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Bosques que se incendian, la nueva novela de Wong

Una pareja americana recibe una extraña cinta en la que hay horas de grabaciones de la fachada de su casa. Días después, una segunda cinta despierta en ellos la inevitable alarma; esta vez la grabación está realizada desde el interior. La policía acude al llamado. En el interrogatorio de rutina, Fred Madison (interpretado por Bill Pullman) responde que “le gusta recordar las cosas a su manera. Y no necesariamente como pasaron”. Entonces el universo lynchiano se desboca a partir de esa sentencia, que más bien pareciera pretender ser un aforismo. 

Bosques que se incendian, la nueva novela de Roberto Wong (Random House, 2023), emula ese esqueleto en donde hay dos conceptos centrales: la memoria, todos los mecanismos que generen recuerdos y el espacio (que al igual que en Lost Highway de David Lynch) se ve representado en un objeto arquitectónico: la casa / el hotel.

Esta es una historia que, literalmente, se va borrando, como los entramados que conforman la memoria humana; ese aparato formado de capas que se extravían entre sueños y realidades, o realidades recordadas como por el personaje de Pullman en la película de Lynch, es decir, tergiversadas consciente o inconscientemente. Los personajes de Bosques que se incendian van alojando el Hotel Hilbert; un hotel imposible, una mancha intrusa en medio de un bosque, una especie de Hotel Overlook en el invierno desabrigado o de Bates Motel, con sus pisos separados en los estados freudianos del Yo. 

El manejo del vértigo inquietante de Wong hace repensar al espacio del hotel, del bosque y de la fantasmal estación de trenes como un recipiente de infinitos recuerdos borgianos como los de Funes, maleables e inestables como los de David Lynch y crueles como esa fuerza en El ángel exterminador que evita que las personas salgan de una casa o de un hotel o de la nostalgia de una reminiscencia. 

Una de las anotaciones olvidadas en una de las habitaciones del hotel señala que: “Los humanos no soportan mirar al sol de frente. Tampoco al cadáver, ni a la oscuridad. Mucho menos al pasado”. Acaso la memoria no es un concepto restringido por lo no soportable, o al menos un intento inútil de restricción, de protección, porque los recuerdos, los de esta aguda reflexión hecha novela, parecieran encontrar siempre la manera de copar el alma de los seres humanos, de transformarse hasta encontrar el significante más perpetuo, un inconstante cúmulo de espejos rotos que terminan por revelarle a sus personajes quiénes son y quiénes han sido realmente. 

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