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Hermann Bellinghausen: «La nueva literatura en lenguas originarias es tan digna como la de Paz o Rulfo»

Generalmente, cuando se habla de literatura en lenguas indígenas se suele remitir a la poesía y a las crónicas escritas por los pobladores originarios del país hace 500 años o más, sin reparar mayormente en expresiones más actuales.

Sin embargo, en las últimas décadas se han multiplicado las manifestaciones literarias de los pueblos indígenas del país, las que han ido ganando terreno tanto en magnitud como en relevancia. En un contexto social, económico y político muy adverso, y en buena medida como reacción a él, los escritores en lenguas mexicanas han construido lo que ya es una obra notable.

Una buena introducción a ese esfuerzo lo es el libro Insurrección de las palabras. Poetas contemporáneos en lenguas mexicanas (Fondo de Cultura Económica, Itaca, 2023), cuya selección y prólogo estuvieron a cargo de Hermann Bellinghausen.

En el libro, que agrupa poemas de 125 autores (muchos de ellos presentados en edición bilingüe) publicados desde 1989, escribe Bellinghausen: “Qué tal que resultara que el mejor antídoto contra la desvergüenza y el autoritarismo es el cantar paciente, antiguo y bien moderno, diferente y nuestro, de las lenguas mexicanas. Anteceden al castellano en estas tierras, y cinco siglos después de que fueron ‘suprimidas’ siguen, irreductibles, y en su cantar nos hablan”. 

Sobre esa recopilación charlamos con Bellinghausen (Ciudad de México, 1953), quien estudió Medicina en la UNAM, y se ha dedicado al periodismo, la narrativa, la poesía y la edición. Ha dirigido México Indígena y Ojarasca, además de haber sido colaborador de publicaciones como La Jornada, Solidaridad, Nexos, Nueva Sociedad, Revista de la Universidad de México, Público y Nuevo Mundo Médico. Autor de 14 libros, ha obtenido premios como el Nacional de Periodismo de 1995 (al que declinó), y el Ana Seghers de 1999, además de la medalla Roque Dalton de 1998 y el reconocimiento Juan Gelman en 2018.

¿Por qué hoy un libro como Insurrección de las palabras?

Es que sucedió por el trabajo que venía yo realizando junto con otros compañeros en Ojarasca, que inicialmente fue la última etapa de la revista México Indígena, que había sido fundada en los años sesenta por Juan Rulfo y que había sido del Instituto Nacional Indigenista. En algún momento decidieron sacarla de ese organismo y volverla una revista descentralizada o de la sociedad civil, pero de cualquier manera fue un problema porque en ese momento el INI se volvió un instrumento clave del gobierno salinista para su política de Solidaridad, de inversión y todo eso.

Entonces chocamos rápidamente porque nosotros habíamos pensado hacer una revista que no fuera antropológica ni de registro institucional, sino más bien periodística, más narrativa y más literaria, pero encontramos que eso no existía exactamente en el horizonte de la expresión de los pueblos: era más fácil entrevistar a la gente que pensar que escribiera en su idioma.

En los primeros 10 años de Ojarasca no tuvimos esta presencia literaria elocuente, más que excepciones de las pocas lenguas que ya tenían una cierta tradición literaria, como el zapoteco del istmo, el náhuatl o el maya peninsular. Pero fuera de eso no había mayor tradición escrita.

En los pueblos originarios había gente que estaba dispuesta a escribir y vino una actitud nueva que era completamente inusual en ella: la de querer ser poeta, ser escritor y, además, en su propia lengua, lo que es todavía más notable, más revolucionario.

Ese es un fenómeno que todavía no acabo de entender, que sucede más en México que en otros países. No es que no esté sucediendo en Colombia, Guatemala o Ecuador, pero al grado en que está sucediendo en México no hay comparación.

Otros países, como Colombia, tienen una gran cantidad de lenguas originarias y sí se está escribiendo, pero no con la variedad y con la intensidad con la que se ha venido haciendo en México. De todo esto nos fuimos dando cuenta poco a poco porque empezó a suceder.

Insisto en que es un libro del siglo XXI porque la mayor parte de lo que está en él fue escrito en este siglo. Es algo nuevo.

Me llamó la atención la anotación que haces en el libro sobre la seguridad, la desconfianza y tal vez hasta el desdén que hubo por la poesía en lenguas mexicanas, por lo que la gente regresaba una y otra vez a Miguel León-Portilla y al padre Ángel María Garibay. Luego hubo una suerte de revival promovido por personas como Natalio Hernández y Carlos Montemayor. ¿Qué pasó entre una y otra etapa? Porque parece haber un vacío.

Estás mencionando gente que ha tenido mucha importancia en este fenómeno. León-Portilla, el padre Garibay y los mexicanistas en general tenían, por un lado, una lectura muy dirigida a la expresión prehispánica azteca; se ha pensado, incluso, que medio inventaron la idea de que hay una poesía, de que si Nezahualcóyotl y los demás eran o no poetas, si no es una visión occidental de una expresión que no tenía esa función para los autores originales, etcétera.

Pero empezó a haber también una serie de personas que impulsaron la literatura; una muy importante fue Carlos Montemayor, que tuvo una presencia constante mucho tiempo y estuvo trabajando con escritores. Tuvo la vocación, un poco, de León-Portilla y de su maestro Rubén Bonifaz Nuño, quien tuvo mucho interés no tanto en los pueblos vivos como en el arte prehispánico.

Montemayor y otras personas, como José Antonio Reyes Matamoros, un escritor de Chiapas, empezaron a tallerear con los escritores, a hacer posible que publicaran en sus lenguas. Sucedió, sobre todo, en tres estados: Oaxaca, Chiapas y Yucatán, pero después también fue muy importante la participación de los del centro porque las nahuas se quitaron la dependencia del mexicanismo. Personas como Natalio Hernández y Librado Silva Galeana, que eran quienes le habían enseñado el náhuatl a León-Portilla o que eran sus mentores en la lengua, empezaron a ser autores ellos mismos. Comenzó a haber también una nueva generación de autores, particularmente en lengua náhuatl, que tienen ya diferencias con las viejas generaciones, incluso en cómo escribir palabras y cómo usar el vocabulario.

Al náhuatl el alfabeto occidental le sirve, pero hay otras lenguas para los que es muy difícil; el libro lo refleja: hay una reacción fuerte las variantes mixtecas u otomíes, para las que los sonidos de nuestro vocabulario no alcanzan para transmitir por escrito sus sonidos.

En este libro muchas veces es necesario oír a los autores para entender realmente cómo suenan, y cómo usan la diéresis y la X, por ejemplo, que es una cosa que está por lograrse, al igual que la alfabetización de las lenguas porque la educación ha sido al revés: alfabetizarlos es enseñarles a escribir en español. Pero creo que ahora eso tiene que voltearse y debe lograrse que escriban y sean capaces de leer lo que se está escribiendo. Las escuelas actuales de los pueblos originarios no les están enseñando a escribir en sus lenguas, sino en castellano, lo cual está bien, pero una particularidad de todos estos autores es que son bilingües por naturaleza.

Entonces, independientemente de cuál sea su proceso creativo, siempre están pensando en dos idiomas, lo cual es diferente a lo que hace cualquier otro escritor mexicano. Ellos están pensando todo el tiempo en dos lenguas, no importa si empiezan por escribir en español o en su idioma, pero la tensión es permanente y eso la hace una literatura distinta, en la que a veces podrán tener imperfecciones en la expresión castellana, pero eso es parte del proceso y es un esfuerzo muy importante.

Un autor que fue también muy importante, curiosamente, sobre todo porque tuvo éxito en el mundo, que fue el escritor guatemalteco Humberto Ak’abal, un poeta maya ya fallecido, que fue muy leído en Europa y en toda América. Yo creo que muchos de los autores del libro fueron sus lectores. En algún evento de la Feria de Guadalajara se me acercó y me dijo: “No sabes cómo me da envidia lo que está pasando en México porque están haciendo el esfuerzo de escribir en sus lenguas. En mi país los escritores dieron con una fórmula que es ‘escritor indígena de expresión castellana’, y dejaron de hacer el esfuerzo porque es difícil y, además, a veces con la sensación de que no sirve para nada”.

En México, por una extraña razón, todos estos autores, más muchos otros, están haciendo ese esfuerzo y esa dedicación a su lengua porque, además, están luchando por revitalizar y rejuvenecer sus lenguas, más allá de que además están luchando contra su desaparición, porque la mayor parte, si no es que todas las lenguas originarias de México, están amenazadas en mayor o menor grado.

Estos son componentes muy importantes y, por supuesto, sí hay una deuda con personas externas a los pueblos, como las que hemos mencionado, pero también hay lingüistas que fueron importantes, quienes permitieron el uso de computadoras y de ese tipo de cosas, de lo que ahora estamos viendo los frutos, junto con un despertar de los pueblos originarios que se han adueñado de sus propios destinos.

Cito como referentes importantes dos aspectos: el quinto centenario, fracasado, de los gobiernos del ámbito hispánico, que en 1992 se volvió una forma de protesta, desde Estados Unidos hasta la Patagonia, de los pueblos contra la Conquista, que tuvo mucha influencia en la mentalidad de los pueblos, incluso en los que no podrían estar de acuerdo con ellos. El puro hecho de haber logrado la atención del mundo les dio un estímulo a los jóvenes.

La mayor parte de los autores de este libro escribe después del zapatismo; eran niños y te lo cuentan: “Cuando yo vi a los zapatistas dije: ‘Quiere decir que sí se puede’”. Y ha sido una toma del destino en sus manos, que es muy transformadora de lo que está pasando en los pueblos, que tienen muchas cosas en contra: el sistema, el mundo, la economía, la gentrificación, el despojo, la minería, la ambición, la explotación, etcétera.

Todo va en contra, y este es uno de los esfuerzos que hay para revertir esta ruta de muerte de los pueblos originarios. Creo que aunque los veamos de tan débiles y tan amenazados, yo creo que, cuando nos hayamos ido, ahí van a seguir. Considero que han demostrado una capacidad de supervivencia mucho mayor de la que se les atribuye: llevan 500 años desde que están desapareciendo, y nomás no desaparecen.

En el libro anotas que es el trabajo pedagógico que han hecho muchos escritores indígenas al crear las grafías, las ortografías, con muchos problemas por el abandono y falta de apoyos, aunque algunos de ellos han tenido hasta cargos públicos. ¿Cómo ha sido ese trabajo? Se aprecia una parte en el libro, ya que muchos poemas están en dos lenguas.

Los de mayor edad tienen una historia de haber sido traductores a sus lenguas: lo han hecho con la Constitución, con decretos del gobierno, por ejemplo. Han sido funcionales a la comunicación con los pueblos, y por eso muchos de ellos tienen antecedentes de ser maestros, y algunos de los mejores autores de este libro son profesores retirados.

Las nuevas generaciones, de manera más marcada, más intencional, están en la actitud de fortalecer el ámbito no sólo lingüístico sino cultural, existencial de sus pueblos. Así como mencionas a Natalio Hernández podemos hablar de Librado Silva Galeana, del maestro Juan Ramírez Hernández, que también es nahua, y de algunos autores tseltales, tsotsiles o zapotecos que han impulsado mucho los talleres y las publicaciones. Llegará un momento en el que tal vez la siguiente antología no la tenga que hacer yo sino alguien que venga de esos ámbitos.

Mi ubicación ha sido de periodista, originalmente con una intención y con un interés literario, y tengo la atención volteada para allá con un trabajo que se deriva de la labor de editor y periodista, pero ellos ya empiezan a tener conceptualizaciones mucho más complejas. Hay autores jóvenes como Mikel Ruiz, un tsotsil de Chiapas, y Víctor Kata, Irma Pineda y Natalia Toledo en Oaxaca. También ha habido pensadores importantes de los pueblos, como Floriberto Díaz, un mixe, y jóvenes como Martín Tonalmeyotl o Hubert Matiúwaa, de la sierra de Guerrero, quienes son editores y tienen programas; Mardonio Carballo es una figura pública, un comunicador hasta en la televisión, además de gastrónomo y quien ha sido funcionario.

Que sean funcionarios no es que me parezca bien o mal, pero por lo menos parte de la administración de lo que tiene que ver con los indígenas ya puede estar a cargo, al menos formalmente, de una persona que lo es.

Creo que, más allá de que se siguen reciclando cosas, el indigenismo está muerto, sobre todo en México. Los indígenas ya no necesitan al mestizo para que cuente sus historias, les tenga pena y les dé tristeza: no, ellos ya están contando sus propias historias, sus cantos y sus análisis culturales y lingüísticos porque muchos de ellos ya tienen estudios profesionales, más que yo y que tú.

En el libro llegas a plantear que a mediados de los años ochenta del siglo pasado hubo una suerte de nacimiento, y hasta preguntas si habría alcanzado el grado de boom, de poesía, cuento y novelas de los pueblos indígenas, lo que se dio en medio de penurias, de desinterés oficial y de dificultades desde prácticas hasta semánticas. ¿Cómo fue posible ese renacimiento de la literatura indígena?

El origen tiene que ver con las luchas sociales y políticas de los pueblos. Fue muy importante que empezara a haber cooperativas de café en Oaxaca, el Congreso Indígena al que en los años setenta convocó Samuel Ruiz en San Andrés Larráinzar, muchos años antes de los diálogos de San Andrés.

Eso empezó a generar un cambio de actitud de los propios pueblos; yo recuerdo pasajes de Fernando Benítez en Los indios de México cuando está recorriendo los pueblos de la sierra de Chiapas y ve a los tseltales, a los hombres que están inconscientes de borrachos, y dice: “Bueno, está gente ya se acabó. Lo mejor que les puede pasar es dejar de ser lo que son”. Él todavía vivió para ver que se había equivocado, que de pronto habían despertado. Él decía: “Me pasé la vida defendiéndolos, y ahora ya se defienden solos”. Eso ha pasado.

El proceso de nacimiento de una verdadera literatura lo veo más en las dos o, máximo, tres décadas, pero es producto de muchos cambios de mentalidad, de actitud, de la forma en que adoptan la modernidad las nuevas generaciones, la mayoría en condiciones muy adversas, muy poco propicias.

De algunos de los autores he podido conocer incluso la casa donde nacieron, he conocido a sus padres, y me doy cuenta de que es un salto el que dieron de salir de su ranchito para realizar estudios y viajes. No es que hayan tenido más oportunidades, sino que se las han ganado: esto no se los dio nadie, ni el Estado ni la Iglesia, sino que se lo dieron a sí mismos. La sociedad mayoritaria ha tenido que ir apechugando, y ahora ya hay como cuotas de que tiene que haber indígenas, pero ellos se han ganado los espacios.

Cuando hablamos de este libro y vemos el número significativo y de alta calidad de muchas de las autoras, es que estamos viendo otra insurrección adicional: la de las mujeres dentro de los pueblos. Son pobres, indígenas y mujeres, tienen la triple explotación, pero logran brincar eso y tener una expresión propia, que es revolucionaria en términos de sus comunidades. Cuando uno ve a una escritora tsotsil hablar del sexo, de su cuerpo, a una maya peninsular hablar del deseo, estamos hablando de algo que es mucho más revolucionario de lo que nos imaginamos: su mamá estaba incapacitada para pensar ese tipo de cosas, ya no digamos expresarlas. Entonces, creo que este libro es el síntoma de un cambio dentro del que todo amenaza a sus territorios, sus lenguas, sus costumbres, su idiosincrasia, pero, al mismo tiempo, hay una renovada respuesta.

En México no hay una tradición tan fuerte en estos últimos años del pensamiento indígena, digamos una filosofía indígena como la que ya se ha desarrollado mucho más en lugares como Bolivia, Perú o Ecuador, pero ya empieza a haber estudiosos como Hubert Matiúwaa o Francisco López Bárcena (que es, más bien, un escritor social), que están recopilando y estimulando, pensando en los términos propios de los mismos pueblos. Es como tomar los instrumentos de producción en nuestras manos, como dirían los marxistas; tomemos los instrumentos de producción artística e intelectual en nuestras manos y en nuestros términos, no sólo en lo que yo digo sino en los términos de mi idioma, de mis palabras.

Pienso que todo eso, dentro de la cantidad de síntomas malos que pueda haber de la modernidad en relación con los pueblos originarios, es una señal de salud inesperada.

Me preguntas por qué yo hice el libro: porque ahí estábamos y lo vimos; es como si tú estás en un balcón donde ves pasar las cosas. Si quieres, ni siquiera tiene mérito: nosotros estábamos ahí.

Dices que hay una identidad cultural desgarrada ante el autoritarismo y la desvergüenza, y planteas que el antídoto puede ser el cantar de las lenguas mexicanas. ¿Qué nos dicen los indígenas a través de su poesía al día de hoy en ese sentido?

Finalmente tienen una tradición milenaria, algunas son lenguas más antiguas que el castellano o tanto como él, pero simplemente no se habían escrito. De algunas de las lenguas que aparecen en este libro no existía expresión escrita hace 20 o 30 años, y lo que nos están dando es una forma diferente de nombrar el mundo: cada lengua es un mundo. Como decía Elías Canetti: que desaparezca una lengua es como si se quemara una biblioteca de Alejandría porque se pierde toda una concepción del mundo.

Cada lengua es diferente; además, los troncos lingüísticos en México son muchos y ni siquiera se parecen entre sí: por ejemplo, entre las lenguas yoreme y maya puede haber una diferencia como la que hay entre los griegos y los chinos. Son ámbitos que no tienen nada que ver. Por eso ahora empieza a haber una reacción de que no existe la literatura indígena: no, no existe, sino que existen, en todo caso, literaturas de los pueblos. De algunos todavía es excesivo hablar de una literatura donde hay dos o tres autores, pero donde hay ya una densidad de escritores importante, como el nahua, las distintas lenguas mayas de Chiapas y de Yucatán, o algunas lenguas de Oaxaca, ya podemos hablar tal vez de un corpus literario del que podemos decir que es una literatura nahua.

Es probable que la literatura mexicana actual y en general esté repitiéndose un poco, tal vez no tiene cosas tan interesantes que contar o depende mucho de modas, pero de pronto algunos autores nos están hablando de asuntos que verdaderamente importan. Por ejemplo, la forma de expresión de algunas de las autoras del libro es, de alguna manera, única y muy profunda, y creo que de eso todos tenemos que aprender.

Lo que están haciendo es una aportación a la cultura nacional de la que mucha gente todavía no se da cuenta, y por eso creo importante cualquier estímulo que exista, como la edición de este libro. Este ya había salido en 2018 en una edición que circuló menos), pero el hecho de que ahora lo haya tomado el Fondo de Cultura Económica le va a dar una repercusión mucho mayor.

Este boom de escritores en lenguas mexicanas, ¿ha tenido algún impacto en el resto de la literatura mexicana? Tú también eres poeta, y vives en Chiapas, ¿a ti te ha influido?

Creo que en nada, y menos en la poesía; es decir, no he pretendido ni se me ocurre escribir como escriben estos autores. No pretendo ser ellos, como estos que se hacen huicholes porque les funciona y se ahuicholan o se aindian. No me ha pasado eso; a mi llegada aquí, con mi formación y mi curiosidad literaria, yo lo definiría más bien como un encuentro periodístico; es decir, por estar allí y estarles prestando atención he podido captar esto. 

No es que la literatura mexicana tenga que ser como la escritura de ellos o recibir su influencia, sino más bien aprender de esa capacidad casi insurreccional de defender sus propias cosas. Aunque no hay comparación con el peso específico de la escritura en castellano en México, la Academia de la Lengua ahora tiene un par de asientos para escritores en lenguas originarias, la UNAM tiene un programa, publica libros con esta temática y alguna de sus colecciones de poesía más paradigmáticas, como es El ala de tigre, ya tiene libros bilingües indígenas. También la Universidad de Guadalajara ha desarrollado una bellísima colección de autores en lenguas originarias, existen premios como el Nezahualcóyotl, el de la Feria de Guadalajara y un montón de regionales.

Los premios no son un criterio para el libro, como tampoco el de becas, porque no tienen que ver. Por supuesto, está muy bien que sean premiados, sobre todo porque a los ganadores les permite seguir en la senda de la escritura, y si empiezan a publicar, incluso obtienen algún beneficio económico, algún cargo o trabajo, lo que es válido.

Lo que tiene la literatura mexicana que aprender de esto es, ante todo, aceptar que existe, que es diferente y que es tan digna como la obra de Octavio Paz o de Juan Rulfo. No es menos que eso. Pero creo que todavía estamos lejos de allí.

Todavía pienso que la mayor parte del público, de los autores y de las academias literarias siguen sin darle verdadera importancia a estos autores y a este fenómeno. Lo siguen viendo como una cosa entre folclórica y tradicionalista, y rápidamente corren a refugiarse en La visión de los vencidos.

Le ha sucedido a autores que nos han enseñado a leer, por ejemplo, la poesía en muchos lados, como Gabriel Zaid; no he notado, al menos, que él haya descubierto que esto existe. Él sigue, por lo que ha publicado en su vida, en los cantares tradicionales, un son o una pirekua michoacana, o en lo que viene de los mexicanistas o de los arqueólogos de la escritura.

Creo que lo bonito de esto es que es un nuevo territorio: no es la literatura mexicana, sino que es otra literatura u otro haz de literaturas.

Más bien tenemos que aprender a coexistir, aceptar que está allí y que es tan o más respetable que la que damos por buena. Es uno de los caminos por los que México se puede volver un país más plural, más multicultural y más multilingüe. Lo hemos sido siempre, pero nunca lo hemos aceptado: es el momento de hacerlo.

Muchos países modernos tienen más de un idioma: sucede en África, en el Oriente, donde tienen poblaciones indígenas, e incluso China tiene una gran cantidad, pero hay una sociedad y un idioma dominante que aplasta a los demás, y que incluso tiende a desaparecerlos.

En México estamos en una condición privilegiada de variedad y de riqueza, y creo que el punto no es tanto cómo va a influirnos sino simplemente abrirles espacio para que formen parte de todo lo que es la cultura nacional.

¿Cuál es el futuro de la publicación y difusión de estas literaturas? Muchas editoriales tienen resistencia a publicar poesía en cualquier lengua, y más si es en lenguas originarias.

Por un lado, ya no todo sucede sólo en los libros ni en las revistas, sino también en los medios electrónicos. Muchos de estos autores son activos usuarios de las redes y de internet, y tienen publicaciones en línea; además, han creado sus propias editoriales: pienso en Gusanos de la memoria, de Guerrero, en las cosas que hacen en Oaxaca, los esfuerzos que hizo Francisco Toledo en CaSa y antes, cuando estuvo en la Casa de la Cultura de Juchitán en los años de la COCEI.

Es probable que la mayor parte de las editoriales dominantes siga sin hacerles caso o los tengan simplemente como una rareza, pero eso es cada vez menos importante porque ellos se han apropiado también, aunque haya muchas limitaciones. En ese sentido, son importantes los recursos para apoyar las coediciones, porque ya son editores y traductores, no sólo escritores. Tienen el perfil completo para hacer, por su propia parte, la construcción de corpus literarios y de obras. Al mismo tiempo que el libro y el idioma están amenazados, están reaccionando con cosas que pareciera que tienen cierta eficacia.

Yo soy optimista, aunque haya muchas cosas en contra, particularmente en el escenario mexicano.

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