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Margo Glantz: «Los hombres tienen miedo de las mujeres»

Margo es Glantz.

Judía, mexicana, tuitera con éxito, madre de una secta digital que la sigue con devoción, como se persiguen las sombras o a los que proyectan sombras. Dudas. El Ser es una duda constante.

Escritora al pie de la letra, Margo cumplió 93 años, edad suficiente para saber para dónde va la vida. O tampoco. Porque la vida se escabulle entre los dedos a los doce, a los veintisiete o a los sesenta y cinco.

Margo es Glantz.

Siempre.

Y siempre es un acontecimiento su voz. Prosa y puntuación. La Glantz en su tinta.

Hija del libro. Contar es lo suyo. Como el pueblo hebreo. La vida no es otra cosa que un salmo. O Los Salmos.
Tristes temas: Ucrania, Irán, los feminicidios en México y, para colmo, esa forma de la política tan femenina: Democracia.

Mar amargo.

Acuariana. Aire: el pensamiento la define.

Glantz, quien participó en el Coloquio Internacional Por una gestión Crítica de la Cultura. La gestión como pro-ducción (17, Instituto de Estudios Críticos) obsequia su tiempo para estas notas:

«Estoy definitivamente en contra de Vladimir Putin. No es válido cómo está desgastando a Ucrania. Está cometiendo barbaridades terribles, como los soviéticos después de la Segunda Guerra Mundial. El totalitarismo ruso pasó de los zares a los dictadores comunistas».

Todo, dice Leysa Ukrainka, está lleno de gemidos y lamentos, todo. Margo se ha impuesto la tarea de propagar la memoria oscura de Auschwitz, el registro macabro de los muertos: «Ojalá la gente no olvidé lo que paso allí», dice con una severidad que raya en la turbulencia.

«Fue un genocidio brutal», agrega, como si fuera posible añadir adjetivos. «Ser judía en este momento es una cuestión difícil de contestar», sostiene una descendiente de Eva, de Ruth y de María. Todas judías. «Soy judía y lo seré siempre, pero soy mexicana y lo seré siempre. Dualidad que mantendré como algo fundamental en mi vida. Ser judío en tiempos del Holocausto es muy distinto a serlo en tiempos de Israel. Hay una gran equivocación en atacar al judaísmo por algunas de las cosas terribles que suceden en Israel, y con las que no estoy de acuerdo».

Margo se dice no creyente. Es temprano, jueves, el teléfono sólo escucha. Y la Glantz arroja luz sobre las mujeres, a propósito de la que ha llamado revolución de los velos en Irán.

«Las mujeres tienen una importancia increíble. La violencia en contra de nosotras se ha empeñado como nunca antes. En Irán, en Afganistán, en India: nos violan, nos ciegan. El blanco más visible es el de las mujeres. En Afganistán las mujeres no pueden estudiar. No pueden ir a la primaria. ¿Cómo te imaginas que vayan a la universidad? Tampoco una mujer puede ser atendida por un varón, porque dicen que no puede entrar al cielo».

Lo dice y hasta la grabadora guarda silencio. Luego, exclama:

«Hay una violencia extraordinaria contra las mujeres. Los hombres tienen miedo de las mujeres. Por eso nos han sometido. El poder no reconoce la autonomía femenina. Recuerde que el voto femenino es muy reciente». El sufragio de las mujeres en México se concedió -vaya palabra- hasta mediados del siglo XX.

«No se tolera que la mujer sea. Las mujeres son consideradas como seres menores, subordinadas a los hombres. Este es un problema muy grave y muy viejo. No hay que dejar de tomar en cuenta que los feminicidios están tan altos como nunca en México».

Margo alega a los griegos, para los cuales la mujer era una forma de la nada: «Todas las mujeres deben participar de la vida pública. El hecho de ser mujer no quiere decir que una mujer apoye a las mujeres; como el hecho de ser judío no quiere decir que apoyará a los judíos. No sé si Claudia (Sheinbaum) pudiera ser presidenta. Evidentemente no va actuar en favor de las mujeres».

Sostiene que en la Ciudad de México -bajo el gobierno de una mujer- el feminismo se encuentra en una «bocacalle» en la que se han dado protestas femeninas al mismo tiempo que crecen los feminicidios cada día, cada semana, cada mes.

Hombres y mujeres somos iguales, por distintos, dice. Y no obstante recuerda que cuando era joven tuvo que pagar sus primeros libros. Eran los años del machismo literario mexicano. Margo acepta que su condición de mujer la obligó a hacerse cargo de los gastos editoriales y arriesgar la inversión en sus eventuales lectores. No pasaba lo mismo con los hombres de renombre, quienes publicaban con cierta frecuencia en sellos estatales y privados. Lo mismo llegó a contar Rosario Castellanos, una de las grandes poetas del español. Margo cuenta que Nellie Campobello, la primera narradora moderna de este país, tuvo que soportar la corrección de sus textos por su pareja, Martín Luis Guzmán, a quien le parecían poco afortunados para una mujer.

Luego, Margo evoca Una habitación propia, una de las grandes obras de Virginia Woolf, publicada en 1929: «En ese libro la Woolf narra que las mujeres no tenían el derecho a pisar el césped de Cambridge. También les prohibieron entrar a la biblioteca». Cierto. En 600 libros desde que te conocí, la escritora inglesa se burla del ambiente ‘demasiado masculino’ del pensamiento británico.

En uno de sus grandes poemas, Tomás Segovia pide a la mujer que lo afemine. «Yo no quiero decir qué deben hacer los hombres, en este caso». Y advierte que no le gusta pontificar. «No me apetece».

Margo es una antorcha. Felices 93.

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