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Editorial

Louis Ferdinand Céline o la cúspide del nihilismo europeo

La clarividencia de su mensaje merece mención en la lista de honor de pensadores del vacío.

Describo lo que viene, lo que ya no puede venir de otra manera: el advenimiento del nihilismo. Tal futuro habla a través de un centenar de signos, tal destino se anuncia por todas partes; para esa música del futuro ya están afinados todos los oídos.

Introducción de El Nihilismo: Escritos póstumos. F.Nietzsche, Ediciones Península, 1998


El nihilismo cotiza al alza en la sociedad postmoderna. Paul Bourget acuñó el término como concepto psicológico por vez primera en su Essais de Psycologie contemporaine, dónde advertía del advenimiento de una “gran enfermedad europea”, definida como “un mortal cansancio del vivir, una tétrica percepción de la vanidad de todo esfuerzo”.

Así, lo que ya vaticinaban de forma implícita algunos autores y pensadores del siglo XIX, en su mayoría rusos, hijos o parientes más o menos cercanos del anarquismo nihilista que merodeaba ya por sus estepas -Lev Tolstói, Fiódor Dostoievsky, Aleksandr Pushkin, Nicolái Gógol, Antón Chejóv, Iván Turguénev… y algún que otro centroeuropeo como Gustave Flaubert, Søren Kierkegaard y, naturalmente, Friedrich Nietzsche- ha alcanzado su cénit en el modelo de vida utilitarista y productivo de la sociedad de consumo que hoy –no sabemos hasta cuándo– nos ocupa.

Ya la producción literaria que siguió al XIX nos ofreció una robusta consolidación de las predicciones de estos pseudoprofetas, encontrando en las antiutopías de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, 1984 de George Orwell y sobre todo –parece ser que fue quien más atinó el tiro– Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, un diáfano modelo de los días que estaban por llegar.

En el terreno filosófico tomaron el relieve de Nietzsche los ya archiconocidos, aunque quizás no suficientemente leídos, Jean-Paul Sartre y Martin Heidegger, mientras que en el difuso terreno que separa la literatura de la filosofía, un Albert Camus recrudecido publicaba El Extranjero, y cierto autor rumano aún desconocido para el gran público, Émile Cioran, alcanzaba las cotas más altas de cinismo y visión amarga del mundo con obras de notable talento literario, como Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre o Ese maldito yo, confirmando el desencanto –cargado de menosprecio, ya vacío de toda esperanza– que se había ido gestando como un embrión en el seno de la mentalidad europea, y que alcanzaba su estado de madurez espoleado por las dos guerras mundiales que azotaron con virulencia la altivez y seguridad del occidental medio.

No es objeto del presente artículo dilucidar los verdaderos orígenes históricos y psicológicos del nihilismo, pues las hipótesis se pierden en el tiempo, ya sean históricas –no es la superación de Dios comúnmente atribuida a Nietzsche, pues resulta fácil localizar autores nihilistas en épocas precedentes–, o bien psicológicas –el impulso de negación como nihilismo puede encontrarse en multitud de variantes manifestaciones, desde el vacío budista o aún de alguna mística cristiana medieval, al impulso tanático teorizado por el psicoanálisis-, sino más bien comentar someramente un autor, acaso desconocido entre los autores de primera línea en el nihilismo, y en particular una de sus obras, cuyas circunstancias de publicación, clarividencia de mensaje y aún calidad literaria merecen mención en la lista de honor de pensadores del vacío: Su nombre es Louis Ferdinand Céline.

¿Quién se escondía bajo ese seudónimo?

Céline, seudónimo de Louis-Ferdinand Destouches (Courbevoie, 1894 – Meudon, 1961), fue un médico francés, más tarde reciclado a novelista, que revolucionó en cierto modo el estilo literario de su tierra natal con una prosa agresiva y elegante que sorprendió por la quiebra de moldes que gobernaban el statu quo literario del país. Participó en la Primera Guerra Mundial, dónde recibió un disparo en la cabeza y, a pesar de sobrevivir, después del episodio se le declaró incapacitado para el servicio bélico en el frente.

Tras volver a Francia, viajó a Camerún e Inglaterra y trabajó como médico hasta que, en 1932, se hizo popular con la novela Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit), que ganó el premio Renaudot. En ella seguimos las andanzas de Bardamu -personaje que encarna el desencanto total de la vida-, en una serie de viajes dónde la degradación de los paisajes y escenarios externos son solo notas a pie de página del estado de degradación interior del protagonista.

Así, pues, la obra que le dio el reconocimiento de los círculos literarios fue, sin duda, Viaje al Fin de la Noche, cuya individualidad supera el conjunto que ofrece el mosaico de referencias, y de la cual reproduzco a continuación un pequeño fragmento, para que el lector pueda dar cuenta según su propio juicio del talento narrativo del autor, y a su vez descubrir el que es, para quien escribe estas líneas, quien representa el cenit de la literatura nihilista de nuestros días:

Siempre había temido encontrarme vació, no tener, en suma, ninguna razón de peso para existir. En el presente y ante la evidencia, estoy convencido de mi nada individual. En aquel ambiente demasiado distinto del que estaba acostumbrado, me sentía al instante como disuelto: simplemente, me sentía muy cerca de la no-existencia. Y de este modo, en cuanto dejaban de hablarme de cosas familiares, descubría que ya nada era obstáculo para caer en una suerte de irresistible hastío, una forma dulzona de espantosa catástrofe del alma. Un asco.

Al menos la basura no pretende durar, ni crecer. En ese aspecto somos infinitamente más desgraciados que la mierda, las ganas rabiosas de perseverar en nuestro estado constituyen la más increíble de las torturas. Nuestro cuerpo, disfrazado de moléculas inquietas y vulgares, se rebela constantemente contra la atroz farsa del durar. Nuestras moléculas, ¡Qué ricas! Quieren perderse lo más rápidamente en el Universo. Sufren de pertenecernos exclusivamente a nosotros, cornudos de Infinito.
Nuestra desgracia está ahí encerrada, atómica, con nuestra piel. 

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