Los periodistas tenemos que deshacernos del prejuicio para buscar respuestas de verdad: Evelyn Arach

Es el medio día de un día entre semana en la ciudad de Rosario. Me cito con Evelyn Arach en un barcito o bodegón –como lo llaman acá –para conversar sobre Fuera de cámara, su último libro. Entre ruidos de cafeteras y conversaciones cotidianas, nos sumamos a ese mundanal cántico para conversar acerca de la ciudad de Rosario, historias de mujeres, romper los moldes y los estigmas y, sobre todo, de feminismo y periodismo. Estas dos últimas premisas nos apasionan y podríamos conversar toda una tarde.

Entre aromas de carlitos o tostados, y ese olor característico del grano de café, empezamos nuestra conversación acerca de sus notas. Le exalto cómo había conseguido elocuentemente detenerse, escuchar y reflexionar sin convertirse en protagonista.

Evelyn Arach es una periodista comprometida con el buen ejercicio periodístico, sabe que tiene un altavoz importantísimo para dar a conocer realidades locales. Ejerce desde hace 20 años “el mejor oficio del mundo”, como diría Gabriel García Márquez. Su trayectoria está en diversos medios gráficos, radio y televisión.

Tu trabajo como periodista en Telefé Rosario te ha llevado a conocer muchas realidades de la ciudad que habitas. Este libro compila muchas de esas historias, ¿has buscado desde el libro otro formato para contar estas historias?

En un noticiero las noticias duran dos o tres minutos y se cuenta buena parte de la historia. Sin embargo, hay otras cuestiones: ¿qué pasa con la vida de la gente después de que es noticia? O, ¿cómo llegaron a ser noticia?

Una historia que me marcó fue la de Yahira, una beba que fue víctima de una balacera con múltiples disparos, teniendo poco más de un año. Eso ocurrió el fin de semana y el lunes la noticia fue: «Balearon a una beba». No fue que «la beba se recuperó». No se hicieron las preguntas pertinentes: ¿cómo es que balean a una beba? ¿Cómo fue para esa mamá tener en brazos a una beba llena de plomo y llevarla al hospital? Esto último no desde el morbo, sino de intentar ponerme en la piel de esa mujer.

Lo que no se puede decir es que acá en Rosario, una frase que se instaló por el narcotráfico y lo que se escucha entre la gente, es: «Se matan entre ellos». ¿Cómo entre ellos? Hay mucha gente que vive en la periferia. La historia de Yahira, su papá es panadero y su mamá vendía milanesas; es decir, nada que ver con ese mundo. No obstante, un hermano del padre sí; y entonces toda la familia terminó padeciendo esta violencia. De todo ello, nos interesa entender el contexto y contextualizarlo para seguirlo de la manera más humana.

Otro caso es la médica que fue abusada sexualmente, fue noticia nacional y se mostraron los videos de lo que le ocurrió. Yo seguí yendo porque hay vida después de la noticia y eso me permitió crear lazos en los que puede entender mejor las historias y comprender mejor el mundo que nos rodea, y no quedarnos con una instantánea.

¿Qué ha ocurrido con la “quinta W” del periodismo? (El ¿por qué?)

Cierto es que ya no nos preguntamos «por qué pasa» y queremos contarlo bien. Pero se debería indagar en el por qué pasa. O también ocurre que se da por sentado el contexto. En el caso de Yahira, balearon a una beba y se generaliza pensando que está en una disputa entre narcos y se pasa la noticia. Y no, se debe contextualizar para saber qué es lo que pasa exactamente. La “W” suele responderse con un prejuicio y siempre se prejuzga.

El prejuicio arrasa en cualquier país y, sobre todo, si hablamos de zonas periféricas, el pensamiento es muy genérico y siempre se hace uso de los convencionalismos desde una posición racista y clasista.

Nadie elige el lugar donde nacer, nadie lo hace. Hay mucha gente que no puede salir de ese barrio porque no tiene los recursos para hacerlo. Pero vivir ahí no significa que esté involucrada con algo delictivo. Por otro lado, también está ese prejuicio de que, bueno, si estás en algo delictivo mereces que te maten, pero nadie merece la muerte. En este país no existe la pena de muerte, por lo que creemos que una adolescente o una persona que se metió en el mundo criminal, por la razón que fuere, ¿merece morir? Nos convertimos en ejecutómetros a la hora de contar cosas. Hay muchas cosas que hacen ruido y cada vez más. Escribir es una manera, también digo, de hacer catarsis de esos ruidos que cada vez tienen que ver con eso.

Siempre se habla de ellos y nosotros, se puede observar incluso en otros países como en México donde la violencia al final afecta a todos.

Definitivamente estamos errando el punto de vista, porque todos vivimos en la misma ciudad y lo que le pasa al otro va a llegarme. Cuando se hace esa diferencia es una visión poco solidaria con el otro.

La naturalización de la violencia llega a que busquemos prejuicios permanentemente como respuestas. Creo que los periodistas tenemos que deshacernos del prejuicio para buscar respuestas de verdad, por lo menos para incomodar. Si nosotros nos mantenemos en la posición de que es un ellos y un nosotros, y que no nos importa, entonces los periodistas estamos haciendo un pésimo trabajo. No hay un ellos y un nosotros para un periodista.

La crónica como género periodístico es la que mejor puede recoger todo lo que estamos hablando.

La crónica vino a redimir al periodismo de muchas de sus miserias, pero porque la crónica se escribe con tiempo y se escribe con la pasión de contar bien. Cuando esto ocurre te va a llevar más tiempo y ese tiempo lo vas a ganar en la calidad del producto. El periodismo es eso: ir y preguntar. Habitamos una sociedad que habita con los estigmas y el periodista tiene que romper los moldes.

Creo que el periodismo es eso, y preguntar sin prejuzgar al otro es muy difícil, pero difícil por cómo hemos sido criados. Habitamos una sociedad que tiene sus propios estigmas, pero de eso va: de romper los moldes todo el tiempo; si no, nos convertimos en simples repetidores de la sociedad que habitamos.

En este libro y en tus notas se observa cómo cuidas la información, te paras, escuchas bien y emites la información. Un poco lo que decía de “Gabo” de ver, oír y pensar, o como le dicen ahora el Slow Journalism, o periodismo “a fuego lento”. No obstante, existen detractores de ello por el tema de la inmediatez.

No, yo creo que todo lo contrario. Los medios virtuales de los cuales no vamos a renegar en absoluto porque están, hay que ver cómo usarlos mejor, potenciarlos. A partir de las redes sociales todo el mundo se puede enterar de todo. Entonces la palabra ‘primicia’ perdió valor. El tema es cómo cuentas lo que cuentas. Puede que llegue un poco más tarde a la historia, pero te la quiero contar y lo quiero hacer de forma distinta. Creo que el verdadero capital hoy del periodismo es cómo cuento lo que cuento. Esto que todos sabemos bien.

Por ejemplo, la noticia de la médica que sufrió el abuso, nosotros en Telefé fuimos los primeros en enterarnos y los primeros en hablar con ella. Digo, no se desvirtuó. No, no soy careta con la primicia. Está bueno llegar primero, pero eso no es todo. Si habláramos de arquitectura sería la fachada de la casa y faltaría por ver por dentro cómo está todo.

La función del periodista es informar a la población, pero con las redes sociales se observa un caldo de cultivo de yoísmo. ¿Qué ocurre cuando el periodista se convierte en protagonista?

Las redes sociales han llevado a que el periodista se convierta en el protagonista. Considero que a veces, involuntariamente, los periodistas somos protagonistas, pero eso lo único que nos puede ayudar es a entender el contexto. A mí me paso en 2015 –esto lo cuento en el primer libro que publique que se llama Crónicas de la calle–, quedé en medio de una balacera. Cuerpo a tierra en el piso.

En este momento no pude emitir ningún tipo de sonido, quedé sobrecogida mirándola mientras me contaba esta situación. Continúa…

Quedó filmado. Salió a nivel nacional. En ese momento mi hijo tenía 4 años. Mi mamá no me hablaba: «Tenés un hijo y te estás exponiendo en esos lugares, no vas a volver». La verdad es que yo no pensaba en mi hijo. En realidad, cuando yo miraba ese video, pensaba: «Pucha, a mí me pasó una vez porque justo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, pero hay un montón de gente que vivía ahí y que tenía que criar a sus hijos, vive ahí y eso les pasaba todos los días». Entonces yo era una anécdota, estar en ese lugar ¿de qué me sirvió? Me sirvió para entender lo que estaba pasando, cómo era; obvio no lo quiero volver a pasar. Me llamaban de un montón de medios y me decían: « ¿Crees que la prensa está siendo afectada?».

Responde con rotundidad y emana un sentimiento de solidaridad en cada uno de sus enunciados...

Creo que hay un montón de vecinos que la están pasando mal, eso creo. Yo soy una vecina más en una ciudad de muchísimos habitantes. Si alguna vez somos protagonistas de una noticia, nos tiene que servir para entender mejor situaciones cotidianas. No para volvernos el eje o el centro.

Nos estamos tomando un café mientras charlamos. Aún no sé diferenciar entre jarrita y doble. Seguimos sumergidas en nuestra conversación en la que sólo existe un hilo conductor. Nunca estuve en mitad de una balacera, pero las escuché y no, tampoco me valía el argumento de «es entre ellos». Recapitulo y volvemos al libro en sí. Esas historias cotidianas y reales, no tan alejadas de nosotras.

¿En qué momento decidiste compilar todas estas historias?

Después de escribir mi primer libro. Hace tiempo hacía contratapas en el Página 12 para el Rosario 12 y tenía algunos textos breves, y empecé a sentir que podía estirarlo un poco más. El primer libro eran textos breves: necesitaba desarrollarlos y profundizar. Fui escribiendo para diferentes revistas e hicimos un taller con Leila Guerriero, y ese trabajo se publicó en una revista que se llama Continuidad de los libros, que es cultural. También para la revista Barullo, que es otra revista cultural local. Ahí hicimos la reseña de la primera mujer que se graduó en una escuela técnica y así fue.

En el libro haces uso del lenguaje inclusivo.

No suelo usar el lenguaje inclusivo, pero cuando quiero hablar de niños, niñas y adolescentes, entonces, niñes. Cuando quiero hablar de todos y todas, todes. Si hay una ‘x’ que me simplifica la escritura y que incluya al resto, ¿por qué no? No es que yo lo use siempre, pero para mí es como una herramienta que permite eso: incluir, más que desde una militancia, sino un recurso más allá de que el libro tiene una perspectiva de género, porque la mayoría de las historias son mujeres. Porque creo que, desde hace un tiempo, como dijo Rosa Montero: «Las mujeres hemos empezado, hace unos años, a miramos entre nosotras mismas».

La lucha feminista la reflejas en tu libro, pues 17 de 18 crónicas son historias de mujeres en diferentes contextos socioculturales. Aunque creo que cada vez es más fuerte y este siglo se marca todas las barreras para decir: «Basta ya».

A partir del 2015 hay un antes y un después: «Ni una menos». Gracias a ese lema se visibilizaron muchas injusticias. Nosotras mismas nos damos cuenta de otras desigualdades. Concretamente, en el libro me animé a publicar cosas de mi familia, porque pensé en las mujeres de mi propia familia, que no habían tenido las mismas oportunidades. Eso le ha pasado a muchísimas generaciones. Hay que hacerse las preguntas pertinentes: ¿qué pasó con esas mujeres?, ¿qué fue de sus vidas?, ¿qué les pasó?, ¿qué les atravesó?

Es decir, la identificación desde ese lugar, de salirnos. No solo hablar de los otros, no hablar de nosotros como protagonistas, sino entender mejor el contexto que nos lleva hasta acá. Hubo muchas que lucharon y otras que no tuvieron las herramientas, ¿pero qué les pasó a esas? La búsqueda también fue por ahí.

Un momento de plena sororidad hablando de feminismo. Son muchos puntos a tratar, muchos aspectos, seguimos enfocadas en el libro y cómo visibiliza una invisibilización histórica...

Las mujeres hemos estado anuladas en la historia y en tu libro las muestras.

Tuvo ese objetivo. Cuando fui escribiendo, no me fui dando cuenta hasta que terminé el último capítulo de un varón que es médico y antes de tener este oficio tuvo otros; lo conté porque venía siendo parte de las historias que iba contando, pero el restante de las otras crónicas son historias de mujeres. Entonces había como una necesidad interna de mirar a otras mujeres para entenderlas, para sentirme identificada y para que también su voz se haga oír. No tenemos tantas oportunidades de contar nuestras historias y estamos esperando a que alguien, suele ser un varón, que nos elija, cual príncipe azul. Y no. Ya estamos nosotras para contar nuestra historia.

En el horizonte, ¿algún libro?

Siempre estoy escribiendo, lo que no tengo muy claro es publicar. Con este libro, Fuera de cámara, se lo llevé a Sonia Tessa, quien escribe el prólogo y que es una periodista muy querida y respetada, y le pregunté su opinión de si era una basura, pues lo tiraba; o si esto vale. Ella me dijo no es que sólo vale, sino que ella me lo corregía y me escribía el prólogo. Así fue. Después, mi compañero de radio también le pregunté por lo mismo y me contestó que está bueno y fuera adelante. No sabía si valía la pena y honestamente estoy sorprendida, porque sí tuvo buenas reseñas y una buena acogida. Extrañamente, bajo mis expectativas, le ha ido muy bien. Ahora estoy escribiendo textos sobre perfiles determinados, puede ser que mi próximo libro pueda ir por ahí.

No puedo evitar que con esta respuesta y ultimando la entrevista, te tenga que preguntar sobre el síndrome de la impostora.

Particularmente, mi generación ha sido criada en un mundo muy machista. Por ejemplo, en mi familia no hay mujeres profesionales. He sido bastante rupturista. Acá en Rosario hay muchos talleres de escritura y conozco a escritores; en mi pueblo no había escritores, ni siquiera bibliotecas ni radio… Ir rompiendo todo eso me costó.

En un taller de Cecilia González, una mexicana que vive en Argentina desde hace muchos años, ella cuenta que cuando le decía a sus amigas que va a Rosario a dar un taller, ellas le dicen «dilo como hombre» –enfatiza el tono de seguridad con el que un varón puede hablar–: «Pues me voy a Rosario a dar un taller». El varón lo da por sentado y nosotras hablamos más bajo o de forma dubitativa. Entonces, tenemos que romper el molde. Yo he sufrido mucho el machismo, pero si las que van a venir después de mí la van a pasar mejor, entonces sigamos. Somos contemporáneas de mujeres que están rompiendo el molde ahora y si nuestro trabajo ha sido para que la nueva generación pueda seguir, como decía mi abuela: «Ya que está el baile, bailemos».

Corto la grabación. Seguimos un poco más off the record. Nos despedimos. Sigamos con el baile y las letras que nos impulsan a mejorar una parte de esta gran ciudad.

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