De taxis y taxistas

Al llegar a mi destino, no quise (no me atreví) preguntar que fue lo que le “faltó” a su papá para dar “el salto a las (ligas) mayores”.

CIUDAD DE MÉXICO
TRAYECTO: CALLE DE ZACATECAS (Roma Norte)
– CARRETERA PICACHO AJUSCO (Alcaldía de Tlalpan)
17.18 HRS.

Si caminamos rápido vamos a llegar antes
y ahora no queremos llegar a ninguna parte.

Cansasuelos; Ander Izagirre.

Aunque este fin de primavera tiene pinta de verano -es decir “lluvia-segura” por la tarde-, el dios Tláloc respeta un cálido jueves de junio. El tránsito capitalino fluye con dignidad. Vamos, no es un domingo a las 6:00 horas, pero no hay queja de algo extraordinario.

No crea, joven… hubo un domingo, circulaba sobre circuito interior, a eso de las 7.00 de la mañana, me encontré metido en una cola interminable, casi no llego al partido de beisbol que tenía, comentó José Luis, al volante de un taxi marca Nissan Tida de modelo reciente. Juego con un equipo en un deportivo, ahí cerca de “su” casa.

Haciendo memoria, sí he sufrido atascos fuera de la cotidianidad (si es que lo cotidiano en realidad existe en esta megalópolis), en días y horarios poco probables para experimentarlos. Un domingo, 6:20 horas, a la altura de la Calzada Chivatito, uno de los dos mil ciento treinta y dos cierres para “reencarpetar el asfalto” del Anillo periférico (una vía donde la periferia es nada cercana), hizo que buscará por al menos tres rutas alternativas, todas cargadas de automovilistas razonablemente molestos. Poder llegar a mi destino me tomó cuarenta minutos más de lo planeado.

Me gusta jugar de short (stop), aunque si mi papá se presenta a jugar con el equipo, tomo normalmente la segunda base. Él jugó en la sucursal “Triple A” de los Azulejos de Toronto.

Para aquellos no familiarizados con este deporte, la “Triple A” no es la de la lucha libre, ni tampoco hace referencia a AAA (American Automobile Association). Es el paso anterior para llegar a “la gran carpa”: las ligas mayores de béisbol en los Estados Unidos.

Somos de Veracruz, ya tenemos un tiempo viviendo aquí. 

El primer recuerdo que tengo del “Rey de los deportes” es la Serie Mundial de 1979, entre los Piratas de Pittsburg y los Orioles de Baltimore. Además del uniforme amarillo brillante de los Piratas, me cautivó el particular estilo para tirar la bola por debajo del brazo de Kent Tekulve, lanzador relevista de la novena de Pensilvania. Los Piratas ganaron aquella corona y yo, al ser aficionado del equipo de futbol americano de esa ciudad, por simple añadidura, me hice seguidor, sin saberlo, de una de las franquicias más perdedoras de la historia del deporte norteamericano. Ya entrado en edad “adulta” intenté cambiar de equipo, a los siempre-ganadores Yanquis, pero así no vale.

Cuando juega mi papá, impone, fija la mirada al frente recordando. Incluso, agrega: me causa cierto respeto que no tiene que ver con el asunto familiar. Lo admiro. Mucho. Mi papá jugó como profesional primero en el Águila (de Veracruz) luego lo llamaron de allá y fue a probar suerte. No tenía nada que perder, era soltero y joven. Mi hermano también se probó en el Águila, pero ahora necesitas “palancas” para subir rápido, no sólo talento.

El ámbito deportivo no es ajeno nuestra realidad. Eso es, por desgracia, parte de nuestro México.

La gente piensa que es fácil pegarle a la pelota o atrapar una línea en el “cuadro”. Nunca se han puesto a batear de verdad. A veces me pongo de pitcher, tengo buena bola rápida y para variarle un poco, juego ocasionalmente como fielder.

Existen lazos que al llegar a cierta edad se ponen en tela de juicio. La imagen paternal es durante la adolescencia un punto crítico, que puede salir disparado como hit o ser un “elevado al cuadro”. José Luis, el conductor del taxi, lo tiene claro: su padre es capitán de su equipo, el cuarto en el turno al bat.

Me recuerda un poco mi padre, él también jugó al “beis” en su pueblo en la niñez y en la preparatoria. Era oriundo de Viesca, Coahuila, en La Laguna, al norte del país, donde en ese entonces no existían equipos profesionales de fútbol y además no había televisión. Sus ídolos estaban hechos de crónicas de prensa o de radio. Las palabras pueden generar una ilusión muy grande y despertar realidades impensables. Nueva York no era un punto en el mapa, era el sitio donde Mantle, Gehrig, Ruth, Berra, construyeron un mito. La ciudad – en su imaginario – era para Goyo (mi papá), extensión de esa misma imagen de grandeza deportiva.

Llegando a la Carretera Picacho-Ajusco un pequeño incidente vial (semáforo inservible, policía a cargo) nos detiene. 

Le voy a varios equipos: El Águila, los Diablos Rojos (del México), y en las ligas mayores, los Yanquis y por supuesto Los Azulejos...

Al llegar a mi destino, no quise (no me atreví) preguntar que fue lo que le “faltó” a su papá para dar “el salto a las (ligas) mayores”. No tenía sentido. Cualquier motivo era nimiedad. Su padre será siempre un triunfador ante sus ojos. Con orgullo puedo decir lo mismo del mío y la única meta real en esta vida es que mis hijas, algún día, digan sonriendo lo mismo sobre mí.

De taxis y taxistas es la primera de tres entregas de una serie de relatos.

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