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Paz y Loyola

Al parecer me ha hecho bien el mojito, la cuba libre y el par de whiskeys de Paz y Loyola, y creo que me siento mejor porque el aire se ha vuelto fresco y el cielo parece un cuadro singular casi como una obra de arte, despejado y con estrellas, y también —por qué no decirlo— porque aquí han tocado jazz y blues instrumental y porque la azafata ha rozado una de mis manos y me ha sonreído.

Bueno, antes de seguir déjenme decirles que me llamo Bryan Salazar. Acabo de publicar una serie de poemas y relatos gracias a la generosidad de Xavier Rosas, director de Uqbar Editores, cómplice nocturno de los Maphiosos, secta mundana que intenta cambiar la historia de la actual literatura latinoamericana.

—¿Qué van a cambiar?, dijo un tipo de casi veintisiete años, flaco, cara de ratón —mejor cámbiense de calzoncillos, sarta de ineptos, jajaja.

Era Paul, quien dos meses antes una ONG le había otorgado el laurel poético y una buena suma de dinero por Milene, un manuscrito que rezuma entre la poesía dark, muy incipiente y endeble por cierto, y la crítica social, de pasta fofa y sombría que no llegaba ni a las treinta páginas.

Lo dijo una tarde de sábado ante un mar de gente que proliferaba en el auditorio del museo Amauta, en pleno centro de la ciudad. Ese día yo había ido con los Maphiosos por invitación de Xavier. El evento iba viento en popa, varios ponentes, ilustres autores de nuestra localidad y del norte del país, deleitaban con sus creaciones; asimismo, bandas musicales juveniles sobresalían con lo mejor de su repertorio. Hasta que me tocó hablar. Recité un par de poemas y hablé de la Maphia. Hablar de la Maphia, me di cuenta, puso nerviosos a Roberto y a goloso, quienes estaban sentados en primera fila como lujosos espectadores, mientras tanto los asistentes quedaron atónitos al escucharme: ¿Qué era la Maphia o los Maphiosos? ¿Quiénes los integraban? ¿Qué habían publicado? , se interrogaban desde sus asientos.

Iba a continuar, pero alguien como un fantasma surgió desde el centro del auditorio y empezó a vociferar como si estuviera en el mercado o en un burdel. Era Paul. Ciertamente no lo había visto. Seguramente había aprovechado algún microsegundo de mi distracción para escabullirse y esperar el momento exacto para aparecer como lo había hecho.

Lo que pasó después no sé cómo ocurrió, lo único que se me viene a la mente es que me desaté la corbata. Me saqué el saco. Bajé del estrado. Me acerqué a Paul. Lo agarré del cuello; sin embargo, Xavier y los Maphiosos presurosos me agarraron los brazos y me dijeron ¡Suéltalo!

Lo solté, y dos días después en medio de la plaza mayor y ante un sol explosivo que hacía que me salten los poros del cuerpo, nos dimos las paces. La verdad no sé por qué lo hice. Quizá quería mantener la paz y las buenas relaciones en el círculo literario en el que me veía involucrado, en vez de ser tratado como leproso o sentirme un paria en una ciudad que no era la mía.

Hoy al mediodía, luego de terminar los diseños para una revista, lo llamé. Lo invité a congregarnos en nombre de la poesía latinoamericana. Lo bueno es que no se negó en ningún momento, ya que durante nuestro diálogo telefónico, su voz parecía alegre, casi como un niño cuando le regalan un juguete.

A las 08:00 p.m., lo vi asomarse cerca de una de las ventanas de Paz y Loyola, cuando justo terminaba el tercer pucho. Yo había llegado temprano. La verdad, siempre llegaba temprano cuando se presentaba una reunión. Pegado al respaldo de un diván rojizo, percibí a dos mujeres: una rubia, de piel de nácar y buenos senos; y una trigueña, de cabello rojizo y algo pecosa, ambas sonreían a un viejo barbón, chato, de camisa de colores y pinta de gringo o alemán, que tarareaba la voz de Ella Fitzgerald que surgía en esos minutos.

Paul entró. Vestía un saco azulino y tenía el cabello al rape. Consigo llevaba un libro voluminoso, de pasta dura y grisácea y letras doradas. Mostró una sonrisa pícara mientras se sacaba las gafas. Eran las mismas gafas de hace tres años, cuando las llevaba debajo del cuello mientras lucía o intentaba lucirse como fotógrafo por varios puntos de la ciudad.

Me saludó.

Aparte del tercer cigarrillo que se perdía en mis labios, ya venía saciándome de un par de whiskeys y una cuba libre.

Las bombillas amarillas de Paz y Loyola dejaban traslucir pequeñas franjas en los muros donde se mostraban carteles de Yellow Submarine de The Beatles y la pirámide de Pink Floyd. Cerca de un metro o metro y medio de distancia desde donde nos ubicábamos una de las mujeres, la de cabello rojizo dijo algo al vejete, que pronto supe que se llamaba Charles, quien se llevaba un puro a la boca como Marlon Brandon en El Padrino. Me quedé mirando al hombre, pensando en su divina suerte de poseer bellas mujeres, al mismo tiempo que veía a Paul jugueteando con su saco, creo que se le había salido un botón o se le había manchado uno de los bolsillos. Me miraba a intervalos, mostrando sus dientes grandes, como de roedor, cuando en eso una sombra cortó tal espectáculo: era Consuelo, la azafata.

A Consuelito la conocía desde hace casi un año. Mecánicamente le había hablado solo para que trajera las bebidas. Los Maphiosos comentaban que su macho era cierto futbolista del club más representativo de la ciudad que aparecía a la medianoche, luciendo una gabardina beige, pero lo cierto es que nunca escuché ni vi a tal jugador. Sí varias veces, surgían tipos con gabardina, no beige, sino color plomizo que entraban sigilosamente a eso de las diez u once de la noche y se dirigían hasta el fondo del bar y pedían ron o a veces sangría. Ninguno de ellos lucía joven, sino más bien parecían bordear los cincuenta años. Puede que parezca de cincuenta, pero tiene treinta y nueve o quizá cuarenta años— dijo el gordo, uno de los Maphiosos— de todas formas, es un pata de temer, culminó.

La cuestión es que ese día, Consuelito se plantó ante mi mesa y se me quedó mirando. Me sorprendió que rozara uno de mis dedos, sonriéndome de una forma muy coqueta, entre tanto Paul revisaba la carta, creo que pidió un par de coñac o brandy, quizá fueron los dos. Pronto la azafata se perdió en la barra. Minutos después, ella regresó dejando las bebidas. Me encantaba ver su frente pequeña, sus grandes ojos y esa mirada de niña que no asemejaba para nada a su verdadera edad. En eso alguien dijo algo, fue Paul, hablaba o mejor dicho criticaba de forma explosiva como si de un volcán en erupción se tratara sobre un conocido ministerio del gobierno que despilfarraba un huevo de dinero en vez de invertirlo en proyectos artísticos culturales que tanta falta le hacían a la patria.

Miré fijamente a mi interlocutor mientras seguía soltando su discurso al mismo tiempo que en mi interior cavilaba: ¿cómo era posible que alguien tan bizantino y superficial fingiera ser un moralista si en verdad era una especie de escoria ante quien le había dado la mano?

Como si Paul me hubiera leído la mente, de repente calló. Me tocó hablar a mí.

Dilucidé que esa situación no cambiaría, salvo que la cabeza, el presidente de la República, convocara a gente proba y de calidad técnica y profesional en vez de personas que por el amiguismo o el tarjetazo poblaban los diversos estamentos del Estado, sin aportar en nada al desarrollo de la sociedad.

En el acto, Paul agarró su vaso y se lo llevó a los labios. Yo también sorbía el mojito que me habían traído segundos antes. Creo que dejé a la mitad la bebida, porque me percaté que, si bien Paul ya no bebía, tenía su copa suspendida en la mano izquierda, me observaba detenidamente pegado al respaldo. Se hizo un silencio en nuestra mesa durante algunos minutos, breves minutos. Cuando Paul volvió a sorber su copa y tenerla otra vez suspendida me dijo:

—¿Por qué no sales de los Maphiosos?
—¿Cómo?
—¿Por qué no te sales de ese grupo, huevón?
—¿Cómo, carajo?

El vejete de enfrente me escuchó al momento que iba a besar a la rubia. Sus ojos de lince se clavaron en nosotros. En eso Paul dejó su vaso, creo que el brandy se había derramado porque se escuchó un golpe brusco. Se levantó y giró en dirección a la entrada de Paz y Loyola. En el camino lo vi sacar del bolsillo derecho de su saco un par de Lucky’s y empezar a fumar. Luego dijo algo grotesco y se rió. Consuelito me quedó mirando, igual que el vejete, quien esta vez tenía entre sus brazos a la pecosa de cabello rojizo. Coffee Time Jazz brotó en esos instantes. Lo sabía muy bien porque mi padre y un tío, radicado en Finlandia, lo ponían y se deleitaban con esta música entre chácharas hasta que rozaba el alba. Estaba así, cuando el acento vozarrón de Paul empezó a expandirse entre las franjas luminosas y amarillas y la niebla de humo que se iba formando en Paz y Loyola. Me levanté. Dejé un par de billetes sobre la mesa. Salí.

Encontré a Paul en la vereda de enfrente. Se estaba calzando las gafas oscuras muy cerca de una zona de carteles rotos y graffitis ridículos, mientras emitía unos silbidos. Silbidos discordantes, por cierto.

Minutos después, ya muy lejos del bar, me vi merodeando en un callejón abandonado donde sólo el tiritar de ramas y hojas de los árboles y el alumbrado público eran nuestra compañía.

Me acerqué. Paul, quien estaba de espaldas, giró. No recuerdo qué dijo, creo que fueron palabras altisonantes como las que proliferaba en las plazuelas y parques de la ciudad, en ello se dispuso a agarrar uno de mis brazos. Lo miré. El hijo de puta me tenía prendido. La verdad se sentía cierta fuerza en sus manos; sin embargo, ello duró pocos segundos. Hice un movimiento. Me soltó. Se quedó quieto. Me observaba de pies a cabeza como examinándome. Sus ojos de pájaro se veían enrojecidos. Enrojecidos, agresivos y demasiado vivos. Lanzó un escupitajo, antes de decir mi nombre. Sabía bien que conocía mi nombre, varias veces nos habíamos visto en la calle, en la universidad, en los recitales, en los cafés y en los bares, aunque siempre me había tratado por mi apellido.

Volcó de nuevo un improperio cuando se lanzó contra mí. Confieso, la verdad que no creí que aquello sucedería. Lo primero que sentí fue fuego en el rostro y luego el pecho quemante. Creí que todo iba a terminar allí, pero los ataques se sucedieron; sin embargo, en esta ocasión tuve el tacto para esquivar las arremetidas de ese ser vil y degradante. Entre tanto, en mi interior me sentía devastado, exhausto, con ganas de que aquello terminara de una vez por todas, además, hacía tiempo que no participaba en estas lides, y menos aún contra alguien más joven que yo.

Miraba su rostro, un rostro inexpresivo, caótico, que no parecía de este mundo, ese mismo rostro que movía constantemente los labios repitiendo mi nombre, o mejor dicho, mi apellido.

Pegado de rodillas a la pared llena de hollín entre sombras perpetuas y con los brazos, raspados y rojizos sobre el polvo, tomé un respiro rápido y me acerqué a Paul. No tenía más tiempo que perder. Le estrellé unas cuántas piedras en los ojos, que lo hicieron estremecer y gritar como un enloquecido. A pesar de ello, tuvo tiempo para mirarme y nombrarme de nuevo mientras se cubría con las manos las líneas sanguinolentas que brotaban de su rostro; sin embargo, ya no me pudo mirar ni nombrar más, le apliqué un tacle sobre el estómago, unos cuántos zarandeos sobre las piernas y un codazo sobre el cráneo. Quedó tumbado sobre el piso, dando alaridos que atenazaban mis sentidos. En eso escuché voces que parecían acercarse. Corrí. No era aún medianoche, cuando circulé de nuevo por Paz y Loyola llevando unas gafas y un Lucky Strike entre los labios. Ante la calle desolada advertí una sombra, era Consuelito. Me quedó mirando. Luego sonrió.

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