El periodista está pesimista: Toni Padilla

El historiador y periodista catalán lamenta que se recurra a imágenes simplificadas para entender el mundo.

«De la fronterita para abajo he visitado bastante. No he estado nunca en Estados Unidos, y aquí la gente me insulta porque no es común encontrar a un catalán que no conozca Nueva York», me dice Toni Padilla (Sabadell, 1977), periodista e historiador, tras una breve ceremonia de reconocimiento mutuo en la cafetería de una librería de viajes en la Gran Vía barcelonesa. «Los catalanes, sobre todo los de Barcelona, hacen viajes en ocasiones a sitios en donde buscan un espejo de lo que quieren ser, por eso históricamente van mucho a París. Incluso solían ir antes a París que a Madrid. Barcelona fue un poco un espejo de París hasta que encontró su propia personalidad. Y ahora está Nueva York.»

Las gafas con monturas de plástico, la chaqueta oscura, el jersey pintado de un marrón que se resiste a convertirse en otra cosa y la mochila en la espalda cumplen a cabalidad el estereotipo, si es que lo hay, del periodista que ha sido historiador. Podría decirse que el entrecierre de sus ojos cuando sonríe lo separa del resto, pero no es un hecho constatado. El cotilleo inicial, con taza de café y cruasanes de mantequilla de por medio, comienza a desvanecerse para hablar sobre Marcador Internacional y la Revista Panenka, dos proyectos referentes del periodismo de fútbol que le han colocado como uno de los mejores contadores de historias del mapa. Entonces le hablo de ese acto de heroísmo que consiste en ser demasiado clásico para los modernos y me dice que «intenta ser muy positivo», pero que «a veces cuesta». Es curioso, ahora que se tienen más recursos para contar historias pareciera que existen menos historias por contar, o que son menos interesantes, o quizá menos especiales que antes, le expongo a Toni, quien se apresura a interrumpirme para decir que «siempre pasan cosas», lo que pasa es que «el periodista está pesimista». 

«Ahora están pasando cosas muy bestias. Estamos viviendo la segunda gran oleada del activismo de la mujer, que se puede comparar más o menos con el sufragismo. Se están denunciando cosas que hace cinco o diez años estaban normalizadas. El ascenso de la extrema derecha en todo el mundo, el hecho de las reivindicaciones históricas. Siempre hay historias interesantes, pero el periodista está pesimista. Más por su papel y el desprecio que percibe que por la realidad», argumenta.

El secreto de contar historias es saber olfatearlas, por eso Toni Padilla dice que «el gran estímulo del periodismo es la curiosidad», y me explica que para encontrar historias para el Partido Polish Boyfriend y sus relatos en formatos de revista no tiene una metodología como tal, pero el ser historiador «siempre te da un pozo de salida».

«Dedico dos o tres días a mirar calendarios y voy indagando historias. Vas buscando, ves algún nombre raro de un equipo que no te suena. No me interesa mucho que tenga alguna actualidad muy concreta. A veces piensas: si aquí hubo un conflicto identitario porque la mitad de la población es húngara y la mitad rumana, pues aquí hay una historia. O si el otro día matan al alcalde de Gdansk en Polonia, y parece que era casi el único alcalde más o menos progresista del país, pues vamos a buscar qué encontramos sobre el equipo de fútbol de la ciudad», explica.

Con Toni se tiene la sensación de estar a salvo. Uno se embarca con él en un ir y venir de temas que pareciera que no tienen que ver con fútbol pero que tienen mucho más que ver de lo que deberían, especialmente, porque se logra renunciar con entusiasmo al incomodísimo término de periodista deportivo, que considera como «una carga que llevamos».

«Vas a una cena: ¿Y en qué trabajas? Soy periodista… Y te miran de cierto modo. Luego dices: soy periodista deportivo y te miran distinto. Y la cosa termina mal. Somos por encima de todo periodistas. El periodismo deportivo no es contar un partido y hacer cuatro gritos. El Barça, por ejemplo, es un monstruo de mil cabezas en el que acabas hablando de fútbol cancha, geopolítica internacional, de arquitectura, de balances económicos, de juicios y de denuncias, de política, y estás preparado y documentado o no lo vas a sacar. Eso es periodismo puro y seco; no deportivo: es periodismo», argumenta.

Antes de ponernos sensibles con temas que abordan nacionalismos e ideologías sostenidas con alfileres le pregunto si prefiere al fútbol como protagonista o como telón de fondo, a lo que dice que «puede que me guste más como telón de fondo, como excusa para contar historias, pero al final pasa con todo, hay gente que le gusta casi más las biografías de algunos escritores que su obra. A mi me gustan las dos cosas: algunos libros y la historia del escritor. Y en el fútbol me pasa lo mismo».

Con la manifestación en la plaza Colón de Madrid en el espejo retrovisor, tenemos que virar la charla hacía un contexto más social, por eso Toni Padilla, como mecanismo estabilizador, se quita las gafas para limpiarlas con el extremo inferior de su jersey, y luego se talla los ojos.

—A España, desde el exterior, también se le considera más homogénea de lo que en realidad es, ¿no?

—Cuesta a veces encontrar esa única voz en los países, no es tan común como se piensa.  Yo, siendo de Catalunya, un lugar bilingüe, tengo más o menos claro que el mundo puede ser complejo. Queremos entender el mundo rápido y tendemos a imágenes simplificadas. Finlandia, por ejemplo, tiene minorías rusas y minorías suecas muy importantes; Suiza tiene cuatro lenguas oficiales; Francia tiene a los corsos, tiene a los vascos, tiene a los catalanes, a los bretones; Reino Unido: escoceses y galeses. La pluralidad es más habitual de lo que parece. Quizá por haber crecido en una zona con un conflicto identitario veo con mucha normalidad que el mundo es más complejo de lo que pueda parecer. La guerra y los genocidios del siglo XX tendieron mucho a simplificar las culturas con los movimientos de depuración, especialmente en el Este, pero las cosas siguen siendo más complejas. El independentismo en Catalunya no lo vas a entender diciendo hay unos que son catalanes y hay unos que son españoles.

Lo que es brutal, le digo, es que los campos y los equipos de fútbol terminen siendo un termómetro social de la región en cuestión, y asiente mientras se rasca la cabeza. Luego me explica que el Barça es un equipo muy centralista que le ha quitado notoriedad a los equipos de la región como el Espanyol, el Girona y el Sabadell, club de la ciudad de la que se siente un «hijo más» pero que advierte que «es bastante fea».

«El Camp Nou no puede ser más catalán. El Barça siempre ha sido un termómetro para contar lo que está pasando en la ciudad. Tiene una cosa muy interesante el equipo, el presidente del club es elegido por los socios. Siempre, o casi siempre, el candidato que ganaba la presidencia del club era próximo ideológicamente al partido que está mandando en el parlamento de Catalunya. Es curioso en los mundiales, cuando España gana oyes petardos, cuando España pierde oyes petardos. La gente solía decir: voy con Bulgaria por Hristo, con Brasil por Romario, con Holanda por la herencia de Cruyff. Entonces el Barca ha ocupado un espacio de representación para la gente, como un embajador de la sociedad. Por eso Bobby Robson decía que el Barca era el ejército de Catalunya», dice.

Hace tiempo, dentro de mi primera visita al Camp Nou en un Barcelona-Valencia, escribía que se trataba del equipo de Messi, el campo de Messi y la ciudad de Messi, pero, ¿se pueden establecer ciertos paralelismo con el fenómeno maradoniano en Nápoles?, pensé. Se lo pregunté a Toni argumentando que sabía que Nápoles era un lugar olvidado del sur de Italia, con un problema endémico de mafia, con la reputación por los suelos y otras cosas novelescas, pero que no me parecía tampoco tan distante, a lo que Toni se apuró a responder que «el Barça es más grande que Messi, y esa era la gran diferencia». 

«Aquí pasa algo, Messi es el mejor jugador de la historia del club, pero llega a un club que ya había sido grande. Por eso te vas a encontrar muchas personas que te van a decir que Messi es el jugador más importante en la historia del club, pero el personaje más importante en la historia del club es Johan Cruyff. Cruyff sí que cambia la mentalidad. Cruyff llega al club en el 74, durante el franquismo. Llega un holandés en tiempo de guerra, moderno, pelo largo y dice: no sólo vamos a ir a ganar a Madrid, sino que vamos a ir a ganar 0-5. Y meses antes de que muriera Franco, va y gana 0-5. Y luego como entrenador, gana la primera Champions en el 92 en Wembley. Y bautiza a una serie de discípulos, siendo el más brillante Pep Guardiola. Aquí la gente ve como un hilo conductor: Cruyff, Guardiola y Messi. Incluso antes Kubala. Esa es la diferencia con el Nápoles de Maradona. El mejor jugador de la historia es Messi, el jugador más especial de la historia es Maradona. En sus excesos, sus derrotas, sus victorias, sus vicios, sus defectos; con lo del 86, justo después de la guerra con los ingleses, y lo del Nápoles en Italia, le da un punto de carisma alejado de todo», sostiene.

Tirando de la épica maradoniana nos ponemos románticos para hablar de viajes iniciáticos por la Bretaña francesa, donde le tocó vivir la tragedia provocada por el embarrancamiento de un petrolero. «A partir de entonces dije: joder, pasan cosas todo el tiempo, las quiero ver», explica, aunque admite que se metió a un tren sin saber a bien dónde terminar tras una ruptura amorosa. Luego llegaron Moscú y San Petersburgo, cuando solo habían pasado nueve años de la caída del muro de Berlín.

No se tienen muchas oportunidades de explorar los Balcanes en charlas sobre periodismo de fútbol, así que decido tirar la carta. Además, quiero suponer que el que lleve conmigo el Maratón Balcánico, de Miguel Roán, le ofrece cierto contexto al homenaje.

—Para entender los Balcanes hay que aproximarse étnica, cultural, social, religiosa y, desde luego, futbolísticamente…

— Hay imágenes concretas de la patada de Boban en el Dinamo de Zagreb-Estrella Roja y tal, pero la guerra no empezó ahí. Se trataba de gente que había conseguido estar aislada de su realidad, en Belgrado, Sarajevo, que sabía que había algo de tensión, le entran esas imágenes al comedor de su casa y dicen: hostia, estamos muy mal. La televisión pública estaba ocultando que ya se estaban matando en la zona de Vukovar. Ahora mismo sigue siendo un lugar con muchas identidades cruzadas; ahora hay mucha gente yugonostálgica, gente muy moderna, muy occidentalizada. Es muy difícil comprender estas zonas, parte de viajar viene de intentar conocer esto. No hay buenos y malos. Es una zona muy interesante pero profundamente compleja. En el momento que estalla el conflicto hubo una simplificación de las cosas ridícula desde occidente. Mucha gente aún se cree que el puente de Mostar, en Bosnia, lo vuelan lo serbios; no, lo vuelan los croatas. ¿Eso quiere decir que los croatas son los malos? Unos sí y otros no. Es verdad que la mayoría de los crímenes los cometieron paramilitares serbios, pero ese no quiere decir que no hubo víctima civiles serbias.

Se agota el tiempo de la charla, he repasado tanto las entrevistas de Caparrós a Kapuściński, Cortázar y Rulfo que me considero absolutamente incapaz de exhibir algo de creatividad. Ahora tienes que elegir encarnar a un futbolista, un país, un escritor y un personaje histórico, le digo como quien dice hola en el lugar más remoto del planeta, y veo, con sorpresa, que acepta con aires de nostalgia el truco y se echa a hablar un buen rato.

«Totti para mí es Dios, y además Roma es mi ciudad favorita. La viví de pobre y pese a todo la amo. Vivir de pobre en Italia es horrible porque no funciona nada: el transporte no funciona, la burocracia es insoportable. Totti tiene eso que lo hace diferente que es la fidelidad. Es el futbolista especial, es mi futbolista. Vivir como rey de Roma, con todos los excesos que conlleva, en otra vida me gustaría probarlo. También soy italianista convencido. Es un país con una extraña sinceridad. No oculta toda su mierda, incluso tiene la capacidad de generar magia de sus defectos, y se parece un poquito a mi vida. El país se cae a trozos, pero hace arte de tomar un café, de comer, de un libro. Es un país profundamente imperfecto, pero que le ha dado al mundo cosas maravillas como grandes escritores, el renacimiento, arte; y luego le ha dado fascismo, mafia. Tiene un punto de sinceridad que me cuenta más que Islandia, por ejemplo. Llegó ahí y digo: joder, qué bien está esto, pero yo no soy esto: soy mediterráneo», relata.

«¿Qué otra cosa era?», pregunta para ganar tiempo mientras comienza a morderse las uñas vertiginosamente con un ritmo mejorable. Te falta el escritor y el personaje histórico, le digo. Vamos, acá se puede hablar incluso de grandes tiranos, no temas sacar cualquier nombre por ahí. Ponerse un día el traje de un gran tirano debe tener su encanto y ya está, igual es condenable todo lo malo que haya hecho, digo para motivarlo. «Claro, claro. Pero ya te digo que no sería Stalin, ni mucho menos la gente que lo rodeaba», advierte mientras esboza una sonrisa. 

«Escritor: García Márquez», confiesa. «Es una persona valiente, tiene una mirada especial para construir personajes. Además, alguien que recibe un Nobel y va vestido todo de blanco y luego se pone a bailar cumbia diciendo: no porque llegue a tu maravilloso país, ordenadito, que todo es pulcro, yo voy a dejar de ser lo que soy.»

Casi susurrando me dice que su personaje es Curzio Malaparte, que «también es un poco maldito». Toni explica que «fue fascista, fue maoísta, lo fue todo. Su vida fue bastante espectacular. Cronista de guerra, fascista de primera etapa, luego perseguido por el fascismo, se va a China y se hace maoísta, muere en China porque admiraba a Mao». Al final, como para no sentirse tan culpable, recurre a un animal político como Winston Churchill en busca de redimirse con los profesores de colegio.

Se hace tarde, pasamos a hablar de Peja Stojakovic y el fútbol mexicano. Comienza a despedirse porque tiene asuntos de trabajo que atender en el diario ARA, y se aleja diciéndome que «habrá que vernos otra vez». La reflexión que sucede a la charla es profunda, como un proceso de inmersión. Veo, satisfecho, que son casi noventa minutos de conversación en la grabadora. Subo unas escaleras, dejo atrás la cafetería, rodeo un pasillo consagrado a América del Norte y me encuentro de frente con un ejemplar de Atlas de una pasión esférica en un anaquel de crónicas de viaje; entonces pienso, casi a modo de plegaria, que me gustaría ser Toni Padilla.

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