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Poesía

Iseult

Hear, O her, Iseult la belle! Tristan, sad hero, hear!

James Joyce

Las zapatillas suenan al golpearlas, pero es el trueno del golpe lo que nos interesa. Imaginemos un trueno de letras que suenan al golpearlas, hay que amasar los sueños, hacerlos nuestros. Ahora podemos comenzar a elevarnos, pues la punta del pie sostiene un cuerpo que se desprende del suelo. La zapatilla de media punta ha sido domada. El ballet, figura geométrica de Balthazar de Beaujoyeulx, prueba irremediable de la proporción áurea en movimiento, deslumbra a Tsvietáieva, justo en ese microsegundo en que también aparece Isolda la bella transitando por galaxias de flores de amapola. Desde los tiempos de James Joyce, su viaje había sido anunciado, en el capítulo IV del libro II del Finnegans Wake; por Béroul sabíamos de su belleza de seda y sus vestidos de Bagdad y a Thomas le debemos el retrato de su partida, el ronco rugir de su tristeza a destiempo. Isolda baila y de su perfecta rotación se desprenden pueblos y ciudades sublevadas. La resistencia estética se impone a la realidad. Su cuerpo es un vehículo elástico, una expresión artística de libertad. Tristán la mira y con él la miramos todos, el viento llora cuando sus brazos se alzan formando una cúpula sagrada, allí donde duerme el sueño épico de Irlanda. Sadhana en el ambiente, que Omar Khayyam recita versos frente a un auditorio de figuras enamoradas, mientras Isolda baila en un rincón de nuestra memoria.

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