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La última compra

Hacía un mes que Morales había presentado síntomas, pero no les dio importancia. Estaba en lo que se llama abismo. Las cosas desde que comenzó la pandemia se habían puesto en su contra. En un tris perdió el empleo, el departamento y la seguridad social. Estaba, se decía sin lamentos ni quejas, en el aire. La edad, además, lo había alcanzado. Aun así restó importancia al dolorcito, como navaja, debajo del estómago. La atención médica le parecía un lujo. “Si algo va pasar -solía decir- que suceda: ojalá sin dolor”.

Hace tres semanas, presa de punzadas cada vez más frecuentes, Morales decidió pagarse una consulta con el doctor de Rosas para salir de dudas. No lo invadió, como pudiera pensarse, el miedo y tampoco dio muestras de alarma. Como era su costumbre, no dijo nada a nadie. Morales pertenecía a ese tipo de personas a las que los médicos dan desconfianza, porque anuncian más males de los que uno espera. En fin, hizo una cita. De Rosas lo recibiría el jueves a las cinco en el consultorio de siempre. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que visitó al doctor, quien le había salvado del apéndice y de un problema estomacal de miedo, con temperaturas de locos. Eso había sido -quizá- hace siete años. Morales había vivido -a pesar de su desordenada vida- con cierta salud, hasta que.

Claro, alguna gripe, cansancio y dolores de espalda producidos por la incómoda silla de la editorial, a la que llegaban cada vez menos libros por corregir o pulir, según fuera el caso. Cuando llegó al consultorio, De Rosas lo saludó con el viejo aprecio y con la actitud sana de siempre. Lo revisó con las preguntas y chequeos de costumbre. Luego, serio, tocó varias veces el lugar del dolor. Tampoco dijo nada. Después de consultar el viejo libro, y sin perder la serenidad, dijo: malas noticias, querido Morales. Es cáncer y avanzado. “Todos temen esta noticia”, agregó de Rosas.

-¿Qué tan avanzado, doctor?

-Mucho.

Morales guardó un largo silencio. De Rosas insistió en que no le pagara la consulta. “Invierta ese dinero que no tiene en su atención, se lo suplico”.

-Y hágalo lo más pronto posible, añadió.

Morales tomó la noticia con resignación. Ya no estaba en el aire: una cosa venía seguro: la tierra del otro lado. Pasaron un par de días y Morales tomó una decisión. No diría nada a nadie hasta que fuera inevitable. Tenía pudor. Y no tenía manera de costear su plan funerario. Tampoco quería dejar ese pendiente en nadie. Se dispuso a buscar proyectos, tampoco tan caros, para terminar decorosamente sus días y solventar el féretro, la capilla y el velatorio. No fue nada fácil. La crisis económica estaba en su apogeo. Al final encontró una oferta: una revista de sucesos prometió pagarle un texto a cambió del dinero que necesitaba para cumplir con sus deseos.

Señor Morales, dijo el editor: usted escribirá un diario, una especie de testimonio que nos revele genuinamente cómo muere una persona con cáncer. Es decir, desvelos, tristeza, desesperación, nostalgia, angustia, arrepentimiento y, sobre todo, cómo se llevan los deseos de vivir cuando la muerte es inevitable. ¿Le parece? Morales dijo que sí sin dudarlo.

La fecha de cierre de las entregas -desde luego, dependían del última de Morales.

En las últimas dos semanas me ha tocado leer las numerosas páginas de Morales. En efecto, se despidió de la familia, de amigos y de varias personas a las que había amado profundamente, según él; algunas personas le brindaron vino y hubo risas de los viejos recuerdos. Con otras hubo un saldo de deudas sentimentales y emocionales. Los dolores fueron creciendo y los medicamentos -que no había o eran carísimos- no surtieron efecto porque las dosis eran escasas. Morales se fue descomponiendo, según leo en la medida en la que avanzo en el abultado texto. Cuenta en una de las últimas páginas que solamente leía los libros que le habían conmovido. Escuchaba sus melodías preferidas y escribía sus memorias, para cumplir con su palabra. Las últimas horas decidió pasarlas a solas; lejos de la conmiseración. En su última frase escribió a De Rosas:

“Querido doctor, no cabe duda que sus pronósticos fueron atinados, toda mi confianza en usted: suyo, Morales”.

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