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Explosiones catárticas

Nos entregamos a otros desconocidos, a sus dolores, a nosotros mismos y a nuestros dolores. Y sudamos, y lloramos, y sangramos, y volvemos a ser…

Sudamos, sudamos muchísimo. Lloramos, lloramos muchísimo. Sangramos, sonreímos. Somos. 

¿Qué somos? Manolín, el vocalista de Dolores de Huevos, dice que “lo que pensamos, lo que hacemos, y también actuamos”. Creo que tiene razón, y que se queda corto.

(Dolores de Huevos tiene que ser uno de los tres mejores nombres para una banda de punk en español. A la altura, seguramente, de La Polla Records o Los Violadores, que no hacen alusión a una violación sexual, sino a violar la ley. Es que encima parece que buscan ese dolor de genitales del primer faje, o de la primera vez que se sintió en forma auténtica la culpa y la impotencia. Es un dolor que sirve para algo, no un dolor nomás porque duele y ya).

Ahora somos sudor y lágrimas. Somos placer también. Somos placer que sirve. Somos más que sadomasoquismo disfrazado de hedonismo.

Casi siempre nos formamos como una tribu de hombres desconocidos que buscan sudor y dolor de otros hombres desconocidos. 

(A veces también hay mujeres, mujeres que -¡gracias, es maravilloso!- hacen pedazos cualquier clase de estereotipo femenino, y buscan el sudor de los hombres y de otras mujeres, y buscan sus lágrimas, y buscan el contacto de sus codos con el plexus solar y el de sus hombros con sus hombros y el de la risa cómplice con la risa adolorida que también es cómplice).

(También se buscan solamente entre ellas en círculos donde sólo entran ellas y donde, no es que pretendan competir, pero dejan admirados a los hombres por la fuerza y la hermosa brutalidad de cada contacto).

Alex Fernández, El Tío, guitarrista de Los Ezquizitos, asoció a los hombres que buscamos el sudor de los hombres en forma un tanto -¿sarcástica?, ¿irónica?, ¿buen pedo?, ¿provocadora?- con la homosexualidad en forma despectiva (de verdad, intento ser generoso y no pensar que de verdad él cree que es algo malo y de lo que debería burlarse); pero lo nuestro -porque lo hacemos nuestro- es violenta inclusión íntima.

Un gusto, al fin y al cabo. Y nos encanta repegarnos y gritarnos a la cara, y ponernos el codo en la boca del estómago y en los riñones y chocar rodillas con muslos y con pantorrillas. 

Y saltar. También saltamos mucho los unos sobre los otros. Es una danza en la que hacemos una oda a la violencia, que sin saberlo nos está carcomiendo. Y la enfrentamos. Le plantamos cara gritando (cantar sería pretencioso) cosas que nos recuerdan las cosas que nos están doliendo. A veces nos provocamos heridas corporales que creemos que sanan las del alma; es sin querer; y aceptamos la sangre que lamemos en soledad entre baile y baile.

Vamos a eso, a sudar, a llorar, a escupir saliva y sangre. A hacer catarsis moderna. 

Al final de cada danza violenta nos abrazamos sin camiseta. Cada episodio termina con una deliciosa palmada en la espalda sudada que deja una marca que arde, pero que gusta, porque recuerda que nos hemos convertido en hermanos a partir de una canción. 

Y cada marca de una mano abierta en la espalda es una canción que hicimos nuestra durante el tiempo que duró, y que ahora es sólo memoria y cicatriz de lo que creemos que ha sanado. Nos entregamos a otros desconocidos, a sus dolores, a nosotros mismos y a nuestros dolores. Y sudamos, y lloramos, y sangramos, y volvemos a ser, (como dice Manolín), “lo que pensamos, lo que hacemos, y también actuamos”.

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