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

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