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Miguel Mancillas: «El cuerpo es la forma de la libertad»

Hace mucho que se acabaron las buenas maneras.

El mundo se interrumpió con los respetuosos modales y los halagos a las minorías; dictaduras en miniatura. Lo políticamente correcto, es decir, el cuidado de lo inclusivo, terminó excluyendo, impidiendo las conversaciones. Las preferencias sexuales se convirtieron en barrera y en prejuicio en un mundo que necesitaba terrenos baldíos que ocupar. Ocupas. Arribaron, torpemente, los cuidados y los celofanes: los temas implicados y complicados. Líneas fronterizas que no se debían rebasar por el bien y la paz de todos. 

Mancillas: «El don es el arte». Parecido a Weinenger. 

Platicar con Miguel Mancillas, ser humano de danza y teatro, es —el entrevistador ofrece disculpas por la intromisión— un agasajo. No hay en él otra pertenencia que el talento. Por lo que se sabe, el genio no responde a lo femenino o lo masculino, o las otras formas de saberse. La inteligencia no tiene género. Hacía tanto que una charla no debía cuidar las buenas posturas para ser plática (¡plática!), correspondencia de pregunta y respuesta sin obedecer causas o motivos; sin respetar en la militancia del sexo, porque, en verdad, la sexualidad es un accesorio de cada personalidad.

Dijo Miguel Mejía Barón: cada cual hace con su culo lo que quiera. Y con su ser. No vaya a ser que otro determine. Lo que importa es la creación, venga de donde venga. No vaya a ser. Aquí hay palabras, no interpretaciones. Criterio. Dijeron los gnósticos: Dios es bello y ama la belleza.

«Uno es lo que se quiere a sí mismo, lo que se propone y lo que hace», dice Mancillas. Para los que no conocen el campo, el coreógrafo es uno de los más sobresalientes del México actual. Y de él se habla en todo el mundo de la danza y el teatro. «Cuando escucho música masculina no reparo en quien la compuso, lo que me importa es la música: el arte. Y lo mismo me pasa con la literatura: Las memorias de Adriano no son de Margarite Yourcenar; son de una artista que bien puede hablar como hombre. Las buenas letras no tienen sexo. Y la preferencia sexual no puede definir la vida de nadie».

Las buenas maneras, obra indispensable, se presentó el sábado 12 de agosto en el Palacio de Bellas Artes. Y la albergará la sala Miguel Covarrubias de la UNAM, en una semana. Luego formará parte del programa del Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato. Mancillas, alega, como gran artista que es: «Nos está dando miedo lo diferente; hay que cerrar las barreras entre nosotros».

Nosotros ya suena a un plural perdido.

La cháchara ha llevado al nosotros a la infamia. A la nostalgia de lo perdido, perdido irremediablemente. Pero la pregunta no se ha apestado de la tragedia.  Siempre hay un qué o un por qué. Siempre.

¿Qué es la danza? 

El control del cuerpo. Una forma de libertad. Y una historia de lo que se ha vivido. Yo y todos los hombres y mujeres viven en su cuerpo. Es su biografía, sin matices. El arte no tiene tiempo ni edad. Y una cosa importante: el cuerpo no tiene sexo. El cuerpo es la forma de la libertad. 

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Mancillas nació en Sonora. Lleva en la entraña la rebelde cultura yaqui y ha descubierto en los dibujos del desierto una prosa de indescifrable belleza. Las formas de los cerros al calor del fuego de la tarde son danza quieta que se mueve si se las mira con cierta atención mística.

Nada está quieto en el desierto. Nada. Hay que ser pacientes para notar su movimiento. «La libertad -asegura- no esta en el ojo: está en el cuerpo en ese movimiento. Hay que verbalizar lo que sentimos. El verdadero cuerpo es lo que se ve: la memoria que lo acompaña. En el cuerpo hay capas -geológicas- que lo acompañan: comprensión y vida. El arte rejuvenece. Altera. El cuerpo es el arte de lo vivido».

Entonces, ¿moverse qué es?

Siempre nos movemos hacia lo incierto. Pongamos, por ejemplo, un cuadro. Siempre es nuevo para quien lo ve. Con el cuerpo es igual: siempre aparece. Como los buenos poemas. Nunca se va a repetir. Siempre es nuevo. Nunca se va a repetir, aunque lo quiera el observador. Podíamos decirlo coloquialmente: el arte se va de las manos. En el arte siempre hay que esperar lo inesperado. Ningún poema se repite: siempre es distinto. Lo que sucede es que el tiempo siempre nos da miedo, porque es, digamos, otro. Debemos dejar en claro que el cuerpo no es otra cosa que tiempo. Es una vez. Y una voz. El cuerpo es voz. La voz suplicante de un instante. Goce y recado. Recuerdo.

Pero, como dijo Huizinga, hay algo de juego en la danza…


La danza es un instinto animal en juego. Es deseo y necesidad. Libre albedrío. Lo que nos hace existir. Y, también, una nostalgia. Con el cuerpo nos movemos hacia lo incierto. Por eso, siempre es tiempo. Una experiencia inacabada.

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Miguel Mancillas —sin decirlo— revela que el cuerpo —la forma del cuerpo— es una palabra que se dibuja en la danza, ese aire libre que toma forma en las líneas de brazos y de piernas.

Un poema en el tiempo. 

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