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Editorial

Leer la crónica del mundo

Una generación entera nace en medio del virus mientras otros mueren a causa del mismo.

A mediados de marzo de 2020 nos avisaron que tomaríamos clases y juntas de trabajo en línea. La interacción cambió. Todo se tuvo que adaptar al nuevo ritmo impuesto por la pandemia. La medida nos tomó aferrados a la comodidad (algunas veces no tanto) de una rutina ahora lejana. Hemos tenido que desinstalar aplicaciones y borrar fotografías para convertir nuestros celulares en ventanas que evitan el contagio, para seguir produciendo, creando, hablando, socializando, estudiando, sin enfermarnos y enfermar. 

Nos hemos visto obligados a reinterpretar esos elementos gráficos, existentes en las plataformas que creíamos conocer. Ahora nos leemos, nos leemos más de lo que hacíamos cuando nos apretábamos en el metro, viajando en solitario aún con el roce inevitable de cuerpos ajenos. Ahora nos leemos y leemos al otro tratando de encontrar esos elementos abstractos que nos fueron suspendidos por un periodo largo: sonrisas, ojos en blanco o ceños fruncidos que nos permiten entender lo no verbalizado. Ahora leemos más emojis que se adelantan al que estábamos por escribir para decir lo mismo. Ahora leemos recetas para preparar el pastel de plátano que ya nadie soporta pero que sigue siendo el más sencillo, leemos los subtítulos de las películas que no consiguieron doblar y que habíamos prolongado para cuando tuviéramos tiempo.

Leemos las instrucciones de alguna página que nos ayuda a administrar programas o espacios digitales para tener clases, leemos los tutoriales que indican cómo adjuntar un archivo para presentar una tarea en esas plataformas que en cuanto podamos abandonar lo haremos. Leemos los términos y condiciones de los artículos que compramos en línea para no tener que salir, pero también leemos las opiniones para no tomar una decisión a ciegas, de algo que sólo leemos en la descripción acompañada de fotos. Leemos los comentarios en el tutorial de corte de cabello para no cometer errores. 

Leemos las noticias donde difaman o defienden a algún líder político por sus medidas ante la pandemia y el instante que vivimos, donde los titulares citan rebrotes o se anuncia el primer día sin contagios, donde una generación entera nace en medio del virus mientras otros mueren a causa del mismo, pero también a causa de un policía blanco abusando de su poder y privilegio contra un ciudadano afroamericano, indefenso, que muere diciendo “I can’t breathe”, convirtiéndolo en un grito de protesta.

Leemos cómo la sociedad se manifiesta, se expresa con consignas que nos parecen ajenas pero que desciframos en las crónicas que no se inscriben a este contexto, a un mundo aislado pero que no está paralizado y que se tiene que mover porque los privilegios se terminan cuando dependes del dinero diario, de lo informal que para ti ya dejó de ser cotidiano, para ti que no tienes tiempo de sentarte a leer si no has comido. 

Leemos libros de superación personal o de filosofía, en digital o en físico, en pasta dura o en bolsillo, y leemos en las redes a la escritora que se pronuncia por la distribución ilegal de una de sus novelas en un formato precario, leemos los comentarios y notamos que no existe una verdad absoluta para nadie por mucho que la busquemos, que somos más complejos y que eso se refleja en los doscientos ochenta caracteres con espacio que nuestros ojos repasan de un lado a otro.

Leemos también a la escritora para niños y jóvenes, a la que hemos leído con cariño más de una generación, en su intento absurdo por invalidar la identidad de otras personas y leemos cómo la sepultan en medio de memes y tweets de cancelación, pero después leemos que en su nueva novela el antagonista es un hombre que se viste de mujer, quizás la obra más personal e íntima a su forma de concebir el mundo. 

Leemos las consignas de grupos feministas, leemos los mensajes en tela, cartulina o pared que exigen dejar de ser violentadas, asesinadas, desaparecidas, porque nacer mujer en esta tierra es un castigo impuesto por el hombre (como especie y como género), porque hasta si “no somos todos”, sí lo somos, porque hasta dentro de sus casas leemos que la violencia no está, ni estará, ni estuvo relacionada con su forma de vestir ni con quién andaba.

Leemos los números cambiando, porque no sólo leemos letras, leemos nombres, historias, fragmentos, trozos y números en gráficas de devaluaciones, cumpleaños, fechas y contagios que contrastan al leer las fotos de quienes toman el avión y se van a la playa, que se juntan en una algarabía iluminados como en una pista de baile por un semáforo multicolor, al que ya nadie hace caso, porque no se quiere o porque no se puede. 

Leemos las etiquetas de los medicamentos, pues el medico al teléfono nos pide que leamos algunos de los componentes que tiene nuestro botiquín: aspirinas, algodón, alcohol y un cepillo de dientes, y esperamos tener lo suficiente para que ese resfriado sea un resfriado y no algo peor: la enfermedad de la que todos hablan pero que tratan de ignorar, borrar, hasta que estás en un módulo del gobierno pidiendo una prueba para saber si eres positivo o negativo, y te la niegan porque las pruebas se dan de cinco a seis de la mañana en la explanada, donde vez a un grupo de ancianos haciendo fila arropados con el frío de la ciudad. 

No queremos ir a clínicas ni hospitales, porque qué tal si nos pasa algo, qué tal si nos “matan ese recuerdo de ese amargo amor”, o si no salimos vivos ahora que sabemos que el sobrepeso nos vulnera y nos damos cuenta que estamos sobrados de kilos. Mejor nos tomamos un paracetamol y le bajamos a las papas, donde ahora leemos “exceso de calorías, azúcares, grasas trans, sodio y tres etiquetas”. 

Leemos que en Estados Unidos el presidente no quiere abandonar su puesto, como el niño que hace rabietas aferrándose a la pata de una mesa, pero meses después ese mismo niño son miles de adultos irrumpiendo en el Capitolio, rompiendo ventanas, burlando a la seguridad que es casi ausente a diferencia de las marchas raciales de hace unos meses; sin embargo, ahora la protesta es de hombres blancos, con el torso desnudo, la bandera de su país pintada en el rostro y una capucha con cuernos y pieles de animales. Son la imagen de un país que se ha fracturado pero también de la estupidez humana, como ocurre frecuentemente en nuestra tierra, en Latinoamérica, porque ahora les tocó a ellos y ya nos tocará a nosotros leer cómo el número de contagios y muertes se eleva después de Navidad y año nuevo, justo como les pasó en el Día de Acción de Gracias a ellos.

¿Cuánto falta? No sabemos, ya se inició a distribuir la vacuna, pero falta mucho tiempo para que regresemos a dejar de leer como lo estamos haciendo; aún así, vamos a seguir leyendo. Un poco para entretenernos, un poco para entendernos, pero en gran medida para intentar comprender el mundo que no se ha estancado, sino transformado. Para leer esa crónica diaria de metamorfosis global. Vamos a leer algo más, quizás de incendios masivos, pero también de sus ciudades con cielos anaranjados.

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