Historias familiares, conversaciones que devienen en radiografías y dilemas existenciales entre la pasión y el tedio conforman nuestra lista de lecturas para despedir marzo.
El nombre del padre;Vanessa Springora
Hay historias personales que atraviesan la moral y pone en jaque la dinámica y la historia familiar. El nombre del padre desarrolla una de estas historias, que parten de la muerte del ausente padre de Vanessa, un megalómano pseudo intelectual, hijo de un héroe checo que consiguió huir de la invasión nazi y se estableció en la libre Francia de entreguerras. O al menos esa es la historia familiar, la fábula que tanto el padre como la abuela de Vanessa se atrevieron a contar poco antes de que dejaran este mundo. Sin embargo, cuando inicia la parte más burocrática y tediosa tras la muerte de un familiar, Springora descubre dos fotos de su enternecedor abuelo checo, ataviado en condecoraciones, uniforme militar, espadas de esgrima y… insignias nazis. La búsqueda por la verdad detrás de los orígenes y motivaciones de su abuelo y lo que conlleva en la personalidad mitómana de su difunto padre hacen que este ensayo sea una mezcla muy atinada de autoficción y thriller político. Es un argumento sencillo que no deja indiferente por su honestidad y las reflexiones que plantea y que remueve la idea fija que Springora, como tantas otras, tiene de su familia.
Charlie Chaplin; Sergei Eisenstein
A bordo de un lujoso yate, Sergei Eisenstein y Charles Chaplin conversan mientras las olas golpean la proa y los tiburones pasan veloces por los cristales del piso: “Recuerda usted la escena en El chico en la que echo comida a unos niños pobres, como si fueran pollitos?”, pregunta Chaplin. Por supuesto que Eisenstein asiente, se trata de una de las obras fundamentales del cómico. “Pues bien; lo hice así por desprecio. No me gustan los niños.” Existen libros que, sin importar su brevedad, trastocan emociones y permiten acercarse a personajes por medio de líneas concisas y anécdotas imborrables. Charlie Chaplin (2016) de Sergei Eisenstein es un ensayo crítico y teórico donde el mítico cineasta ruso disecciona El chico (1921) y El gran dictador (1940) en menos de 70 páginas, resaltando la crítica al sistema capitalista, el excelso manejo narrativo y la puntería de la comedia como turbina de la risa, la emoción más internacional y más revolucionaria de las masas, según Walter Benjamin. Cuenta Eisenstein que comenzó a escribir estas notas sobre Chaplin en 1937; sin embargo, suspendió el texto considerando que “algo” le faltaba. Unos años más tarde, llegó El gran dictador y el cuadro quedaba completo con “una espléndida sátira, una letal filípica en defensa del espíritu humano y de la victoria de lo humano sobre lo inhumano”. Fechados en 1941 y 1946, los textos que componen el volumen hilvanan ideas y recuerdos de la colisión increíble de dos genios de la cinematografía mundial, donde le toca a Eisenstein analizar la obra del inglés, luego de los estragos de la Segunda Guerra Mundial: “Hoy, estamos hombro con hombro, no solo como amigos, sino como compañeros de lucha, y combatimos juntos contra el enemigo común de la humanidad”. Por aquellos días turbulentos, el periódico Fryday publicaba: “Hitler tienen millones de enemigos, pero uno de los adversarios más extraños del führer es un pequeño hombre, nacido el mismo año que el jefe de los nazis, ese hombre es Charlie Chaplin.” Publicado por la editorial Casimiro libros, este pequeño pero poderoso ejemplar se acompaña de dos ensayos más sobre Chaplin de la filósofa e historiadora Hannah Arendt y del crítico literario Walter Benjamin, donde se aborda la obra del cineasta desde otra óptica no menos interesante. Chaplin, como observador riguroso de la condición humana, utiliza el absurdo para provocar reflexión sobre el caos de la guerra, de la injusticia, teniendo como misión paralela el difícil arte de hacer reír. Habla el poeta francés Philippe Soupault: “Es cierto, Chaplin tan sólo hace reír a la gente. Pero hacer reír no es solo una de las cosas más difíciles de lograr, es también quizá la más importante socialmente.”
El ojo castaño de nuestro amor; Mircea Cărtărescu
La sencillez resulta compleja. Algo así como lo que decía el mejor jugador de futbol neerlandés de la historia, Johann Cruyff: «Jugar al fútbol es muy fácil, pero jugar fácil al fútbol es lo más difícil que hay». Pues lo mismo en términos literarios. Escribir “sencillo” está solo al alcance de pocos. Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) lo hace. El ojo castaño de nuestro amor es un desliz que se mueve entre ensayo, un diario, relato o simplemente una enumeración de miradas en las que el autor nos lleva a través de su historia –y por tanto, la de Rumania– con un lenguaje que hipnotiza e invita tanto a disfrutarlo con calma como a buscar qué es lo que sigue con rapidez. La puerta que da entrada al telón de acero está abierta. Los invito a pasar.
Conversations with friends; Sally Rooney
No hay duda que en esta novela Sally Rooney dibuja casi a la perfección las contradicciones que surgen entre Frances y Bobbi, al mismo tiempo que repasa las preocupaciones sociales de toda una generación que busca reconfigurar la intimidad desde la esfera política de lo personal. De ahí, que a la par también se adentre en los lazos que establecen estos dos personajes con Nick y Melissa, una fotógrafa que funciona como el punto de encuentro para que la historia suceda, allí donde la voz de Rooney adquiere su registro más alto, ya que abordará temas que van desde la infidelidad hasta la amistad, sin ningún prejuicio moral. Al contrario, los clichés burgueses quedan de lado, dando paso así a una novela donde la autora constantemente está interpelando esa vieja estructura de valores mediante los cuales se cimienta la hipocresía del presente.
Los días perfectos; Jacobo Bergareche
La exhaustiva investigación que realizó el escritor y guionista Jacobo Bergareche en el archivo del Harry Ransom Center de Austin sobre las cartas que le escribió William Faulkner, el estandarte del gótico sureño, a su amante Meta Carpenter, la secretaria del cineasta Howard Hawks, derivó en uno de esos extrañisimos libros que, pese a estar perfectamente escritos, son capaces de convertirse en lecturas de verano y fenómenos de estantería. Bergareche, como en su día lo hizo Godard con en Sin aliento, utiliza el legendario epílogo de Las palmeras salvajes de Faulkner —Entre la pena y la nada, elijo la pena— como punto de apoyo para aproximarse, aunque evitando posicionarse a toda costa, al dilema existencial entre la pasión y el tedio, al que el escritor no vacila en tildar como el gran malaise de nuestro tiempo. Luis, un periodista al que le ha dejado de entusiasmar su oficio y su matrimonio, redescubre la pasión gracias a una aventura extramarital con una arquitecta mexicana a la que corteja en un congreso mediante ese instante de vértigo que los griegos llamaban kairós. Esto mismo provoca que reconozca con mayor agudeza el tedio, encapsulado en su monónotona relación de largo recorrido con Paula, su mujer, madre de sus dos hijos y pareja estable con la que comparte un predecible repertorio de posturas y la cuota mínima de sexo oral para no sentirse mojigatos alrededor de un páramo que en otro tiempo fue jardín. Y en medio de todo: las viñetas de los días perfectos que sí fueron, pero, sobre todo, los que no.






