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En busca del Vaquero del Mediodía

Más que una investigación, es un lazo fraterno con nuestro pasado.

En un mundo subversivo se puede palpar la decadencia de la poesía, motivada por un fuerte hartazgo de la vida misma. ¿Los poetas han decidido desaparecer?, ¿no es acaso esto un acto poético? 

Resulta lastimoso hablar de  desapariciones en un país como México; no obstante, las palabras resultan un aliciente que permiten encontrarnos en las personas que buscamos. Más aún, las palabras de un poeta que en su andar se vieron cobijadas por Octavio Paz y que al día de hoy nos hablan de la calle, la vagancia, la soledad, los vicios y la cultura misma. 

Hablar de la desaparición del poeta mexicano Samuel Noyola es hablar de uno mismo, de nuestra esencia y el recuerdo de nuestros actos. Por ello, el periodista Diego Enrique Osorno montó una investigación para buscar esclarecer la desaparición del poeta originario de la Ciudad de México. El trabajo periodístico desembocó en un documental que reúne varios testimonios y que al mismo tiempo retratan el alma de Samuel Noyola y sus letras.

Las voces de sus amigos, escritores, amantes y familia dibujan la sensibilidad del tiempo, en un recorrido por las calles de Monterrey, Nicaragua y la colonia Narvarte, en la Ciudad de México, pero también entre las esquinas de la cárcel, la guerra y el olvido. Samuel Noyola ocupó distintos rostros en distintas vidas pero jamás el de saberse poeta sino el de un vigilante de la realidad. Fue militante, franelero, delincuente, borracho, arrogante y elocuente. Fue escritor, y hoy: un ausente. 

Samuel Noyola es así en el mundo contemporáneo un Vaquero del Mediodía, como lo nombró Mario Santiago Papasquiaro, el ‘detective salvaje’ que idealizó Roberto Bolaño. Noyola es también una respuesta al sistema y la pérdida de cultura en México. 

“El poeta no tiene lugar en la sociedad contemporánea. O nace rico, o se pone a trabajar para la burocracia cultural. Entonces, o se suicida o se vuelve un estúpido”, sentenció en una entrevista en 1996, dos años antes de la muerte de Octavio Paz, quizá, la muerte en vida del propio Samuel Noyola. 

Noyola y Octavio Paz fueron en conjunto parte fundamental en el espectro de la contracultura en México del siglo pasado. Vivieron recitales, fiestas, cenas y momentos inolvidables en la redacción de la revista Vuelta para luego sufrir una separación cruel, como si se tratase del final de la libertad.

Se trató del final de un ciclo literario que le daba espacio a las letras de un individuo rebelde y escondido, que encarnaba una especie de ‘poeta maldito’. La calle entonces se volvería su refugio y realidad fuera de los libros. 

Sin embargo, el recuerdo se encargaría de dejar piezas adscritas a un artista solitario, exponiendo en el lente de Diego Osorno una nostalgia imborrable y una historia fascinante que aún no termina de contarse. Así se padece también la ausencia de Noyola, servida en un trago de alcohol que hoy beben las personas que le cuidaron, hablaron, escucharon y conocieron en algún momento de sus vidas; Juan Villoro, Guillermo Fadanelli, Eduardo Antonio Parra, entre otros, depositaron vivencias y también leyendas urbanas con olor a licor.

Al final, el documental recién estrenado en Netflix, no determina el paradero del poeta pero sí avista su legado en cada uno de nosotros, invariablemente. Quizás no se le haya encontrado su cuerpo, vivo o muerto, pero si a la locura de la soledad y la luz que ya casi no nos atrevemos a buscar a través de la poesía. 

La crónica del tiempo en ojos de la desaparición nos enseña que más allá de su peso político, México también padece una desaparición de ideales, historias y respeto por el pasado. Si, porque México olvida y reemplaza con una velocidad violenta. Por ello insistir en que los libros siguen siendo armas en contra del olvido y una justicia noble para quienes hoy no están con nosotros.

Vaquero del mediodía, más que una investigación, es un lazo fraterno con nuestro pasado. 

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