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Cincuenta años

Y es que hay una diferencia de amar y querer, cuando se comprende que uno no es dueño del ser amado; que amar es dejar en libertad para verlo florecer. Y entre todo, hemos decidido ver la felicidad. Juntos decidimos aventurarnos.

Por: Lu Ange

Sí, soy yo la culpable de tu felicidad, la que cambia tu vida a cada momento, la chispa divina de tu día.

El sol que te brinda calor y alegría.

La locura que a ratos te bloquea, porque los nervios te traicionan.

La musa de tus sueños que, entre besos, me lo cuentas.

Sí, soy yo la rosa que florece entre tu jardín de vida. Tú eres el agua que me nutre constantemente; el escudo que me protege.

Sí, soy el culpable de tus constantes aventuras, el que te alienta a ir más adelante, el que te regala sonrisas, porque tú lo has hecho antes. Pero tú, amada mía, me has devuelto a la vida.

He de confesarte que, antes de ti, mis días eran grises, pero tú has pintado de nuevo mi mundo. Tú le has dado matices y contrastes.

Por ti he vuelto a ser lo que amaba antes.

He creado en un lienzo la más bella pintura el universo, que a tu lado me has enseñando.

Sí, somos los culpables de este eterno amor, que lo consagra una vida, cincuenta años de nuestra historia, y que hoy decimos que nuestro amor es más grande. Porque el amor es amado y sufrido.  

Somos dos almas que se unen, que se cuidan, pero que no se encadenan, porque lo que más amamos es la libertad de ambos.

Y es que hay una diferencia de amar y querer, cuando se comprende que uno no es dueño del ser amado; que amar es dejar en libertad para verlo florecer. Y entre todo, hemos decidido ver la felicidad. Juntos decidimos aventurarnos.

Hemos reído y llorado, pero siempre nos hemos regalado momentos bellos.

Por eso y mucho más, te amo, Isabel. Por todos estos años de una fiel convivencia, te amo, Josué.

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