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El cine no es un docudrama

Una película o una serie no son divulgación; aunque puedan contener elementos divulgativos, son esencialmente entretenimiento.

Por: Abel de Medici.

Hace un par de semanas empecé a ver Arte, una serie de anime ambientada en la Florencia del siglo XVI. Uno de los detalles en los que me fijé, con un cierto fetichismo de historiador, es que la catedral mostraba aún la vieja fachada renacentista, en lugar de la espectacular fachada neogótica que hoy luce. En cambio, cuando hace unos años se estrenó la serie Los Medici, señores de Florencia, una de las críticas más feroces fue que se mostrara la nueva fachada en lugar de recrear la antigua por ordenador.

Una constante en el mundo del cine es que cada vez que se estrena una serie o película con trasfondo histórico, las redes arden de críticas -habitualmente malas- sobre su exactitud histórica. Ya sea porque la piel de Tutankamon es demasiado clara para el gusto de algunos, porque la de los legionarios enviados a Britania es demasiado oscura para el gusto de otros, porque Hernán Cortés no es tan bueno ni tan malo como a todos les gustaría o porque Máximo Décimo Meridio no dio muerte al emperador Cómodo.

A mí personalmente, después de haber visto a John Wayne interpretar el papel de Gengis Khan en El conquistador -producción de 1956 que fue calificada como “una de las 100 mejores películas malas jamás hechas”-, solo me ofende un mal guión. Porque de un producto de entretenimiento, como es una película o una serie, lo que deberíamos esperar es precisamente que nos entretenga. Por supuesto si es divulgativa no está de más, pero no es esa su función.

Las críticas suelen basarse en la idea de que estas producciones ayudan a fomentar versiones de la historia que son equivocadas, o que esos espectadores consideran equivocadas, ya que algunas de estas cuestiones están en debate: por ejemplo, no podemos saber con exactitud después de más de 3000 años qué aspecto tenían los antiguos egipcios. Pero eso debería entenderse como la libertad creativa que acompaña a la creación de un producto de entretenimiento, y que el espectador debería dar por sentado sin tener que ofenderse.

Pongamos por ejemplo el caso de Astérix: porque es obvio que se trata de una caricaturización, nadie se ofende ni le pide que se ajuste a la realidad. Algo similar pasa con Tintín, aunque ese tenga un tono menos caricaturesco. La pluma del cómic parece tener licencia para todo y, en cambio, cuando los personajes son de carne y hueso parece que de repente la exactitud se vuelva súper importante.

En mi opinión, se confunde el género histórico con el docudrama ficcionado, que es un formato completamente distinto: este aspira, con las herramientas del entretenimiento, a hacer divulgación de una manera atractiva; y en tanto que divulgación, sí se le puede y se le debe exigir que sea riguroso. Pero una película o una serie no son divulgación; aunque puedan contener elementos divulgativos, son esencialmente entretenimiento. Curiosamente, esto es algo que a la novela histórica se le concede sin demasiados problemas, pero que en la pantalla resulta más difícil de aceptar.

Hay una última distinción muy importante y es que el público es generalmente más benévolo cuantos menos personajes históricos aparezcan. Pueden aceptar sin grandes problemas la historia inventada de un romano cualquiera, pero no que Máximo Décimo Meridio matara a Cómodo o que un joven Augusto tuviera relaciones incestuosas con su hermana. Pero de nuevo, el problema no está en lo que se muestre en la pantalla, sino en que la gente asuma como verdadera una narración de ficción.

Puedes estar en desacuerdo, por supuesto, y pensar que la ficción debería respetar los hechos reales como sagrados. Pero nunca volverás a disfrutar Gladiator del mismo modo.

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