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Los olvidados: el México que prevalece (III)

«El 6 de febrero comienzo Los olvidados que, si me sale bien, espero que sea algo excepcional en la actual producción internacional. Es dura, fuerte, sin la más mínima concesión al público. Realista, pero con una línea oculta de poesía feroz y a ratos erótica».

Luis Buñuel

Dancigers estaba en busca de una historia que incomodara, que no fuera optimista, sino, más bien, pesimista, pues la realidad es un reflejo de los monstruos interiores que habitan en cada ser humano.

Seis meses. Buñuel caminaba —junto con Fitzgerald (escenógrafo) y Luis Alcoriza (1918-1992)— las «ciudades perdidas» de la Ciudad de México. Se documentó con doscientos procesos del Tribunal de Menores y cien expedientes de la Clínica de la Conducta —de igual forma investigó en las notas sensacionalistas y amarillistas de los periódicos y en la cárcel de mujeres—.

La mayor parte del tiempo, Buñuel recorría estas calles de manera solitaria, pensaba en que quería hacer de Los olvidados una mezcla entre ficción y documental.

Con ropa antigua, Buñuel se acercaba a las personas de estas zonas para mirarlas, escucharlas, hacerles preguntas, en pocos términos, entablaba cierta relación de amistad. «También me sirvieron noticias que salían en la prensa, por ejemplo, leí que se había encontrado en un basurero el cadáver de un chico de unos doce años y eso me dio la idea del final». Terminando su recorrido, Buñuel empezó a escribir el guion del largometraje —con el apoyo de Juan Larrea (1895-1980) y Max Aub (1903-1972)—. Dancigers tenía miedo por el fracaso de la película, puesto que Buñuel quería insertar imágenes que no tuvieran sentido y que se entenderían por medio de la imaginación de la audiencia —sus influencias surrealistas—. Dancigers le prohibió ciertas cosas en el guion. El escritor Pedro de Urdemalas le ayudó a Buñuel a introducir expresiones mexicanas en el guion, pero al final decidió que su nombre no formara parte de los créditos de la película.

Los olvidados —originalmente se iba a titular La manzana podrida, pero Buñuel optó por cambiar el nombre— fue rodada en veintiún días (con inicio el 6 de febrero) —el aragonés no necesitaba más de cuatro días para el montaje—. El 9 de marzo fue terminada en los estudios Tepeyac, en la avenida de San Juan de Letrán, en paseo de la Reforma, en la colonia Juárez, en la plaza de Romita, en el rumbo de Nonoalco, en la Escuela-Granja de Tlalpan y en Tacubaya. Su presupuesto fue de cuatrocientos cincuenta mil pesos. Buñuel cobró dos mil dólares por la dirección y por el guion.

«Film hecho con un gran cariño, sin una sola concesión al público y del que me hago responsable de principio a fin. Para daros una idea, diré que es una espe­cie de Tierra sin pan del lumpenproletariat mexicano, con personajes tomados de la vida real y en el cual no hay ni una sola situación inventada».

Los olvidados se estrena el 9 de noviembre en cines mexicanos. Dura cuatro días en cartelera. La polémica estaba al flote. El sexenio de Miguel Alemán (1946-1952) promovía el «progreso» y la «modernización» de México, pero Los olvidados reflejó lo que el gobierno no quería admitir: la delincuencia juvenil. Sin embargo, todo el odio hacia la película no cae solamente en los problemas que México enfrenta y los mexicanos no ven o no quieren ver, sino que esta espina se debe a que un español —la carga histórica que hay entre México y España debido a la conquista sigue persistiendo hasta nuestros días— haya sido quien visibilizó los mismos de una forma diferente a la que en esos años el cine mexicano estaba acostumbrado a ver. Las películas mexicanas de ese entonces romantizaban estas tragedias y las trataban de ocultar con cierto humor. Pero lo que hizo Buñuel en Los olvidados fue ser cruel desde el principio, pues nunca buscó la aprobación de las masas, sino su irritabilidad, su reacción ante su propia verdad. La prensa y grandes personalidades en el mundo del arte mexicano como Guadalupe Marín Preciado (modelo y novelista) atacaban el largometraje con repugnancia, pues para ellos Los olvidados no refleja lo que es México, sino todo lo contrario. Ante esto, varios intelectuales mexicanos como David Alfaro Siqueiros (pintor y militar) expusieron su admiración hacia la película y la defendieron.

Un hombre regresa a una de las tierras que consagraron su personalidad, su talento. Con melancolía en los ojos, este hombre recuerda todos los trabajos que hizo en dicha zona. Su ausencia, su reencuentro, su sentir… A finales de 1950, Buñuel había regresado a París para presentar Los olvidados. En el Studio 28, varios de sus amigos surrealistas habían visto la película y se sintieron inauditos por lo que vieron en la pantalla. Pero el Partido Comunista Francés la consideró una película burguesa y por ende no se podía hablar en demasía de ella. Para Buñuel era impensable, ya que él siempre demostró ir en contra de la burguesía: exponerla, ridiculizarla, exprimirla para manejarla a su antojo y hacerla partícipe de las consecuencias de sus acciones.

“Los olvidados: el México que prevalece (III)” es la tercera de cinco entregas semanales del autor sobre la obra del cineasta español Luis Buñuel.

Los olvidados: el México que prevalece (I)
Los olvidados: el México que prevalece (II)

Por Sebastián López

Ser de anomalías.

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