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La noche en que fui Paco Stanley

Ya todos sabemos que era lunes. Mamá pasó por mí a la secundaria, un poco más tarde de la hora acostumbrada. Me explicó que había mucho tráfico porque el Periférico Sur estaba cerrado. Porque algo había pasado, me dijo. Un accidente, me dijo. Se murió alguien, remató. Demasiado misterio para un percance de tránsito, pensé. Más bien, hasta ahora lo pienso. Después entendí que no le era fácil soltarme así como así que se había muerto mi ídolo. ¿Cuál ídolo?, respondí. Habían pasado ya cinco años de que, al menos por un momento, me convertí en mi ídolo en plena televisión abierta. Paco Stanley, dijo finalmente mi mamá, esperando que yo me descompusiera. Ah, ya se murió, respondí. Y es que al momento de su muerte, él ya no era mi ídolo, aunque apenas unos años antes yo fui Paco Stanley.

Me encantaría decir que me educaron los libros, pero no fue así. Fui el niño nacido a mitad de los años ochenta que se educó gracias al franco permiso que hubo en casa para ver televisión. Y vaya que lo aprovechaba: todas las telenovelas, algunas caricaturas, la barra cómica, los programas de variedades de la tarde. Los programas de variedades de la tarde. Como extensión de ello, le debo mis capacidades lectoras -y, claro, mi vocación periodística- a las revistas que consignaban la vida y milagros de quienes aparecían en la pantalla chica. No fue difícil, entonces, toparme con él. 

Entonces, la trayectoria de Francisco Jorge Stanley Albaitero iba en pleno ascenso. De locutor en la XEW, patiño del conductor Francisco Fuentes “Madaleno” en el legendario Club del hogar y anfitrión del programa cómico La Carabina de Ambrosio, a presentador de un programa de noticias en el sistema ECO, en el cual primero informaba sobre el acontecer diario para luego pasar a un segmento muy distinto, en el que además de presentar y entrevistar a diversos cantantes y grupos de la farándula, entretenía a la audiencia con un humor basado en burlas y comentarios despectivos hacia sus compañeros y -ya en los programas venideros- hacia el público presente en el estudio de grabación, aderezado con palabras, frases y hasta canciones que se fueron colocando en la cultura popular: “¡Romanescos!” (porque fue oriundo de la Colonia Roma) o “¡Ándale!”, “¡Una tras otra!” -que se convirtieron en los títulos de su primer y su último programa de variedades- y el “Himno a la humildad”.

Desde que tuve uso de razón, me interesó comunicarme: que me vieran, que me escucharan. Tal vez porque fui un niño solitario que pasó la mayor parte de la infancia encerrado en casa para protegerse del sol o de la lluvia -esos fenómenos que suelen afectar las vías respiratorias de las que entonces padecía seriamente-, aprovechaba los momentos en los que estaba frente a gente para decir o hacer algo; es decir, para replicar lo que veía en la televisión y para poner ante el ojo ajeno lo que descubría en mis juegos solitarios. Y descubrí que podía decir y hacer todo lo que Paco decía y hacía en la televisión. Y que al público -o sea, mi familia y amigos de mis papás- le hacía mucha gracia. Y que en lugar de contratar a un payaso, en mis fiestas infantiles yo podía tomar un micrófono y entretener a la gente cantando, con más enjundia infantil que conocimiento de causa: “qué lindo soy / qué bonito soy / cómo me quiero…”

En marzo de 1994 sucedió el asesinato que sacudió por completo la vida del país en todos sus ámbitos. Yo era un niño que cumpliría 10 años, era un excelente estudiante, seguía siendo enfermizo y solitario y, para entretenerme, además de ver la televisión, empezaba a alimentar un sueño… pero para cuando fuera grande: aparecer en detrás de la pantalla chica, haciendo algo parecido a lo que hacía Paco. Para diciembre de ese año convulso no solamente había aparecido unas cinco ocasiones en el principal canal de la televisión abierta mexicana, sino que en una de esas, acabé cumpliendo mi sueño de infancia y lo logré: fui Paco Stanley.

II.

—¿Qué soñaste?

— …

— ¿Te sabes algún chiste?

— …

De los treinta y siete niñas y niños que nos presentamos a la audición, yo fui de los últimos. Más de uno pasaba al escenario y se quedaba varado, sin decir nada, sin hacer nada, sin cantar algo o contar ningún chiste. Otros más cantaban algo, contaban algo. Y la que sigue, y el que sigue. Y por fin me tocó a mí. Seguramente dije mi nombre y me arranqué: “¡Buenas noches, éste es su programa Llévatelo! ¡Y todos cantamos: ¡ésta es Susanita / tiene un ratón / come chocolates / y también turrón! ¡Y quisquirisquis, Gaby, quisquirisquis…! 

Un primo trabajaba en la XEW -ahí donde había empezado Paco Stanley, ahí donde, de hecho, había empezado todo- y, vaya casualidad, tenía como jefe al director de escena de un programa cómico para infancias llamado Chiquillados. No, no Chiquilladas, ese es el popular programa ochentero del que surgieron Lucerito, Aleks Syntek, Carlos Espejel y Anahí. Chiquillados fue el intento de retomar ese éxito ya en los años noventa. Por azares de la vida y la farándula, uno de los niños debía salir del programa -porque no podía estar en la serie cómica al mismo tiempo que en la telenovela de Rebecca Jones y Alejandro Camacho Imperio de cristal– y la producción convocó a audiciones. Y mi primo nos llevó a casa la noticia. Y todos nos emocionamos al saber de una oportunidad así. Y, obviamente, me negué a ir. 

De sobra está contar el porqué no quise ir -el miedo a lo desconocido, tal vez- y el porqué acabé asistiendo -la amenaza paterna de ir a esa audición u olvidarme para siempre de todo eso que tanto me gustaba, seguramente- un miércoles por la mañana a la mismísima Televisa San Ángel para echarme frente a unos señores desconocidos toda la rutina que Paco Stanley se aventaba por las noches en el programa de concursos Llévatelo, un proyecto que, por diferente a los acostumbrados, nunca le gustó, se sabe. A mí tampoco me encantaba; prefería la variedad de ¡Ándale! y su dupla con el estupendo comediante y músico Benito Castro y, por supuesto, fui profundo fanático del exitoso programa que hizo después: ¡Pácatelas!, ese en donde surge la mancuerna con un comediante y bailarín llamado Mario Bezares y que sería el de mayor duración y también el último de su estancia en Televisa. 

Pero cuando fui Paco, fui el Paco de Llévatelo. Semanas después de esa audición yo estaba en el Foro 4 de Televisa enmedio de los platillos voladores, del palo encebado y otros artefactos que fungían como escenografía del programa de concursos que todo México veía -en ese 1994, la tv por cable apenas tomaba notoriedad, TV Azteca apenas iba iniciando transmisiones, y los conceptos de “rating” y “guerra de televisoras” ni se asomaban-. Me pusieron un traje que me quedaba grande, una peluca ¡y listo! A hacer lo que siempre quise hacer: ser Paco Stanley en televisión nacional. No fue fácil. “Te estás pasando de listo”, me dijo el director de escena durante un corte. No le gustó que improvisara más frases y chistes que los que venían en el libreto. ¡Vaya! ¿¡Quién se sabía por completo la rutina de Paco Stanley: él o yo?! 

Al final del día, salí con un sabor agridulce del foro 4. Ni siquiera estaba ahí el verdadero Paco para saludarlo. Ni siquiera era seguro que él me viera siendo él. Ni siquiera estaba convencido de haber hecho bien eso que durante muchos años me había preparado para hacer. Lo pasé mejor en el foro 10, en donde se grababa Chiquillados, en donde me dieron oportunidad de hacer varios personajes e imitaciones -que causaban la risa espontánea del equipo de producción-, los cuales pudieron verse durante cinco emisiones en el horario estelar de la barra de comedia de Canal 2, en diciembre de 1994. El 6 de enero de 1995, como un cruel regalo de Día de Reyes, el programa terminó. Se intuían los nuevos tiempos en Televisa -que se concretaron años después, tras la muerte de Emilio Azcárraga Milmo en 1997- y la barra de comedia de las 8pm. fue eliminada. 

Pero antes, el 16 de diciembre de 1994, por unos minutos, frente a “la gran familia mexicana” yo fui Paco Stanley. El sketch de Llévatelo dentro de Chiquillados fue parte de la emisión dedicada a celebrar las posadas y se unió a los sketches realizados a partir de otros programas de variedades de la época, como el que conducían César Costa y Rebeca de Alba, Un nuevo día. Aunque me emocionaba mucho cumplir el sueño de ser Paco Stanley, me inquietaba no saber si el original había visto o no el sketch, si lo había mencionado o no en su programa. Aunque veía Llévatelo religiosamente, la verdad es que jamás vi mención alguna. 

Al morir Paco Stanley, cinco años después de que yo lo imité, se supo lo que en Televisa y TV Azteca era un secreto a voces. Y, con los años, ya lejos de ser el hard die fan del comediante, descubrí cosas diferentes a las que descubrí en mis juegos de infancia: que Paco es una de las figuras por las cuales asuntos como la misoginia, la homofobia y el bullying siguen teniendo cabida en nuestra sociedad y son todavía afianzados por los medios, precisamente porque, la más de las veces, van disfrazadas de ese encanto tan propio de seres como él.  

Empero, cada tanto regresan los recuerdos y, con ellos, la sonrisa del niño que logró su sueño de niño. Lo único que no logró ese niño, ni por error, ni por accidente, fue conocer a su ídolo. El niño fanático de Paco Stanley jamás conoció a Paco Stanley, aunque por una noche fue Paco Stanley en esa misma televisión que él había conquistado. 

Nunca conocí a Paco Stanley. Mejor así. 

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