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Editorial

El fascismo se cura viajando

Cada triunfo y cada derrota son caldo de cultivo para el oportunismo. El fútbol es político cuando nos conviene y deja de serlo cuando no nos conviene. El fútbol es político cuando los jugadores sacan la bandera de “Las Malvinas son argentinas”, pero no es tan político cuando Messi visita a Trump el mismo día en que comenzaban los bombardeos sobre Irán.

Un día antes de la final del mundial, el defensa español Laporte decía en una entrevista que los árbitros estaban siendo muy permisivos con los argentinos, que son muy agresivos y siempre te dejan un recadito. En su programa, el Pollo Vignolo, periodista entre comillas, argentino sin duda, mira la entrevista y pregunta “¿quién es este?”. Su compañero, Oscar Ruggeri, carismático paradigma del porteño fanfarrón, canchero y charlatán, pone cara de inocente y dice, “¿de qué habla este pibe?, ¿nosotros agresivos?”. Alcaparra, mi gata, mira conmigo el programa y me dice, “claro, por eso los gatos del barrio me miran mal desde que comenzó el mundial”. Alcaparra es argentina, crecida en los techitos de Buenos Aires, con tan mala suerte que le tocó un migrante por dueño y ahora lleva años en la Ciudad de México. Le digo que no se lo tome a pecho, que los argentinos no son tan boludos como ese par y ella me responde que lo sabe, pero los gatos del barrio no. Y es que claro, las redes son ideales para exponenciar la estupidez y unos cuantos insensatos, tanto argentinos como mexicanos, construyen una pésima imagen del resto del país y entonces da la sensación de que la enemistad entre algunos, es la enemistad de los países.   

México ha sido históricamente un país de acogida que ha recibido exiliados de todas partes del mundo. Los migrantes del sur, esos que vienen en caravanas, ya no son tan bien recibidos pero ahí, ahora, no voy a entrar. Con Alcaparra hemos sido felices en México, siempre muy queridos y muy bien tratados, sin embargo, da la sensación de que el fútbol saca a flote la parte más idiota de cada uno de nosotros. Como bien dijo hace unos días Javier Castrili, ex árbitro argentino, “es mentira que el fútbol une a la gente, el fútbol la divide”. Y así andamos, desde que comenzó la injusta deportiva, cada uno defendiendo su terruño. 

Hace días que vengo con ganas de escribir sobre el mundial pero no termino de saber qué puedo decir que no se haya dicho ya. No tengo ganas de repetir que la FIFA nos ha robado el fútbol, que los gringos hacen mierda todo lo que tocan, que los jugadores, devenidos en influencers, me generan mucha ira con esas actuaciones que hacen durante la presentación de las alineaciones, que el VAR y la cámara lenta le anularon la lógica y el sentido a cada una de las jugadas. Tampoco quiero decir nada sobre el valor de las entradas y mucho menos emitir mi opinion sobre las desagradables clases altas que llenaron los estadios mexicanos a los que tuve la suerte de entrar sin hipotecar la educacion de mi hija. No había nada que sintiera necesario decir hasta que vi a Alcaparra tan contrariada. Así que sí, voy a escribir, más por necesidad que por divertimento. 

Hace un mes que se está viviendo una lamentable argentinofobia, con epicentro en Ciudad de México pero con ramificaciones mundiales. Mientras en México la gente, principalmente en las redes pero no únicamente, se divierte o enerva odiando a Argentina, en Argentina ponen cara de que no entienden nada y llevan al extremo su rol de víctimas universales. La única razón que encuentran la mayoría de los argentinos para explicar por qué caen mal es porque el mundo los envidia, pero no buscan más razones, que por cierto, son varias. La verdad es que no somos los mejores del mundo en hacernos querer y creo tiene mucho más que ver con las formas que con los fondos. Si yo tuviera que elegir un lugar para vivir en el mundo (con mi familia mexicana, obvio), elegiría Buenos Aires una y mil veces, por su nivel de solidaridad cotidiana, lo cual no significa que no me parezca una sociedad bastante insoportable, sobre toco cuando hay fútbol. 

Me cuenta Alcaparra que sus amigos gatos también están sorprendidos del nivel de mierda que les tiran en redes desde México. Y claro, es una disputa idiota, mucho más potente en redes que en le vía cotidiana, pero creada por personas reales. No es que el desprecio no exista en la realidad sino que las redes son una caja de resonancia, configurada por generadores de contenidos que no leen y no viajan y que están convencidos de que su país es el centro del mundo. La mayoría de los habitantes del mundo le dan a su país una importancia desmesurada sin darse cuenta que al resto del mundo su país les importa un carajo. Ningún país le importa a nadie salvo a sus propios integrantes. Creo que tanto mexicanos como argentinos son víctimas de su nacionalismo, de su ignorancia y de su ridículo amor propio. Creo que la primera pregunta no es acerca de la fobia entre paises, sino por qué mexicanos y argentinos (y todos los demás también) se aman tanto a sí mismos. 

Los países son instituciones bastante nuevas (la más antigua, esa que perdió el partidos por el tercero y cuarto, existe hace poco más de 300 años) pero tienen la cualidad de parecer eternas. Los estados nación han regulado las instituciones educativas para inculcarnos un credo incuestionable: la nacionalidad. También nos han inculcado otros credos como la religión, el patriarcado y el capitalismo, pero de todas ellas, la única institución intocable, que no ha sido puesta en cuestión y que es venerada tanto por izquierda como por derecha, es la nación. Sin embargo, como dice Bendict Anderson, las naciones son “comunidades imaginadas” y funcionan hacia afuera como una cuestión administrativa y hacia adentro como un sentimiento. Si a Alcaparra se le ocurriera en un acto de locura y desesperación envolverse en cualquier bandera y arrojarse del balcón al vacío, sería multada por las autoridades, porque los símbolos nacionales son sagrados e intocables. ¿Y por qué? Por puro disciplinamiento. A tu país lo quieres o lo quieres. No hay opción. Si en la escuela, el lunes en la mañana y muerto de sueño, no cantas el himno hay castigo. Y si en la clase de historia se te ocurre decir que los himnos son marchas militares y los militares son unos tales por cuales, hay castigo. Después, claro, el amor a la patria parece voluntario.   

La gente no ama a su patria por instinto, la ama por una educación que, por un lado es punitiva, y por otra es curricular y se conforma de versiones oficiales de historia llenas de compatriotas buenos y de extranjeros malos. Los compatriotas malos casi siempre huyen de los libros de texto. Una educación sumamente naturalizada que se torna invisible y se hace pasar por cultura: cantitos emotivos, ricos platos típicos y hermosas vestimentas. Usos y costumbres. Sin darnos cuenta, terminamos creyendo que lo “nuestro” es lo normal y lo ajeno es “anormal”. Por eso millones de seres humanos hablando de los acentos de cada país han pronunciado alguna vez la barbaridad de “nosotros no tenemos acento”. No claro, resulta que el mexicano no tiene acento porque es la medida de todas cosas, y todos los demás somos extrañas variaciones porque una mañana despertamos tentados y nos dio por hablar cantadito. Bendito sea dios lo que hay que escuchar. En fin, que hay mucha ignorancia dando vuelta y cuando lo extraño se acerca demasiado, lo mejor es ser necios y aferrarnos al firme mástil de nuestra bandera. Y para muestra un botón: el día previo a la final, el periodista argentino Gustavo Grabia, haciéndose el gracioso con una sección llamada “Lo que odiamos de España” dijo, textual: “¡Odiamos que hablen mal el castellano! Odiamos tener que traducir las series, lo odiamos. Hablen como hablamos nosotros. Estamos viendo una serie española y decis, poné la traducción porque no se entiende nada. ¿Cómo puede ser? ¡Hablen bien! ¡Hablen bien!”. Grabia es un gran periodista de investigación pero también es una muestra elocuente de un humano que se mira el ombligo. Y carente de gracia, por otra parte.    

Y volviendo a las patrias y sus calamidades, dice Bourdieu que la institución nacional es indestructible porque es casi indetectable en sus mecanismos coercitivos y porque se transfigura de una cuestión legal en una cuestión sentimental y permite que personas como Grabia digan semejantes barbaridades. En los países tercermundistas es peor aún que en otros porque las patrias, encima, se interpretan como símbolos de independencia. Nuestros próceres nos independizaron de los españoles y tienen todo nuestro amor porque nos hicieron libres. Después, sus sucesores han hecho con nosotros lo que les ha dado la gana, pero nosotros seguimos viviendo la ilusión de la libertad. Es cierto que ha habido luchadores y luchadoras que han dado la vida para que hoy nosotros tengamos derechos sociales y civiles, como también otros que nos los han arrebatado y es indudable que, tanto unos como otros, han tenido nuestra nacionalidad. Cada uno porta un sentimiento patriótico a su medida, más o menos alejado de los mitos fundacionales y de las narrativas oficiales, pero el epicentro del sentimiento siempre viene afuera, nunca nace de nosotros. Nadie se intenta su patria, nadie pide un pasaporte neutro. La pertenencia que cada uno siente frente a su propio país, la siente frente a la idea de país que tiene en su cabeza, pero cuando se juega un Mundial, se intensifica el sentimiento patriótico, se fortalece la cohesión frente a esa idea ambigua llamada patria y comienza a flotar en el aire esa extraña idea de que las selecciones nacionales representan a los países.  

¿A qué México representa la selección mexicana? ¿A qué Argentina representa la selección argentina? Cuando decimos “los mexicanos”, ¿nos estamos refiriendo a los pobres o a los ricos? ¿a los que dan trabajo pagando un miserable sueldo mínimo o a los trabajadores que trabajan todo el día por nada y tardan dos horas en llegar de su casa a su trabajo? ¿A qué “mexicanos” nos referimos? ¿A las madres buscadoras o a los narcos que desaparecieron a sus hijas?, ¿a los que vieron el partido en el estadio o a los que lo vieron afuera porque la entrada costaba el sueldo de toda su vida? Y, cuando decimos “argentinos”, ¿a quién nos referimos? ¿A los ricos o a los pobres?, ¿a las madres de Plaza de Mayo o a los militares que mataron a sus hijos?, ¿a la marea verde o a los votantes del nazi loco que nos gobierna? Cuando decimos México, ¿hablamos del México zapatista de los 90 o de los votantes del PRI que vendió la patria al mejor postor? Cuando decimos Argentina, ¿hablamos de los jóvenes que fueron enviados a morir a las Malvinas, o a los cientos de miles de argentinos que gritaron eufóricos en la Plaza de Mayo en 1982, a los pies del balcón presidencial, donde el criminal Galtieri le declaraba la guerra a los ingleses? 

Es muy fácil ser víctima y creer que los malos son los otros. Porque sí, los ingleses son y han sido piratas toda su vida, y sus gobiernos han matado y han robado, pero eso no significa que los argentinos seamos unas blancas palomitas. Y sí, los gringos le robaron la mitad del territorio a México, pero eso no convierte a México en un edén de mariposas.

¿Por qué nombramos la parte por el todo? ¿Quién nos dio el derecho de identificar con un solo nombre algo que significa muchas cosas? ¿Cuál es el orgullo de pertenecer a una tierra repleta de mafiosos, racistas, asesinos, vendidos, mentirosos? ¿Cuál es el afán de ir al Ángel o al Obelisco a festejar un partido de fútbol y abrazarnos con el asesino de turno disfrazado de persona común? Cada triunfo y cada derrota son caldo de cultivo para el oportunismo. El fútbol es político cuando nos conviene y deja de serlo cuando no nos conviene. El fútbol es político cuando los jugadores sacan la bandera de “Las Malvinas son argentinas”, pero no es tan político cuando Messi visita a Trump el mismo día en que comenzaban los bombardeos sobre Irán. Los jugadores reivindican el ser nacional antiimperialista cuando le ganan a Inglaterra, pero Messi es un pobre inocente cuando visita la Casa Blanca. Leemos la realidad según se acomoda a nuestros principios. 

¿Por qué la patria elimina las necesarias fisuras que tiene y debe tener una sociedad? Mis amigos argentinos me dicen que me estoy convirtiendo en un viejo amargado, que deje de pensar tanto y me deje llevar. Y yo le digo que no, que no me estoy convirtiendo en un viejo amargado porque siempre lo he sido y que no, que tampoco me voy a dejar llevar porque dejarme llevar no me permite ver, y yo necesito ver. Yo necesito entender, no ganar partidos de fútbol. Porque todo el mundo habla de las maravillas de Messi pero yo no me puedo borrar de la cabeza la imagen de los niños iraníes tirando sus camisetas de Messi a la hoguera, quizás la única camiseta de fútbol que tuvieron y tendrán en toda su vida. No me voy a borrar la cabeza la tristeza de los niños quemando el nombre de su ídolo. Pero qué importa, nosotros queremos que gane nuestro país y punto, esa entelequia tan manchada de sangre. 

Y aunque no tengo pruebas, tampoco tengo dudas de que Messi fue a hacerse lobby a Washington, como se lo hace en Miami con Jorge Mas y su séquito de ratones. Cada uno pinta a Messi como le da la gana y está bien, así tiene que ser. Me parece perfecto que los argentinos hayan optado por seguir queriéndolo a pesar de todo. Me lo dijo Martin, mi amigo del alma: “Mirá, Sebi, a mí me chupa un huevo si Messi se junta con Trump”, y yo no le voy a llevar la contra. Incluso le envidio su capacidad de disfrutar al petiso. No necesito que la gente opine como yo, bendito dios. Ni siquiera creo o aspiro a tener la razón, o a estar del lado correcto porque además y sobre todo, no quiero estar de ningún lado. Pero de ahí a creer que esa reunión, en la que Lio le sonreía embobado a Donald, cual novio a la novia en el altar, no significa nada, me parece de un nivel desproporcionado de negación. Se puede hinchar por Argentina sin necesidad de negar que tras bambalinas se juegan otras cosas. Justo en este Mundial, este que Infantino le regaló a Trump, creo que valen todas las suspicacias. Y así comenzó este fuego cruzado: mexicanos y resto del mundo sospechando de ciertos favoritismos al diez argentino. Varias pequeñas jugadas sospechadas y sospechables de decidirse en el VAR de forma diferente a como se decidieron otras. Cada uno tendrá sus argumentos a favor o en contra, pero la discusión ahí está, hay argumentos para los dos lados y no se pueden salvar por elevación. 

Yo no tengo dudas de que el VAR se creó como un cuarto intermedio para que los dirigentes, empresarios y políticos tengan tiempo de decidir ciertas cuestiones y hacer negocios desde sus guaridas. La tecnología para liberar de culpa a los humanos, como bien explicaba Zigmun Baumann en “Modernidad y Holocausto”, me recuerda Alcaparra. La arbitrariedad del VAR en la toma de decisiones en este Mundial ha sido infinita. Hay que ser muy terraplanista para no verlo.  

Así, de a poco, ciertos sectores de la sociedad fueron sacando lo peor de sí mismo. Los argentinos se terraplanizaron y los mexicanos decidieron jugar al juego de odiar a los argentinos. Ese juego que no es nuevo porque en el 86 también lo hicieron y apoyaron a Alemania en la final, y porque en el 90 también lo hicieron y apoyaron a Alemania en esa final que un árbitro mexicano le robó a los argentinos. En esos años donde Maradona no se juntaba con Reagan o Bush (después se juntó con cualquiera, pero ese es otro tema) y donde nadie tenía argumentos para hacer memes del Diego abrazado con Havelange. Cuestión, que los mexicanos comenzaron a odiar a los argentinos y a exaltar su amor por los equipos europeos, haciendo gala de esa cualidad tan particular (por decirlo de alguna manera) de la cultura mexicana de tener un equipo B y una camiseta europea guardada en el ropero. Comenzaron a aflorar mexicanos por las calles munidos de sus camisetas, orgullosamente portadas, de Alemania, Inglaterra, Francia y sobre todo de España. Apareció esa jungla a la que no le gusta que le regalen nada a Argentina pero que sí apoya a los que históricamente les han robado todo. Después los cruces medio anecdóticos se pusieron serios cuando cientos de microfascistas comenzaron a pedir en las redes que VIX, la cadena que transmitió el Mundial, sacara a los comentaristas argentinos de las transmisiones, a saber, Lola del Carril y Juan Pablo Sorín quienes, por cierto, fueron notablemente ecuánimes. Microfascistas en redes que ejercen un odio no sólo perjudicial sino ridículo y absurdo porque su propio fútbol se ha construido desde siempre de la mano de jugadores y entrenadores sudamericanos. Pero claro, ejercen la hipocresía de las Chivas de Guadalajara, esos que se hacen los nacionalistas, los orgullosos y los autosuficientes por jugar solo con mexicanos pero aceptan a los entrenadores argentinos. Porque claro, mi orgullo lo uso mientras me sirva, como Grocuho, que tiene unos principios pero si hace falta tiene otros.  

Dicho esto, el Mundial me ha hecho ver algo que no quería ver: los mexicanos no se sienten latinoamericanos. No se si lo son o no lo son, pero no lo sienten. Se sienten mexicanos y no tienen ningún lazo de identificación con Sudamérica. Es un país encerrado entre Estados Unidos y Centroamérica que no termina de saber a dónde pertenece y que quizás no lo sepa nunca porque quizás no pertenezca a nada más que a sí mismo, cuando ni siquiera saben bien quiénes son. 

Creo que los países como instituciones no solo generan mucha ignorancia y mucha estupidez, sino también, mucha soledad. También creo que la diferencia entre un pueblo y otro, entre el del sur y el del norte, en sus rasgos más estereotípicos, es inmensa. Un argentino nunca se pondría una camiseta de otro país, menos aún en contexto mundialista. Y no lo estoy diciendo como algo positivo. Creo que entre México y Argentina hay una distancia y una mutua incomprensión por las extremas diferencias en las formas de administrar el autoestima. Es el choque entre el extremo y la falta. Por un lado, el argentino, o mejor dicho el porteño (que no es lo mismo) que se ama demasiado y agita en el aire la camiseta mientras, por el otro, el mexicano en su canasta evita que los demás logren salir. Mientras tanto, el juego de las formas hace lo suyo con los argentinos haciendo culto de la exterioridad, siempre extrovertidos, gritones, arrasadores, exagerados, llenos de gestos, aspavientos y hablando con las manos, a la napolitana. Y los mexicanos, en el polo opuesto, descendientes de la conquista, hijos del rigor y de la cruz de la corona (de ese país al que ahora apoyan), con esas formas silenciosas, sincréticas, diciendo una cosa y pensando otra para engañar al conquistador. Creo que no hay dos culturas más disímiles entre sí y creo que de esa magnitud es la mutua incomprensión. Eso sí, en el contexto mundialista, hubo algo en lo que fueron iguales: la irrefrenable necesidad de festejar algo, lo que sea, deseando emociones y mendigando épicas. Pueblos igual de hechos pedazos. Pobres, tristes y desarticulados, buscando enemigos donde no los hay y saliendo a las calles a festejar las migajas que el fútbol nos da, en el Mundial que nos quitó todo. 

Un Mundial que nos arrebató incluso la posibilidad de conocernos como pueblos y nos dejó un poco más aislados e incomunicados. Un mundial donde los únicos que se unieron fueron los ricos de todo el mundo adentro de los estadios, en esos nuevos búnkers futboleros. Ellos se abrazaron y brindaron con sus cervezas carísimas mientras nosotros, afuera, fingíamos orgullo de nuestro país, de nuestra pobreza y odiábamos un poco más a los diferentes, esos que a la distancia están tan jodidos como nosotros. Espero que este texto le sirva a Alcaparra para relativizar el odio en los tejados y al Pollo Vignolo para saber que Laporte, el central de la selección qué ganó la final jugando al fútbol. 

Se acabó el Mundial, por fin, “y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas”. Y no se olviden que, como dice Unamuno, bicampeón igual que Joan Manuel, “el fascismo se cura viajando”.