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Crónicas

La ciudad de los hombres hiena

Con más de mil años de historia, Harar es la cuarta ciudad más santa del islam, cuna del emperador Haile Selassie y tierra de los hombres hiena.

El aire de la tarde es taciturno y somnoliento, los toques de calor que lo distinguen al medio día se desdibujan conforme avanzan las manecillas del reloj y se ilumina el cielo de un color rosa anaranjado con tonos purpúreos en las colinas distantes que separan la Somalia etíope del altiplano abisinio y el Mar Rojo, más allá de donde alcanza a posarse la vista, y, de paso, la historia.

La milenaria ciudad de Harar, escondida, resguardada, durmiente, entre las murallas de arcilla, adobe y piedra, que la abrazan, infranqueables, desde hace cientos de años, parece renacer con el morir de la tarde. Los cantos de los muecines llamando a la oración vespertina viajan por ese aire cálido que absorbe los sentidos, acompañados por los halcones que inician su migración al norte y por los buitres que languidecen en las copas de las acacias. En ocasiones, sólo por momentos, los guturales, pero melódicos rezos loando a Alá, chocan, suavemente, en ese mismo aire tardío que todo lo rodea, con los cánticos semíticos provenientes de la iglesia ortodoxa en la que se celebra desde hace horas una liturgia por el fin del período de ayuno en honor a los apóstoles de Cristo.

Al coro de cantos, voces, silencios, colores y tiempos le acompañan, en sintonía, el balar de las ovejas y las cabras, el rebuznar de los asnos, el mugir de las vacas, el ladrar de los perros, el chillar de los niños destetados, el maullar de los gatos y, también, el mascar de dientes que en derredor desgarran las hojas de khat para sustraer sus alcaloides psicotrópicos. El embriagador concierto que ofrece Harar por las tardes es súbitamente interrumpido; a la distancia, lejana, indescifrable, temida, se suma un chirriar de colmillos y gargantas. No son los muecines, ni los monjes, tampoco el ganado ni los consumidores de la adictiva planta de hojas tiernas.

– ¿Son acaso los djinns1? – le pregunto a mi acompañante de turno, Testi, un joven veinteañero cuyo nombre en lengua harari significa feliz.

– No, son ellas. Avisan que emprenden el camino hacia Harar – responde Testi sin inmutarse, con la mirada fija en el horizonte del que proviene esa sonora advertencia.

Ellas son las hienas, las otras hijas de Harar, están a más de 30 kilómetros de camino, pero su presencia es tan cercana que puede tocarse, con el oído al menos.      

Amada Harar…espero regresar algún día…siempre viviré ahí.

– Carta escrita por un convaleciente Arthur Rimbaud en Marsella, 1891.

Se dice que Harar fue fundada por algunos de los primeros seguidores del profeta Mahoma, cuando perseguidos y expulsados de la Meca, junto con el iluminado, siguen sus pasos hacia la vecina ciudad de Medina, desviándose en algún momento y cruzando el golfo de Adén, para terminar en el Cuerno de África, solicitando amparo y refugio al rey cristiano de Axum, quien al otorgárselos da pie a la creación de la que hoy es Harar.

Durante siglos, la ciudad amurallada, equidistante del desierto y del mar, convertida en emirato impenetrable, fue un bastión de la fe islámica, recelosa de sus secretos, engendradora de santos, mística y sufí, siempre alerta de no caer presa de sus vecinos cristianos. Se dice que el primer occidental en cruzar el umbral de una de las cinco puertas de acceso a Harar fue el explorador británico Richard Francis Burton a mediados del siglo XIX, disfrazado de comerciante árabe y en busca de la fuente del Nilo azul.

Sin embargo, el forastero que más marcó la historia de Harar fue el insigne poeta que revolucionó el arte del verso en la Francia decimonónica. Arthur Rimbaud llegó a Harar tras recorrer medio mundo en 1881, como empleado de un comerciante galo, con el deseo de alejarse de todo para adentrarse en sí mismo. Lejos estaban los años de su amor por Verlaine, también lejanos los días de su gloriosa poesía. En Harar, quizá sin proponérselo, Rimbaud encontró redención. No fue el trasiego de armas o el ser instructor de francés de su vecino en la ciudad amurallada, el Ras Tafari que devendría Haile Selassie, hechos que cambiaron la historia de Etiopía y del Cuerno de África, fue algo en el aire húmedo y cálido que aún hoy puede acariciarse en Harar. Fue algo de su incienso y mirra, mezcladas con sus podredumbres y su tufo maloliente, lo que marcó a Rimbaud, incluso en su lecho de muerte, como recogen múltiples misivas dirigidas a su preocupada madre y a su extrañada hermana desde este reducto de tierra en el extremo oriental de África.

– Ahí, es ésa. Esa misma, mírala, ¡mírala!

Con un trémulo dedo índice arqueado por la artritis, el anciano vigilante de la que engañosamente se erige como casa de Rimbaud entre las estrechas callejuelas de la parte más antigua de Harar (la señorial casa de madera fue diseñada por un arquitecto y comerciante indio, pero data de inicios del siglo XX), me muestra una foto en blanco y negro en la que se distingue la fisionomía de la ciudad. Es una foto atribuida a Rimbaud, la foto más antigua existente de Harar.    

The UNESCO Cities for Peace and Tolerance in Africa Prize, Harar, 2002

– Este es el único lugar de Etiopía en el que nos amamos los unos a los otros, oromos, hararis, amharas, tigriñas, somalíes…nunca peleamos entre nosotros. Es una ciudad como no hay ninguna otra en el país – afirma Testi mientras me enseña, orgulloso, la imagen en su celular del diploma que hace dos décadas otorgó la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés) a la ciudad de Harar en tanto ciudad de paz y tolerancia en África.

Un enorme letrero color blanco hecho de fibra de vidrio, empotrado sobre un pequeño cerro a la entrada de la ciudad nueva, reproduce agigantada la frase de la que se regodea Testi, “City of Peace”. Kilómetros antes del mismo, entre los vericuetos de la curva carretera de asfalto que comunica a Harar con la ciudad de Dire Dawa, la más grande de esta región oriental de Etiopía, a poco más de 40 kilómetros de distancia, es otra la historia que se cuenta. Camiones de carga yacen a las orillas del trayecto, llantas arriba, quemados y desvalijados. Un extenso terreno baldío, en las inmediaciones del aeropuerto, plagado con tiendas de campaña y logos de la Organización Internacional para las Migraciones, en donde viven, malviven y sobreviven, cientos de desplazados internos. Y el recuerdo, aún demasiado vivo, de los enfrentamientos interétnicos e interreligiosos que bañaron de sangre esta tierra milenaria en octubre de 2019.

La historia de Harar, como la de Etiopía, el país al que pertenece, pero del que no necesariamente se sabe parte, es una de continuas batallas. Una historia de encuentros y desencuentros entre culturas, razas y etnias, entre luces, religiones y sombras. Si bien fue el entonces monarca abisinio el que dio la bienvenida a los seguidores de Mahoma hace más de mil años y permitió con su magnanimidad el nacimiento y el posterior florecimiento de Harar, con sus 82 mezquitas, sus cientos de santuarios, sus velos y sus dagas; fue un sucesor suyo el que cientos de años después convirtió por la fuerza la mezquita principal de la ciudad en iglesia ortodoxa. En el ínterin fueron y vinieron emires, emperadores, comerciantes, exploradores y colonizadores. Se asentaron en Harar, a la vera de Rimbaud, franceses, turcos, egipcios, griegos y, por supuesto, italianos. A los harari, los descendientes directos de aquellos venidos de Arabia, se les sumaron los oromos, los amharas, los tigriñas y, también, los somalíes. Esa diversidad tan peculiar, impensable en tantas otras geografías, cercanas o distantes, es la que le valió a Harar su título de ciudad de la paz, pero también de patrimonio cultural de la humanidad, en 2006, otorgado por la misma UNESCO.

Hoy, ese aire que aturde seductoramente durante las tardes a Harar, el que atrapó al poeta de Charleville, el que trae a nuestros oídos los cantos del muecín y los rezos de los monjes, es símbolo irredento de ese encuentro de ideas y de pensamientos, pero también, de la fragilidad, acuciosa, que le rodea.

A la distancia se escucha un trueno, el cielo, ya pintado de azul marino y azabache, es una cúpula salpicada de estrellas. En él se pueden leer a la perfección la osa menor y el cinturón de Orión. Las risas de las hienas ahora nos rodean, son cinco, siete, ocho, diez, veinte las que de repente aparecen por de entre los matorrales. Sus ojos brillantes al contacto de la luz de mi linterna se convierten, mágicamente, en docenas de pares de estrellas más en ese firmamento singular. 

Abbas Yusuf, con sus 25 años bien moldeados en un cuerpo atlético que roza los dos metros de estatura, llega silbando y con cubeta en mano, rebosante de trozos de carne de cordero recién cortada a machetazos en pedazos del tamaño de un puño. Es el hombre hiena, como lo fue su padre, y lo fueron sus abuelos y bisabuelos. Como lo son todos los hombres, y también las mujeres de Harar. Listos para compartir con las hienas el alimento. Dicen que fue el emir Nur, a quien se le adjudica la construcción de la muralla que protege y, al mismo tiempo, esconde a Harar, el primero en pactar con las hienas hace cientos de años. Dicen que acordó dar a las hienas paso libre al interior de las murallas al caer la noche, para que pudieran alimentarse con los restos de los corderos mutilados durante la jornada y limpiar así de enfermedades a los habitantes de Harar, ello a cambio de una coexistencia pacífica con los humanos. Hoy, ese pacto parece seguir en pie, Chaltu, con 28 años de edad la más veterana de la manda de hienas que hacen círculo a nuestro alrededor, según me explica Abbas, se coloca entre mis piernas mientras le doy en la boca de comer. Me rio, sonrío, Chaltu y el resto de las hienas se carcajean, como sólo estos mamíferos carroñeros saben hacerlo. Abbas chifla, como chifla el viento desde hace más de mil años en este pedazo del África más hipnótica. El baile de sonidos continúa a lo largo de la noche, permitiendo, de momento, esa convivencia armónica, tan anacrónica, entre hombres, bestias, cruces, medias lunas y múltiples acentos.


[1] Término utilizado en las culturas islámicas para determinar a espíritus que similares a los hombres carecen de esencia material, tienden a ser malos y a manifestarse, sobre todo, en la oscuridad. En español un término equivalente podría ser genios.

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