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De taxis y taxistas (V)

La nostalgia es engañosa, nos puede llevar a un estado de insatisfacción continua.

¿No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida?

Mafalda.

CIUDAD DE MÉXICO
TRAYECTO: SAN PEDRO DE LOS PINOS
– SAN JERÓNIMO
16.30 HRS

Mi hijo fue el que me convenció.

Raúl Portillo, el conductor, hablaba mientras avanzábamos enfrente de Televisa San Ángel -o como alguna vez escuché decir a alguien: “justo a la altura del Canal 8”. Esto me llevó a recordar el número 8 que lucía entonces el reloj, lo cuál puede llevar a que más de uno pueda deducir a qué generación pertenezco. O tal vez no.

Él estuvo investigando que necesitaba para entrar a Uber. Pero no teníamos un auto nuevo, tuve que vender mi taxi. Las placas, todo…

Hubo un tiempo en que el Canal 8 era una referencia televisiva. Empezó siendo independiente para luego unirse a Telesistema mexicano (Televisa), en 1973. Mi memoria no va tan lejos, pero si busca en los archivos, detecta sonidos (postales de vida) de canciones como “la Calaca Tilica y Flaca” o frases como “Amigochos del Ocho”, que residen en alguna parte del cuerpo. Probablemente el grafismo del logo-símbolo se quedó colgado en el lugar donde se guardan las abstracciones.

No hay manera de pagar hoy en día un auto al contado, bueno, no para nosotros. Y agregó. Hicimos cuentas y la única era vender el carro, la placa y dar el enganche. Me quedan ya sólo 16 meses del plazo de 24 a los que me comprometí. Lo dice sonriendo y con orgullo.

Había entonces un par de canales de televisión cuya programación iniciaba alrededor de medio día que me interesaban (no había muchos tampoco): Barra televisiva llena de animales “bien-buena-onda” (léase Skippy, el Canguro; Un Oso; Flipper, el délfin y Lassie, el perro ¿o era perra?), caricaturas que juro no soñé (como “Los Indios To-to-topos”) y tardes que no acababan jamás. O sí, “Juan Pablo, ¡métete ya!, es hora de bañarse” (la voz de mi madre resonando a través de la ventana).

Ya me lo dieron, ahora a pagarlo. No hay de otra, pero necesitaba independencia en los tiempos. Ser mi patrón, disfrutar a mis nietos, volver a empezar. A mi edad es muy difícil, esto es una oportunidad. Depende de mí. El tiempo no regresa y no quiero desperdiciarlo. 

Un balón, un cochecito para jugar “carreterita”. La vida se movía lento (o eso parecía). Los cortos de Demetrio Bilbatúa antes de las películas, cine con intermedio para buscar la compra de dulces. Caminar sin un stopper a tu espalda (sin vigilancia, pues). El domingo de fútbol iniciaba a las 11.00, con un partido en la “Bombonera” de Toluca. El supermercado cerraba a las 9.00 pm. Momentos. Sumamos momentos.

Uber no compite con los taxis de calle, solo con los sitios. Es una opción, el mercado es reducido, pero estoy abierto al cambio y la verdad no tengo quejas. Vivo más tranquilo. Mire. (Respira aliviado y señala al tablero).

Vivir más tranquilo. La vida es lo suficientemente complicada por sí sola, juguémosla fácil. Raúl está cumpliendo un sueño de independencia laboral y no tiene argumentos en contra. Yo tampoco. La nostalgia es engañosa, nos puede llevar a un estado de insatisfacción continua. Pero se puede recurrir a un recuerdo para medir los logros de hoy. Saber de dónde venimos y por dónde andamos, solo para gozar el viaje. Mi infancia fue feliz. Vivía en un país donde el gobernante era mi papá (en realidad mi madre, pero no quiero desprestigiar a nadie). Sus fronteras colindaban al sur con una cancha de fútbol, con porterías incluidas; al norte, con un estacionamiento donde había una pista de carreras pintada para pequeños autos plásticos de juguete; al este, un par de horas frente a la televisión y al oeste, con dos hermanas y un hermano mayor que completan esa sección de mi vida, a la cual volteo con orgullo para saludar de vez en cuando. La de Raúl parece que también va viento en popa, a juzgar por la fotografía en la que luce sonriente junto a los nietos y que guarda con delicadeza encima de su tablero.

De taxis y taxistas 
De taxis y taxitas (II)
De taxis y taxitas (III)
De taxis y taxistas (IV)

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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