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Crónicas

La guerra que ya no existe: Un viaje a las unidades de élite de los ejércitos de Guatemala y Ecuador (II)

Esta es la segunda de cuatro entregas de una serie de crónicas propuestas por el periodista español Santiago Tejedor sobre la intimidad de dos unidades de élite de los ejércitos de Guatemala y Ecuador.

Capítulo 02. La expiación

Por tanto, hagan morir todo
lo que es propio
de la naturaleza terrenal:
inmoralidad sexual,
impureza, bajas pasiones,
malos deseos y avaricia,
la cual es idolatría.

Colosenses 3:5
La Biblia

Siglo XVI. Guatemala. Primogénito de Acab el Grande. Infante del reino Mam. Del príncipe Kayb’il B’alam decían, primero, que era inmortal. Y después, invisible. Para acceder al trono superó una difícil prueba: Debía recorrer a pie una larga distancia perseguido por los guerreros más feroces de la ciudad. Salió ileso. Más tarde, se enfrentó a los conquistadores españoles Gonzalo y Pedro Alvarado. Incapaz de afrontar con éxito un enfrentamiento convencional, creó su particular versión de la guerra irregular o de guerrillas. Acompañado de un centenar de sus mejores soldados, se parapetó en las montañas de la sierra de Los Cuchumatanes, la cordillera no volcánica más elevada de Centroamérica, cuyo nombre significa “lo que fue unido con gran fuerza”. 

En este remolino de pinos y robles, donde, dicen, nació la lengua maya, el cacique guerrero asaltó aldeas, caminos y puestos militares. Muchas veces atacaban de noche, amparados por la oscuridad. Nunca fue capturado. Su leyenda se extendió entre las comunidades mayas. Su ferocidad y rebeldía contribuyeron a ello. Cuatro siglos después, su figura inspiró a la fuerza especial del ejército guatemalteco. Los kaibiles construyeron su relato sobre la leyenda de este príncipe maya. Su nombre es un vocablo de la lengua mam. Significa “aquel que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres”. Su radio de acción se ha centrado en Centroamérica, pero la ONU ha solicitado sus “servicios” en más de una ocasión. Han participado en misiones de paz en Liberia, Nepal, Costa de Marfil, Haití y Congo. 

En 2007, ocho kaibiles murieron en combate en el Congo. Hablé en Guatemala con el periodista José Elías, Pepe. Periodista de la antigua guardia, humilde, observador y reflexivo. Tomamos una café en el hotel. Conversamos sobre el periodismo, de aquí y de allí. Me preguntó por España, por los medios, por internet. Luego, hablamos de los kaibiles. Pepe ha escrito de ellos. Leí varios de sus textos, retratos magistrales del porqué y del cómo de la esencia kaibil. El 19 de marzo de 2015, en el periódico español El País, escribía: “Quien no haya participado en una emboscada”, dice a EL PAÍS un comandante de la antigua guerrilla que prefiere el anonimato, “no puede imaginar la carnicería que significa”. Bebe un sorbo de café y añade: “Volaban descuartizados, pero apretando el gatillo. Más de una baja nos provocaron en esas circunstancias”. Con la mirada perdida en el recuerdo, mitad nostálgica, mitad horrorizada, no puede reprimir un deje de admiración al exclamar: “¡Qué hijos de puta!”.

Me cuenta Pepe que, el 23 de enero de 2006, ocho kaibiles murieron y cinco resultaron heridos. Fue en el Congo. Guerrilleros del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en inglés), desaliñados, desordenados, pero armados hasta los dientes, cayeron sobre una unidad kaibil que patrullaba la zona. Estaba amaneciendo. En la entrada del campamento de Cobán, al norte de Guatemala, un monumento tributa homenaje a los soldados caídos en África. Los kaibiles fueron la primera unidad de élite de América en participar en una misión de paz. Sin embargo, la palabra que mejor les define no es “paz”. En “El infierno”, en una entrevista, sin cuaderno, grabadora ni cámara, rodeado por una docena de estos “tigres guatemaltecos”, ataviados con pinturas, pertrechos e indumentaria de combate, me recordarían ese momento. Varios estuvieron allí. Los demás callaban. El silencio aparecía por momentos para, rápidamente, huir dejando un mensaje: a los caídos hay que respetarlos. “Tomamos las armas, nos organizamos y volvimos a por ellos”. Murieron 50 guerrilleros. La maniobra habitual de repliegue y retroceso no existió. “Sabemos combatir”, me recuerdan. Hablan dos. El resto observa. “Hemos sido preparado a conciencia para atacar”, añaden.   

Su instrucción dura ocho semanas. Un total de cincuenta y seis días de pruebas físicas, instrucción teórica y ejercicios de resistencia en un lugar que llaman “El infierno”. Este caserío, cercano a la aldea La Pólvora del municipio Melchor Mencos de Petén (Guatemala), es un reducto la selva ha convertido en infranqueable. La frondosidad de la vegetación, una temperatura media de 38 grados centígrados, la intensa humedad y la abundancia de insectos han concedido su calificativo demoníaco a este terruño de selva tropical. Más de 1.250 kaibiles se han graduado en los últimos cuarenta años. Allí inician su entrenamiento y allí mismo más de la mitad suelen abandonar antes de que finalice. La mayoría proceden de diferentes ciudades y pueblos de guatemaltecos (alrededor de un 85%), pero cada año acuden también militares de Chile, España, Argentina, Perú, México, Honduras e incluso de Estados Unidos. “Sobrevivir en el infierno kaibil, no es sólo un acto de voluntad y fuerza física, se requiere una fortaleza espiritual inquebrantable para sobreponerse a todos y cada uno de los obstáculos que se encuentran en su interior y que es necesario salvar para llegar por lo menos a la mitad del curso”. Lo escribe el militar, historiador y docente Jorge Antonio Ortega Gaytán en su libro Los kaibiles. José Antonio es el kaibil 252. Asegura que ha vendido más de 10.000 ejemplares de esta obra. Apodado el Chato, tiene 59 años y 3 hijos; un varón y dos chicas. Todos viven fuera del país. Uno en Holanda, otra en México y otra en Carolina del Sur. Un abogado, una psicóloga y una antropóloga. Fue instructor Kaibil por más de dos años y director de la Escuela. Ahora se dedica a “pensar” y a escribir. “Ser un kaibil es ser un soldado especial cuyo único límite es la muerte. Nosotros trabajamos para que la misión se cumpla. Lo primero y lo último es Guatemala. Mis hijos sufrieron la parte mediática del proceso. Les dediqué un libro titulado Nuestras Guerras”. Hoy lo llevan con orgullo. “Mi mujer no es militar, pero hizo el curso de paracaidista y acumula unos 15 saltos”.  

El entrenamiento kaibil está considerado como uno de los más duros y exigentes de todas las unidades de élites de los ejércitos del planeta. El curso se estructura en tres etapas. La primera se centra en la instrucción teórica y en el entrenamiento práctico. El objetivo de esta primera fase es analizar el nivel de compromiso y la moral del aspirante. La tormenta es holística; el castigo es sistémico. Para acceder al comedor han de realizar diversas series de dominadas, flexiones o abdominales. Y dicen –nadie lo confirma– que, en ocasiones, lanzan la comida al suelo. Disponen de un minuto para ingerirla. O mejor, tragarla. “La comida no es un deleite, es un combustible”, de nuevo, un mantra interiorizado por todos los soldados, que me recuerda un instructor con seriedad y orgullo mientras realiza movimientos circulares con sus dedos pulgar e índice sobre la empuñadura de su machete. Esta primera fase dura 21 días y tras ella, los soldados seleccionados se adentran en la selva. La dureza se torna extrema. En esta etapa, la orografía juega un papel protagonista. Deben maniobrar con agilidad y destreza entre la espesura de la selva, cruzar ríos y pantanos, ascender a colinas, construir sus propios refugios, armar botes o improvisar campamentos. 

El dominio del arte del camuflaje es imprescindible. Dicen que se vuelven invisibles. Aprenden a identificar e imitar el gorjeo de diferentes tipos de aves y los gruñidos de los felinos que deambulan por la zona. En este lugar no hay aldeas, ni infraestructuras logísticas ni soldados acuartelados. Los aspirantes reciben una formación especializada en guerra de guerrillas. Además, en estos 28 días, aprenden a detectar y desactivar minas, colocar y detonar explosivos y rastrear a otros soldados. Finalmente, en la fase final, los aspirantes deben demostrar su solvencia para sobrevivir en condiciones radicalmente adversas. La selva se convierte en su despensa. Hormigas, raíces, roedores, semillas y serpientes son, entre otros, su único sustento. Otra vez la frase: “Todo lo que se mueve se come”. Saben cómo potabilizar agua o cómo almacenarla aprovechando las gotas del rocío. En el terreno militar, se ejercitan en maniobras de inteligencia, incursiones en territorio enemigo, asalto a campamentos, recuperación de rehenes, repliegues, ataques de aniquilamiento y reabastecimiento aéreo. 

Los instructores afirman que el curso tiene un planteamiento global donde todo tiene un porqué y aporta un aprendizaje. No obstante, la dureza de esta formación ha convertido a esta unidad de élite en foco de numerosas críticas. El entrenamiento no tiene horarios en ninguna de sus etapas. A cualquier hora el grupo de aspirantes debe estar preparado para la acción. En plena noche, al amanecer o bajo el peor sol de la jornada pueden ser despertados para comenzar a entrenar. Muchas veces, los ejercicios buscan minar la moral de los soldados. Inspirados en la frase “la mente domina al cuerpo”, esperan que sean capaces de sobreponerse a todas las incomodidades y exigencias de la instrucción. Existe la leyenda macabra que cuidan un cachorro de perro desde el inicio del entrenamiento. Al final, les ordenan ejecutarlo. De nuevo, nadie lo confirma. Algunos ríen al escuchar la pregunta. Pero nadie ahonda en el asunto. Los mandos de la unidad de élite se defienden con argumentos generales, pero contundentes: se busca una “fortaleza espiritual inquebrantable” y una “fortaleza física y psicológica superior” que permitan al soldado soportar todo tipo de adversidades y privaciones. Varios aspirantes han fallecido durante la instrucción. “Hemos tenido bajas durante la formación. Por paro cardíaco, por accidentes en el agua y, una vez, se desnucó un joven practicando la doble llave Nelson. Esta técnica de lucha inmoviliza al oponente mediante una fuerte presión que traba el cuello, la muñeca y un brazo hasta que suplica la rendición. Cada mañana, sobre un tatami de serrín, los aspirantes se ejercitan para el combate cuerpo a cuerpo. “Las ONG nos insisten en que cuidemos las medidas de seguridad. Lo hacemos, pero este entrenamiento es rudo y es duro”, me dicen.

En el interior de “El infierno”, como una referencia distintiva por nuestra visita, nos dejan acceder al templete, inspirado en la arquitectura maya, donde se celebran las ceremonias de graduación. Diurnas con la presencia de familiares. Y otras, más exclusivas, de noche, bajo la luz de antorchas. Antes, tenemos que santiguarnos y completar varias series de flexiones. Allí nos esperan dos instructores. Prefieren no dar sus nombres. Conversamos de lo cotidiano. Tienen Facebook, usan móviles y hablan de sus familias, hijos y mujeres. Nos cuentan que el entrenamiento atrae a soldados de todo el mundo. “Una vez vino un marine que estuvo en Irak”, cuenta uno con orgullo palpable. Otro, con varios dientes contorneados con tiras de plata, ríe. Y dice: “Yo tuve a mi hijo de aspirante. Se lo hice pasar mal. Peor que al resto”. Hay un silencio corto. La charla sigue. Estamos situados en una de las escalinatas de las construcciones piramidales que rodean al templete. Es el lugar que solo pisarán los que superen el entrenamiento. Allí se les impondrá su insignia kaibil y la codiciada boina púrpura.     

—Una vez llegaron dos soldados de Taiwán —dice el militar de nariz gacha y cuerpo atlético.

—Duraron un día o menos. 

Luego ríe de nuevo. Le brilla un diente de oro. Concluye.

—Llegaron hasta con portátiles.

La guerra que ya no existe: Un viaje a las unidades de élite de los ejércitos de Guatemala y Ecuador (I)

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