Categorías
Historias

Aquella noche entera

Se han largado los ladridos, el viento, la risa, mi desnudez. Absoluto silencio. Sólo la sentencia única de mi memoria y la noche entera.

Moriría hoy mismo si quisiera, bastaría con hacer un pequeño esfuerzo, si pudiera querer, si pudiera esforzarme. Pero lo mismo da dejarme morir, sin apurar las cosas.


Samuel Beckett

Hace días que no logro dormir la noche entera y he renunciado ya a luchar siquiera por intentarlo. Es agotador el desencuentro con el descanso y eso me hace sentir en completa disfuncionalidad. La última noche que logré dormir por un espacio de tiempo si acaso prolongado, soñé con mis difuntos. Antes de aquello y desde entonces, no encuentro sosiego ni respeto por mi calidad de ente insomne y desdichado. Cuando digo antes de aquello y desde entonces, me refiero a las míseras tres, cuatro horas que dormí. Creo que fue hoy mismo. Las noches son todas las mismas. No hay espacio ni claridad entre un día que termina y uno que inicia. Por las noches, o esa noche, despierto abruptamente cada cierto tiempo, como si hubiera algo dentro mío que me estuviera impidiendo la continuidad. Pestañeo, giro sobre el colchón, golpeo las palmas contra la pared, miro la hora, cambio de almohada y vuelvo a cerrar los ojos. Nada. Todo funciona sólo momentáneamente. Puedo volver a dormir, a veces, aunque sólo unos instantes después estoy con los ojos abiertos nuevamente. Ahora ya no doy vueltas como antes sobre la cama, sino que decido levantarme y andar por el cuarto, asomar mi rostro adormilado por la ventana, ver nada y helarme los pómulos y sentirme vivo un instante; husmear los libros, moverlos de lugar sin leer una línea siquiera, luego encender el televisor para sentir algo de compañía con el ruido que esta suelta por el cuarto. Me canso pronto de no hallarme en nada, de sentir que nada me pertenece, ni siquiera mi propio tiempo. Caigo en ese absurdo de pensar que algo tan relativo me pertenece. Me siento a orillas de la cama, derrotado, como guardándome el rostro entre las manos. Siento que se está cayendo en pedazos, como resbalándose entre mis dedos: apunto mi mirada al suelo y alcanzo a mirar esos fragmentos de mí, como pedacería de un algo que existía antes de no saber, ahora, a dónde es que pertenece.

Silencio.

Abro los ojos.

Siento que estoy soñando despierto. Necesito, quiero llorar, pero no puedo. También quiero dormir. Pero una vez más, no puedo. Pienso, todo, pero me resulta una masa de algo sin sentido alguno. Se me resbala la razón. Es otra voz que me habita y que piensa por mí cuando estoy así, en duermevela, porque no creo estar consciente en totalidad, es improbable, no puedo… estar consciente. Sigo en la cama pero me ha vencido ya el cansancio y necesito recostarme de nuevo. No logro ni siquiera acomodar mi cuerpo sobre la cama, sólo quiero dormir, dormir como sea, pero dormir. Dormir. Cierro los ojos y lo intento. Pareciera que lo consigo, y esta vez logro que el descanso se sienta mayúsculo, pero no porque haya sido prolongado, sino porque el cuerpo ha encontrado refugio y un fragmento de vitalidad en un par de horas de sueño profundo. Esas horas en que vinieron a visitarme quienes ya han fallecido. Estaba agotado. O quizás estoy. Cualquier descanso iba a resultar como un milagro por el que alguien ha rezado mil noches. Abro enseguida la ventana y miro la noche que se está disipando; me confirmo así que el amanecer está apareciendo. Decido, en ese momento, ya no dormir más. Tomo conscientemente la decisión de no dormir, aún sabiendo las terribles noches que paso y  he pasado constantemente Y digo constantemente asumiendo una cualidad de insomne despechado de manera eventual, como si no supiera que lo mío viene de siempre. O sí sé pero no quiero aceptarlo. Aún queda ese espacio para burlarse de uno mismo. O es que sale más barato el júbilo que la resignación. Me premio con faltas y ausencias: con decisiones como no dormir, por decir algo. Además del sueño, faltas y ausencias de qué, me pregunto. En realidad son castigos, pienso. Me respondo sin darme cuenta mientras ensamblo un ramillete de dudas dentro de mi cabeza. Me restan algunos minutos antes de tener que levantarme, y me detengo a pensar en ese recuerdo de no haber dormido, pero no rememoro con brillantez las razones ni mi deambular. Y tampoco si ha sido esta noche o alguna otra. No hay mañana ni ayer ni hoy. Cuando lo pienso al despertar son sólo retazos de cordura de esa noche larga. Nada tiene sentido cuando intento juntar los hechos, sin es que acaso fueran hechos algunos. Probablemente son figuraciones, o espacios y momentos creados por ese otro yo que soy cuando la madrugada me habita. Es él, ese ser que soy yo taciturno, quien describe las acciones de ese sueño quebrado. En el exterior, en un mundo que alguna vez recuerdo haber habitado, todos hacían ahínco en mi discurso, diciendo que, realmente, estaba exagerando, que seguro eran malas noches nada más, o que, quizás, eran simples pesadillas. Devienen todos en expertos de mi insomnio y lo que me atormenta. La gente, entrometida, se atreve a denostar el clamor, te ponen una lista interminable de adjetivos que transcurren entre lo que creen inobjetable y aquellas palabras que les suenan bien pero de las cuales desconocen importancia. Vacían las palabras. Las enuncian por decir algo y dotan de falsedad su sentir, vacilan sobre lo mío. Me invalidan. No conocen la importancia de los silencios, de escuchar. Esa urgencia de nombrar y minimizar lo que a ellos no les cause escozor.

Detente.

Alguien parece estar gritando fuera.

Soy yo.

Me interrumpo ese pensamiento al mirar entre la persiana y sentir los primeros rayos del sol golpeándome mi torso desnudo. No quiero mirar el reloj. No encuentro sentido alguno jamás en ponerle etiquetas al tiempo. Me doy prisa, sin embargo, para salir del letargo. Necesito tomar un baño. Me dirijo a la puerta para salir de la habitación. Diez pasos entre la orilla de mi cama y la puerta. Me detengo a contarlos. Ocupo mi mente en nimiedades para no pensar en mí.

No camino.

Floto.

Rechinan las abrazaderas de la puerta cuando la abro, y sólo así recuerdo que prometí cambiarlas, o por lo menos usar algún remedio provisional. Cada movimiento dentro de estas paredes me recuerda que aquí dentro todo está desgastado, como anhelando una sucesión, una jubilación pronta. Porque las cosas por servir se acaban. Camino hacia el baño improvisado que me ofrecieron en conjunto con la habitación que renté hace algunos meses cerca del centro, cuando salí de casa de mi abuela para asumir que todo allá estaba perdido. Es un cuarto de baño decadente, triste. El hilo de agua que sale por la regadera es raquítico, pero funciona. Cuántas cosas que funcionan a pesar de ser o parecer desgraciadas, como sucesos abrumadores, cuartos oscuros. Una especie de amenaza a la vigencia: alguien gritando y manteniendo lo desdichado con tal de no hacer nada por cambiarlo, nada más por puro recuerdo vacuo y charlatanería. No es conformarse con tan poco, sin embargo, sino que no hay absolutamente nada más de que sostenerse. Y, aún consciente de ello, no reparo en los reclamos y las quejas mentales. Esos espacios solitarios y abrumadores recuerdan la miserabilidad propia, esa que aún no es tan honda. Sentirse ligero ante la miserabilidad propia en comparación con la vida de mierda de los otros. De eso pende el hilo…

Abro la regadera y apenas siento el agua helada resbalar por mi espalda siento ganas de salir corriendo. Siento mi piel consumirse. Me siento deshecho, desprotegido, más que desnudo. La ducha no sobrepasa los cinco minutos. No soporto ese cuarto tan pequeño ni la falta de tanto. Salgo de prisa a mirarme al espejo y no logro mirar nada.

El espejo vacío.

Mi reflejo ausente.

Silencio.

El espejo está quebrado y la ceguera se ha ido apoderando de mí velozmente, mucho más de lo que creía. Los doctores han vaticinado malos resultados desde los primeros diagnósticos, y, la verdad, no han mejorado con el tiempo. Podrían intervenirme, sí, pero los resultados podrían ser desastrosos. A menudo pienso si no sería mejor acelerar mi ceguera o, por el contrario, esperar a que esta me consuma a su paso propio. Se mira todo como si el silencio se hubiera materializado. Nuboso, fragmentado, a través de ese espejo. Roto. Y trato de anular el pensamiento como puedo. Me visto con la premura de siempre. Una especie de falso delirio paranóico ese que me tiene todo el tiempo siempre como apresurado, sin tiempo, con la realidad absurda sobre mis hombros. Debo darme prisa. Me dijeron, cuando renté, cuando me puse en contacto con Leonor, la señora y dueña de este espacio, una viejecita adorable que siempre viste de blanco… Ella me dijo que no había nadie más, pues hacía no mucho que había habilitado aquellos muros desgastados para poder rentarlos y así ganar algo de dinero, pues en cuanto murió su esposo y enviudó, se quedó viviendo de la pura pensión de su viejo y eso no le daba para vivir bien, o no como ella quería. Entonces,  relacionando fechas, deduje que era, hasta ahora, el único huésped. Me parece que lo sigo siendo. Me alentaba tanto y de manera equiparable el horror aquel de estar solo y además solo conmigo. Conmigo y solo. Es por ello que cada mañana me urge, como hasta ahora, salir de casa.

Y así lo hago ahora… Cierro la puerta que rechina y echo llave. Cierro sin cuidado alguno. Otros diez pasos hacia las escaleras que conectan con una puerta oxidada que indica la salida hacia la calle. Los paso hacia la escalera: diez. Y veinte escalones. Me perturban esos números pares. Me perturba todo. Siento que todas las miradas están puestas en mí y que me gritan pero yo no escucho bien qué. Seguro me insultan o me están incitando a desaparecer. O, también, es posible que nadie esté mirando. Asumo demasiado y supongo. Es un mal sin cura. Debe ser una enfermedad. O al menos algo que requiera diagnóstico. Es esto también producto de la ceguera y una profunda tristeza. Porque sé aceptarlo, pero no quiero hacer nada. Juego a ser víctima, también. Y a veces me quedo con el traje puesto. Y escribo esto para que permanezca por mí, para materializar, en el viento, siquiera, mi testimonio, ese que me tiene aquí atado. Para que exista aún a pesar de mí. Cuando escribo, no me siento vacío. Me recuerdo como emulando a una escritora que alguna vez se recluyó, incluso sin libros, en un cuarto, en París, con su máquina de escribir, a teclear y teclear nada más, a manera de hallar lo que era cuando escribía, no cuando leía, como si leer, de alguna manera, la sustrajera… nos sustrajera de nuestra propia identidad… Pero qué cosas digo.

Salgo a la calle más profunda. Debo hallarme con alguien. No recuerdo con quién. Mi vista funciona menos cada paso. Es inquietante mirar cada vez menos claro. Claro. No es humanamente soportable. Quisiera morir, pienso. Pero en realidad no quiero. Silvina Ocampo dijo alguna vez que por no morir quería morir. Cómo la entiendo ahora. Se decía, a su vez, la etcétera de la familia. Yo, por otro lado, etcétera de la vida misma. Pienso en ella como si eso me ayudara a huir de mí mismo. Resulta un alivio momentáneo pensar en ella y no en mi abuela recién fallecida, o en mis padres que no conozco y que a diario pienso. Tanto en qué pensar y uno escapa a pensar lo improbable, un sentimiento solemne y menos aciago. Tanto miedo de morir, de ya no ser yo mismo. Soy sólo un huésped de esta realidad. No duermes porque no tienes que hacerlo, me dice ese otro ser que me habita. Me guardo ya todo en la memoria. Tanto cuanto veo. Flores, árboles, tiendas de autoservicio. Automóviles viejos, lámparas rotas, calles vacías. Semáforos que funcionan por inercia, farolas rotas, callejones viejos y hediondos. Tiendas desbordadas por el mal uso. Edificios en demolición que albergan en sus paredes carteles de se busca, de mujeres e hijos desaparecidos. Parece ser que lo hemos perdido todo y yo busco guardarlo en algún cajón de la memoria. Todo. Todo permanecerá dentro. ¿Será posible que alguna vez aquello que decido almacenar, se marchite o el simple hecho de la voluntad lo convierta en un espectro inmarcesible?

Parece ser que un camino se ha trazado. Se siente como algo inhabitable, un espacio donde nada congenia. Cuando reparo en mí, no reconozco las calles. No sé dónde me encuentro, porque siento que me han dejado en blanco, absorto. Los árboles antes robustos que adornaban las esquinas, ahora están en sequía aparentemente permanente; las jacarandas se han tornado grises, como decaídas, melancólicas, presas de un olvido; el concreto que cubre la terracería de antes, la de las avenidas, se mira adusto, como una piel envejecida por haber vivido siempre insignificante, a la sombra de la permanencia. Hay un espacio dentro de todo ese irreal momento en que me miro reflejado en el vidrio de una estantería: mi rostro sigue en el mismo lugar, completo, no quebrado como lo imaginé esta mañana en que desperté; me miro desnudo, del torso, pálido. Algo me advierte el recuerdo de haberme vestido. ¿Me habré despojado de mis ropas al ir recorriendo esos caminos? Tengo recuerdos ingratos de la infancia de los que se me acusaba de exhibirme. No tuve jamás confianza de decirles que no podía soportar el hecho de estar cubierto, amenazado. Nunca pude. Ahora, que me siento con la fuerza para decirlo, no tengo a nadie. Hace un par de meses sólo me quedaba Nora, Norita, mi abuela, mi vieja. Pero se ha ido y me ha dejado solo. Que conste que me avisó, así que ni eso podría reprocharle. La metástasis fue, durante meses, nuestro reloj. Por ello me salí de casa suya. No podía soportar su aroma sin sentir la necesidad de abrazarla, de estar con ella. No podía. Extrañarla era inexorable… y yo un cobarde. Los primeros días mirar fotos fue un buen remedio, pero pronto la obsesión me hacía dirigirme al panteón a diario. Quería encontrarla, aunque fuera inanimada. Pero hallarla. Por supuesto que no pude soportar aquello. Hubo que huir. Tuve que largarme. Vendí la casa que me había dejado: su casa. Con ello vivo. Con ese dinero que siento sucio, por mí, que no por ella. Reflexiono sobre ese decir que me ha dejado. Qué insolente. Tanto que me dio y yo reprochando. Aquí me quedo con mi duelo, pues, y me pregunto qué pensará al verme siendo esto que soy si es que tiene nombre. Necesito un sol que me disuelva. Me disuelve la soledad que me ha habitado y la desnudez que siento mientras el aire me golpea la barriga. Volteo al vidrio de la estantería pero este ha desaparecido, como si alguien lo hubiera robado. Decido continuar, con cuidado. Sigo tratando de recordar con quién es con quien debo de encontrarme. Estoy agotado y apenas llevo, según mis absurdos cálculos, un par de horas bajo el solo y estas calles. Me siento absorbido. Según mi diagnóstico-dramático-ambulatorio-y-disfuncional: esto ya no califica como letargo. No llego hacia ningún espacio. Todo caminar bifurca en el descontrol, en más dudas, en esa misma calle vacía, los mismos transeúntes inmóviles, las mismas plantas ya demolidas por el polvo. El espejo, donde apenas hace unos momentos me mire casi desnudo, ha desaparecido. He desaparecido yo o eso estoy sintiendo. Me taladra los oídos la voz de Nora soltando risotadas. Me pregunto si se estará  burlando de mí. No creo. Era ella extremadamente noble, incapaz de reírse o burlarse del único ser que la acompañó en vida. Es alguna manera de alentarme, presupongo. Sí. O es que, más bien, es su risa lo único que bien recuerdo. Me borré sus llantos y sus lamentos. No quise recordarla de otra forma. Sigue doliendo, sin embargo, y fuera de tanto. Esa risa lejana, ya inexistente, de Nora, me hace continuar. Sigo el camino sin rumbo. Un peregrinaje por entre la premura y el abandono. Siento que la estoy buscando. Quiero hallarla entre los pasillos que transito. Necesito hacerme de su rostro otra vez. Aviento como una consigna al cielo un enunciado con algo de esperanza. No se dibuja nada en ese cielo distante. Digo que quiero encontrarme con ella. Me detiene un ladrido lejano, auspiciador. Lo siento como guía. Sigo sus pasos con miedo a perderme más, aún. La risa de Nora se escucha más lejana. Siento que estoy cerca de casa. Algo me taladra el pensamiento. Los ladridos me siguen insistiendo. Decido ir tras ese animal. Apenas si logro parpadear lento y limpiar mis ojos para aprovechar lo que me resta de vista. La siento escabullirse entre ese envoltorio que cobija al sonido. Se está agotando. Ya no escucho la risa lejana, sino puro ladrido. A mí alrededor todo se ha vuelto negro, espeso. Las calles han sido atravesadas por un olvido insistente, desafortunado. Siento todo desvanecerse. Hay fragmentos de mi rostro que antes tuve entre mis manos; esos que miré en el piso horas antes. Todo arde. Se percibe un grito lejano. Una voz dentro me advierte, sin aspavientos, que en caso de invasión absoluta, será mi memoria la única prueba de existencia. Se oye también rechinar una puerta y alguien andando por el cuarto. Alguien. Y, después, en un instante y en un respiro sofocante que me sacude, me percato que se han largado los ladridos, el viento, la risa, mi desnudez. Absoluto silencio. Sólo la sentencia única de mi memoria y la noche entera.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *