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El Diablo

La tarde del recién otoño se perdió en el horizonte, entre las montañas desérticas de El Norte. La fogata cumplía su propósito de relato o de oración. El viento era frío y amenazaba recrudecer. Entre los cercanos y desplumados árboles se asomaba la risueña luna. Tomó el rifle y lo dejó debajo de la improvisada almohada. Gabán, le llaman otros. Todo era estrellas; ninguna nube. Un soplo le heló el espinazo. Agregó ramas al pálido fuego. ¿Quién anda?, preguntó. La respuesta la dio el espanto. Era un hombre cargado de penas y cara marcada por la vejez. Vengo de lejos, dijo en sus primeras palabras. ¿Quieres agua…?, titubeó el primero. Puedes decirme él, contestó el otro. Él, ¿quieres agua? No, gracias, ¿traes whisky? Un poco sí, un par de tragos. Lo compartiremos, es lo justo. Hace rato que no bebo y esta es una gran oportunidad para volver hacerlo. Un placer tener a alguien con quien beber, exclamó el asustado. Te daré las gracias más tarde, buen hombre, ¿puedo sentarme? Desde luego, el cansancio no se oculta. ¿Y qué haces por estas tierras en las que nadie pasa? Camino en busca de El Rumbo. Yo vengo de allá, y créeme que no es nada que quieras conocer. ¿Por qué, que hay allí? Nada, nada: pura miseria. Según tú. Según los que han vuelto de El Rumbo, anda toma tu caballo y vuelve a la civilización. Pero, de ella huyo. Pues lo que verás allá, en lo que llamas Rumbo, todo es podredumbre, ignorancia y promiscuidad. No puede ser. Lo es -cuando sentenció aquello, sus ojos se volvieron rojos, como si el infierno los iluminara. Me das miedo. Debes tenerlo, siempre es bueno ser precavido. Me tientas como a El Redentor, como a Francisco o a Saulo. No, simplemente pasaba por aquí de regreso de El Rumbo y te encontré solo y sin mujer. Iba en camino. Mejor vuélvete, sé buen muchacho. No claudicaré, iré a donde debo ir. Otro, dijo El Diablo, otro pobre diablo. Mi rumbo es la paz, el reino de los libres, de los que descansan eternamente. Bah, eso es discurso, fechoría. Hueles a azufre, a pestilencia. Huelo a lo que ustedes, tú y los tuyos, han dejado en la penumbra de los hechos. Mejor anda y vete, dijo el caminero. No, no puedo, este es mi oficio. Maleficio, no valgo nada para ti. También lo creo, dijo El Diablo. Pues cada uno a su camino. Quise advertirte, forastero. Cuando aquel hombre llegó a El Rumbo vomitó sangre y bilis. Pidió a Dios que lo salvara de la última noche, imploró piedad. El Señor pidió consejo a El Diablo. Entre el desacuerdo, el gabán se fue volando entre las noches. Era un buen muchacho, dijo El Diablo.

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