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Lagunas

El otro día viendo historias en Instagram me crucé con la de una chica que jugaba a completar sudokus. Me pareció bastante original para ser un viernes a la noche, ya que la mayoría de las publicaciones se basaban en gente en juntadas, música, tragos, alguna que otra haciéndose la modelo; y encontrarme a esta chica que salía sentada con medias de lana, una lata de cerveza y esa revista me trasladó a los recuerdos de mi abuela Pochita.

Mi abuela no era la típica anciana cariñosa y amable que algunos tienen la suerte de tener. Por lo menos yo no la recuerdo así. Era muy enojona, insultaba a todos todo el tiempo, fumaba como chimenea, era hincha fanática de Boca Juniors y tenía una voz afónica que me ponía los pelos de punta. Parecía que sufría al hablar, como si le faltara aire y le sangrara la garganta a la vez. Si tengo que comparar momentos incómodos de comunicación, hablar con ella me incomodaba más que hablar con mi tío Roberto, que era tartamudo.

Igual más allá de todo, yo la amaba mucho. Tenía sus cortocircuitos, pero también era bastante atenta. Me preparaba los mejores tés que haya probado y los acompañaba con su torta de los ochenta golpes que era una delicia. Ella sabía que me gustaban las milanesas de pescado y cuando le avisaba que iba a ir a almorzar, me las preparaba con puré y se aseguraba que hubiera limón porque me encantaba llenarlas del cítrico… Era buena conmigo la vieja. Yo trataba de verla una vez a la semana, después con el tiempo crecí y las diferentes situaciones de la vida me hicieron reducir dichas visitas.

A ella le encantaba comprar revistas de crucigramas y sopas de letra, aunque su favorito era el sudoku, tenía miles de ellos. Yo me acuerdo que cuando era muy chiquito no entendía la dinámica de esos juegos. Con unos siete años ya estaba aprendiendo a escribir y un día le agarré una de las revistas y le empecé a mandar número tras número en cualquier lugar. Yo estaba recontento, le quería demostrar a mi querida abuela que yo también podía jugar. Para poner algo de contexto, a principio de los años dos mil no existía toda la tecnología que hoy en día; entonces, uno se tenía que entretener con lo que tenía a mano. Cuando la Pochita vio que le había rayoneado todo un libro entero de sudoku, en vez de alegrarse como yo esperaba, se molestó y me retó. En realidad, decir que sólo me retó sería un poco injusto porque yo, siendo un niño, lo viví como una explosión de furia. Se puso de los pelos, la vieja, fue como si de repente dejó de ser una abuelita y mutó en el increíble Hulk, pero de color rojo y con canas y con un cuerpo de tercera edad con ruleros. Me dio bastante miedo verla así.

Pasaron los años y nunca más le volví a tocar los libros. Luego, de grande aprendí el sistema del juego y la verdad que me gustó. Un sábado que estaba aburrido quise ir a merendar con ella, pero cuando llegué a su casa justo se estaba yendo a un té lotería en la iglesia, así que me quedé solo en su casa. Mientras me preparaba la merienda observé que en la mesa había dejado su revista de sudoku. Intenté no darle importancia; sin embargo, no me pude resistir. La revistita me llamaba, yo lo sentía. Les juro que tuve una discusión interna y lamentablemente ganó el lado maldito. Cabe destacar que yo, de adolescente, era bastante inquieto. No es excusa, pero entiendan que no era malo, sólo travieso.

Así que de un cuaderno saqué una hoja en blanco, agarré la revista y comencé a ver detalladamente como escribía los números la Pochita. En la hoja vacía empecé a practicar y practicar el trazo hasta que pude falsificar la letra de mi abuela. Habré estado unos cuarenta minutos haciendo números. Llené tres o cuatro hojas, no recuerdo bien, y cuando al fin me salió a la perfección, comencé a llenar algunos números al azar en los casilleros de los sudokus.  Ya conociendo las reglas del juego, los anotaba mal a propósito. Dejé la revistita en su lugar y me fui.

La venganza es dulce y la verdad que disfruté tanto mi travesura que cada vez que pasaba cerca de lo de la Pochita, yo me daba una vuelta. Bonita, ella creía que yo quería saludarla, pero pasaba para poder escribir algunos números mal en sus sudokus y me iba. No veía sus reacciones de confusión dándose cuenta que escribió mal algunos números, pero me la imaginaba. Pensar en la abuela rabiando por equivocarse seguido en sus juegos me daba placer. Insisto en que yo era un adolescente, lo que hacía era una travesura por la vez que me retó tan duro cuando solamente era un borrego inocente que no sabía lo que hacía.

Pasaron unos meses y en casa compraron una impresora nueva. ¡Dios, lo que amé esa compra! Imprimía a color y también escaneaba, era un verdadero lujo la máquina multifunción. Me llenó de herramientas nuevas. Para copiarme en la escuela podía escanear las hojas enteras, achicarlas e imprimirlas, podía imprimir fotos de mis amigos, hacer cartitas de amor y todo lo que se le ocurra a un chico de quince años. Un día fui a lo de la abuela y le saqué una de sus revistas para escanearla entera. Dejé todos los sudokus vírgenes, sin los números de la Pochita, y modifiqué en todos, un número estratégicamente mal para que no encontrase solución. Imprimí las hojas en formato de libro. Fui al kiosco y compré una revista nueva (ahora que lo estoy recordando me da vergüenza el tiempo que gastaba en cualquier cosa en vez de ponerme a estudiar). Saqué la tapa y contratapa de la revista nueva y se la puse a la que había impreso. Lo que hice fue una verdadera obra de arte. Si mi profesor de TIC viera mi trabajo de edición de los números y mi maestra de plástica la delicadeza con la que corté esas hojas, las doblé y engrapé en la tapa, me darían el certificado de aprobado y no me hubieran mandado a rendir en febrero. 

Una tarde de noviembre, me acuerdo el mes porque se acercaba la semifinal entre River y Boca por la copa Sudamericana y el aire era tenso en todo el país, volví a lo de la Pochita. Le dejé la revista modificada en su armario y merendamos mate cocido. Cuando estábamos terminando de comer llegó mi tío Roberto a buscarla. Les pregunté adónde iban y me comentaron que al médico. Suponiendo que era por algún control de rutina no les di mucha importancia y como no tenía nada que hacer, los acompañé. Llegamos a la clínica y entramos en el consultorio de un neurólogo.

El doctor era bastante amable, nos hizo sentar a los tres y comenzó con preguntas bastantes rutinarias: “¿Cómo se siente?; ¿Ha notado alguna otra laguna?”; yo a todo esto no entendía nada, pero notaba nerviosismo en mi abuela. Mi tío en cambio, estaba tranquilo (él nunca demuestra emociones en realidad). Y la Pochita comenzó a responderle al médico con su voz rasposa: “Hola, doctor, acá andamos. Sigo con las mismas lagunas que le vengo comentando hace ya diez meses, aparecen cuando me pongo a llenar los sudokus. Me encuentro con números que no recuerdo haber escrito. Algunos están bien y otros muy mal. Yo no suelo equivocarme y si lo hago lo recuerdo. Dígame la verdad, doctor ¡¿Me estoy volviendo loca?!”.

El doctor la escuchó atentamente y muy amable le respondió intentando tranquilizarla: “No, abuela. No se está volviendo loca. Lo que le está ocurriendo, como ya lo venimos hablando, es un principio de Alzheimer ¿Siguió con la medicación que le receté?”.

Al escuchar esa pequeña entrevista me quedé helado. Imagínate, estaban diagnosticando una enfermedad a mi abuela por una de mis bromas. Cualquiera en mi situación diría la verdad y aclararía el tema de las lagunas en los sudokus. Sin embargo, yo no soy cualquiera. Carezco de ese coraje y humildad para admitir errores. Así que, como buen cobarde, me quedé callado la boca. Salimos de la clínica, actué una especie de preocupación por la salud de la vieja, y volvimos a su casa. Admito que algo de culpa sentí y decidí tirar la revista modificada y poco a poco dejé de llenar mal los sudokus. Pasó el tiempo y para mi familia, la Pochita se sanó mágicamente de su principio de Alzheimer. Nunca les dije la verdad sobre las lagunas de los sudokus porque es mucho mejor la historia de que se curó de una enfermedad incurable gracias a un milagro de la Virgen.

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