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La importancia de conocer los mitos griegos

Desapareció el sentimiento de libertad y me invadió una enorme tristeza.

Soñé otra vez con el hombre alado. Me miraba entusiasmado, mostrándome sus hermosas alas, pero no podía compartir su alegría. Sentía una especie de terror, no hacia él, sino hacia algo externo, como si alguien nos persiguiera. Me intentó calmar al verme triste con un abrazo y comenzó a elevarse; yo lo observaba volar: ¡era muy ágil! Lo comencé a seguir, pero yo no era tan bueno, me costaba equilibrarme y me pesaban mis enormes alas blancas.

Cuando al fin logré elevarme controlando mi cuerpo y pasamos las copas de los altos árboles, recién en ese momento por mi cabeza cruzó la idea de libertad. Me sentía al fin más suelto en el vuelo, liviano, como si ya no fuera un hombre sino una perdiz flotando por los cielos. En la altura podía vislumbrar atrás nuestro un colosal laberinto. Me detuve un momento viéndolo mientras me invadían dos sentimientos: uno de orgullo, como si esa inmensa obra fuera mía, y un sentimiento de liberación, como si en realidad fuera un prisionero que se escapa de su celda. Lo despido con una lágrima que se resbala por mi mejilla; “ya no nos harán daño”, me dijo en voz alta el niño alado. Sabía que tenía la razón, logré escaparme de otro de mis pecados, porque soy dueño de mi destino, soy un hombre libre. Vuelo junto a mi hijo.

Desperté. Desapareció el sentimiento de libertad y me invadió una enorme tristeza. Dubitativo, traté de reflexionar sobre lo soñado. En mi familia cada tanto aparece una suerte de videntes. Mi tatarabuela en sus sueños podía ver el futuro lejano. Mi padre, en cambio, podía ver en los suyos el pasado, sucesos de nuestros ancestros. Mis hermanos y yo no hemos demostrado tener el don de los sueños, pero aun así, si tuviera el poder, ¿qué quiere decirme el sueño del joven alado que vengo soñando por tres noches seguidas? Supongo que será por mi hijo que me viene pidiendo permiso para viajar este fin de semana con sus amigos. Le vengo negando el viaje y está muy enfadado conmigo. Quizá deba darle sus alas y dejarlo volar. Laura dice que soy demasiado duro con él. Puede que tenga algo de razón. En el desayuno le daré el permiso para que vuele.

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