De taxis y taxistas (III)

Tiempo que Massimo no desperdicia y procura llenarlo de recuerdos y palabras, siempre cubiertas de un cálido sol mediterráneo.

Estas visiones lo perseguirían de por vida, volviéndolo mas consiente de la drástica amplitud de cada cosa, la posibilidad simultánea de que resista o se desplome. Eso, intuye, podría llamarse emoción.

Fractura; Andrés Neuman.

CIUDAD DE MÉXICO
TRAYECTO: CALLE DE ZACATECAS (COL. ROMA) – AVENIDA MIGUEL ÁNGEL DE QUEVEDO (CHIMALISTAC)
16.34 HRS.

Primavera de 1993. Enzo Francescoli, el Príncipe, llevaba en sus hombros (y sus tachones) el sueño de toda Cerdeña. El Caglairi, acostumbrado a sufrir, peleaba por puestos que le clasificarían a la entonces llamada Copa UEFA. Massimo, originario de esa isla mediterránea, era uno de tantos soñadores:

Ser tifosi de la “Juve” es el equivalente a “ser” del América. No me gusta gusta la Juventus. Tuvimos un tiempo feliz con el Cagliari. (Daniel) Fonseca, Francescoli, (Marcelo) Tejera. Llegamos a ser sextos. Fuimos a Europa… era otro tiempo, luego de la ley Bosman: los ricos son más ricos y el sur de Italia es más pobre.

Esa frase me sonó familiar, aunque aquí no aplica la ley Bosman, es la de “la selva” la que nos rige. Somos un país que nunca acabó de formarse. Nos conquistaron los mexicanos, nos liberaron los españoles. Estamos a punto de cumplir 200 años de vida “independiente”. Ya sería tiempo de sentirnos nación, o eso quiero pensar.

Fui por un tiempo seguidor de la Juve -confesé al fin- por (Michel) Platini. Era mi jugador favorito allá a mediados de los años ochenta. Para buscar el desmarque, agregué rápidamente: Pero fue por un par de años nada más; ya no lo soy. Sonrió y miró al retrovisor para verificar mi sinceridad.

Llevo nueve años en México, llegué por amor. Mi esposa es mexicana y quiso regresar (la tierra llama). Tenemos quince años de casados, y de ellos, nueve aquí. Llevo cuatro años con el taxi, bueno -agregó con un español con marcado por el acento italiano- el último de ellos manejando en Uber. 

La crisis en Europa también nos llegó. No somos Grecia, aclaró, pero tampoco podemos decir que estamos como Alemania. La entrada del Euro nos afectó, las oportunidades escasearon y llegó el momento de tomar decisiones. Mi esposa, a quien conocí en Cerdeña, iba en un tour, me pidió considerar mudarnos. Y aquí estamos. Lo dijo con un dejo de melancolía pero lleno de sentimiento. ¿Destino? (del latín es destinare, o sea, “estar fijo”) es posible, aunque su oficio diga lo contrario.

Grecia en bancarrota, España al borde, Italia ahí detrásPero aquí vivimos muy contentos, aunque manejar en esta ciudad puede llegar a ser nocivo, pero es trabajo. Cosa que no todos mis amigos y familiares disfrutan de momento.

Avenida Cuauhtémoc, a la altura del cruce con División del Norte, avanzaba con fluidez, propia de un día sin lluvia y sin manifestaciones. Cerca de descender en mi destino, pienso en Billy Sánchez cruzando el Atlántico junto a Nena Daconte y Florentino Ariza desentendiéndose de Fermina Daza cuando tomó forzado rumbo de la selva. Sea el desenlace que tengan cómo pareja, la vida (el amor), nos hace pagar un abono no planeado. Y esto no es necesariamente malo. Simplemente es así.

Llegamos; él continúa con una nueva ruta. Otro destino, tal como ha sido su vida. Uno nunca sabe qué hay después del siguiente semáforo, por más que la tecnología nos advierta. Cualquier avenida, calle o eje vial puede convertirse en un reto (esta ciudad carece de palabra de honor en materia vehicular), o en un estacionamiento cuyo peaje es el estrés y, sobre todo, el tiempo que ninguna sesión terapéutica o postura de yoga nos logrará devolver, tiempo que Massimo no desperdicia y procura llenarlo de recuerdos y palabras, siempre cubiertas de un cálido sol mediterráneo.

De taxis y taxistas 
De taxis y taxitas (II)

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