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La metáfora de la creación: una entrevista con Cristiano Berti

En la Historia, lo que va, vuelve.

A veces como metáfora, a veces como alegoría. Pero siempre lo que regresa está sobrecargado de significado. Este es el relato de un apellido; también podría ser el del jitomate o el del comercio de esclavos. En todo caso es un mosaico de una época: blanca y contundente como el mármol.

El artista visual Cristiano Berti cuenta que trabajaba en un proyecto histórico cuando el apellido saltó como si fuera un salmón en medio de aguas embravecidas y buscara ser aprehendido por el eco de los tiempos. No tiene en claro qué fue lo que lo llevó a seguir los pasos de Antonio Boggiano, el emprendedor de Savona, quien presa de la aventura y la ambición hizo el viaje al Caribe para convertirse en un personaje casi bíblico; fundador de una estirpe de la que hasta ahora se sabía casi nada. El blanco, se sabe, esconde todos los colores y es ninguno.

“Los apellidos -afirma Berti, sin pretensiones poéticas- son como las hormigas de la Historia: laboriosos porteadores que cargan significados sobre sus espaldas y revelan muchas cosas si dirigimos nuestras miradas hacia ellos”. Uno de estos bichos vaya que ha puesto al descubierto una progenie abultada en Cuba y en la que cabe -como en los descendientes de Abraham- todo tipo de oficios y toda forma de conducta humana; la bien intencionada y la malsana. Herederos Boggiano es -sin proponérselo- una versión de un libro del Antiguo Testamento. Génesis y genealogía.

La vida de Giovanni Antonio Egidio Boggiano es -como suele pasar con algunos patriarcas- menos interesante de lo que sucedió después de su muerte. O de lo que sucedía mientras el se acercaba al olvido: vivir es desvivirse, escribió Octavio Paz.

Nació en Savona, Liguria, el 21 de marzo de 1778. El Mediterráneo le sirvió como residencia y como ruta para el escape de ese domicilio involuntario. La muerte lo esperaba en otro mar. Los italianos suelen ser expertos en la orfebrería de las olas. A los once años, el futuro comerciante de esclavos vivió de lejos los efectos de la Revolución Francesa. Y el terror que vino después. Y la anexión francesa (1805) de Liguria. Toda fuga es, en realidad, una causa. Napoleón comenzó a dibujar a su antojo un nuevo mapa político de Europa. El Congreso de Viena de 1815, ya con El Corso vencido y humillado, creyó terminar con las revoluciones liberales que se propagaron, como el Covid19, por todo el mundo; pero reanimó la expansión colonialista de los imperios en los otros continentes. Boggiano formaría parte de esa nueva era del comercio.

Berti, nacido en Turín en 1967, sostiene que no hay manera de saber qué sucedió en la vida de Antonio durante los siete años que pasaron desde su llegada a La Habana y su reaparición en Trinidad, la tercera ciudad fundada por la corona española en la isla y cuyo esplendor mercantil se produjo a finales del siglo XVIII y durante todo el XIX. Las Antillas, como el resto de América, sufrieron el embate de las nuevas formas del mercado: el intercambio de especias, frutas, telas, minerales y seres humanos fue intenso, como nunca antes.

Ya en Trinidad, Boggiano -el fundador de un clan- comienza una próspera carrera comercial de la que sacará jugo hábilmente. Al tiempo, su apellido comienza a propagarse con vertiginoso ritmo. Poblaba lugares y regaba su descendencia, en Italia y en Cuba, con la autoestima que tienen los italianos al caminar. Puede que sus impulsos llegaran más lejos; el Cono Sur o la América Central. “Era -describe el documento de Berti- un hombre de semblante solemne, bien afeitado, con el rostro enmarcado por las patillas. Llevaba en el cuello un pañuelo blanco como pechera”. Hombre de compostura. Indiferente a las inquietudes de su tiempo. Inclinado a la exhortación moral, a mortificar la carne y ajeno a las supersticiones, aunque era devoto de la Virgen. Hizo levantar un altar en honor la Señora de la Misericordia, cuya lámpara se encendía todos los sábados y se celebraba una misa solemne el 18 de marzo, día de su aparición. El altar se encuentra todavía -a pesar del régimen de Fidel- en Trinidad. Antonio murió en su cama el 22 de abril de 1860. Aquí comienza otra historia, o la verdadera historia.

Los italianos llamaron al xitomatl (o tomati) mesoamericano como “Manzana de Oro” (pomodoro) desde finales del siglo XVI, en el cual se produjo la invención de América: hecho que cambió para siempre la forma de contar la Historia Universal.

Cuando Boggiano nació, en 1778, el tomate ya formaba parte sustancial de la dieta de toda la península (los franceses le acusaron como “manzana de amor”). El tesoro rojo había ido a Europa entre bergantines y carabelas. Entre oro y plata, el jitomate se volvió deseo: la gastronomía no es otra cosa que el triunfo del deseo sobre la necesidad.

En el siglo XVII se intensificó otra rama del negocio mundial: la venta de esclavos de raza negra. Y se produjo un acontecimiento mayúsculo: de lejanos mares nació otro mestizaje: el del lenguaje. A Boggiano le tocaría sufrir sus trampas en Veracruz, que formó parte de un triángulo peculiar en el Golfo de México: La Habana, Nueva Orleans (la Luisiana francesa) y el puerto de salida a las mercancías a Occidente. Todo se comunica: de la Nao de China, que llegaba al Puerto de San Diego en Acapulco, pasaba por medio México y con sus nuevos productos viajaba a la Vera Cruz para comerciarse en Occidente.

El jitomate pagó ese boleto de ida y vuelta: ahora es pizza y espagueti a la boloñesa.

Revela Berti que kalunga es una palabra kikongo que significa mar u océano, “pero con una cualidad mística, sobrenatural, como morada de los espíritus de los muertos”. Kalunga también puede responder a muerto o a desgracia. Berti cita a Lydia Cabrera: “muerto es Kulunga, Cosa extraña es Kulunga. El cementerio es Kulunga, y el infierno y el otro mundo”. Entre el comercio de esclavos -convertidos en valores de uso- el mar era la perdición para los intercambiados como moneda corriente. Boggiano, quien expandiría la vida, traficaba como Kalunga: con la muerte y su sucursal en esta tierra, el sufrimiento. La pérdida de la libertad, como apunta Berti. El futuro amo del popular apellido de Trinidad era una forma de médium entre los orígenes y la migración forzada para el trabajo despiadado en tierras insospechadas. Los creyentes de Kalunga preferían morir en altamar antes de llegar a su despiadado destino. También en el océano sucede el infierno.

Todavía en Trinidad se puede ver el templo a Kalunga.

Escribe Berti:

“Esa una casa común, una sala que da a la calle alberga el altar de los santos, que la familia atribuye a la profunda fe católica de la abuela Felicia. Algunas figuras en yeso, jarrones y otros objetos celebran un cónclave sobre muebles cubiertos con manteles y drapeados, detrás de una gran cortina fijada precariamente en la pared. Una parte de los objetos se mantienen ocultos y no hablaremos de ellos”. Eso es el mestizaje religioso: lo que no se ve entre la luz de la celebración; más lo que se oculta que lo que se muestra. Lo que se dice se desvanece. El misterioso ritual proviene de El Congo; el viejo domicilio de la libertad de la raza negra y en la que Rey Lepoldo, padre de Carlota, llevó a cabo una de las más abominables experiencias de la infamia. Joseph Conrad dejó como huella su famoso Corazón de las tinieblas. Pero el mestizaje es más cruel: el apellido del dominio es un signo, un gesto heredado de la subordinación. Los Boggiano serán esclavos; hijos del infortunio, del abuso.

Cuando le preguntaron a Cassius Clay por qué renunciaba a ese nombre, éste respondió con un derechazo al hígado: porque ese es un nombre de esclavo. El amo de su abuelo había combatido en la invasión a México en 1847. Cuando regresó a casa decidió dejar en libertad a sus esclavos, los Clay. Ya campeón olímpico, Cassius vivió en carne propia la condición de “negro”, todavía en 1960. En Roma, había ganado el oro de los semipesados del boxeo. En Ohio, se negaron a servirle una hamburguesa. Tiró la medalla al río y se convirtió al islam y tomó el nombre de Muhamad Alí. Diría Marx: la religión como una necesidad y como protesta a esa necesidad. También un apellido puede ser una estrella amarilla en el pecho, como lo descubrirían los judíos en el siglo XX. Un apellido puede ser una sentencia. Recuerda Berti: Kalunga y Madre Agua son dueños del mar. La Historia es una marea que riega, a su paso, templos y puertos. Nada es puro: Kalunga sube y baja.

Italia es una nación muy joven. Se conformó en 1861. La correspondencia entre Giuseppe Garibaldi y Benito Juárez demuestra que Italia y México tenían mucho en común. En 1862, en Querétaro, fue fusilado Maximiliano de Habsburgo, el segundo emperador de México y nació la República Restaurada. Boggiano muere un año antes de la unificación italiana y dos antes de una fecha histórica del relato nacional mexicano: 5 de mayo de 1862: la batalla en la que Ignacio Zaragoza vence al más imbatible de los ejércitos de ese tiempo, el francés.

El colonialismo procrea hijos sin padre. Y los siglos de la expansión los generaron como racimos. Boggiano hizo su tarea. Casi ocho páginas del índice onomástico de Herederos Boggiano llevan esa distinción de clan. El artista, convertido en reportero, se dio a la tarea de seguir los pasos de un conquistador de amores; italiano, al fin. Al menos Boggiano es un referente, un código postal, una guía en el directorio. Los Boggiano saben que pertenecen a una especie de aldea de la que no conocen, acaso nada, nada. Pero hay un código en ellos: Boggiano. Una forma de decir, como en otros lados: tú eres Martínez de tal lugar; Treviño del Norte o González Garza, de Monterrey. Un sitio. Todos los Boggiano parecen vivir en Trinidad y toda Trinidad parece contener a todos los Boggiano. Lo que va, vive. Pero otros menos suertudos tenían las de perder: cuando alguien se apellidaba Ventura o Buonaventura significaba que, simplemente, no tenía familia o, sencillo, ella no lo tenía a él. Los hijos abandonados fueron de usos corrientes, casi cháchara. Todavía, en el medio siglo mexicano, Luis Buñuel los llamaba Lorenzana en La ilusión viaja en tranvía. Papá se fue por cigarros y no volvió. Y mamá lo esperó afuera de la casa.

Boggiano es la historia de un apellido de un viajero intrépido y pendenciero, como todos los cuales: corrupto, desmembrado, amoroso, guapo, apátrida y patriarcal, del cual sólo llegan los rumores de un tiempo en el que Shakespeare sigue siendo actual:

“Romeo es más que su nombre…”

Y Berti, artista al fin, sostiene que: hay más en un hombre de lo que hubiéramos pensado…

Según él: Boggiano fue propietario de esclavos durante más de cincuenta años. Recibieron su apellido cincuenta y un africanos y cincuenta y ocho africanas; cincuenta y siete criollos y sesenta y cuatro criollas. “Una considerable proporción murió en la esclavitud, a menudo a tierna edad”. El apellido Boggiano se transmitió a los descendientes por vía materna.

Gershom Scholem cuenta que cuando el fundador del jasidismo, Baal Shem, debía resolver un problema, iba a un punto determinado en el bosque, encendía fuego y pronunciaba oraciones. La solución llegaba. La siguiente generación olvidó cómo encender el fuego, pero recordaba las oraciones. Y todo se resolvía. Los nuevos tampoco recordaban las oraciones, pero no olvidaron el lugar del bosque. Y todo se resolvía. Los siguientes lo olvidaron todo. Pero sabían contar la historia. Y todo se resolvía.

Hoy, en Trinidad es muy probable que uno de ellos lleve el apellido Boggiano y no recuerde al fundador de la dinastía: una hormiga es, siempre, un hormiguero. Todo vuelve: ahora la revisión del relato atiende al origen del apellido como forma de fuego en medio del bosque del tiempo.

La historia siempre está por resolverse.

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