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Nix

Solía creer que la vida era así, ahora me entero de que no lo sé. He vivido poco, de a poco, aletargada y es hasta este momento que me siento vacía, confundida, perdida.

Termina una noche más y termina sumergida en un silencio sepulcral.

Durante meses me ha acompañado un hálito frío. Respira sobre mi cuello.
No es muerte, es desamor.
Es ese viento gélido que invade las habitaciones cuando dos corazones dejan de latir al unísono.
No es la primera vez que me pasa. Sí es, quizá, una de las más tristes y lentas, si no es que la más.

Solía creer que la vida era así, ahora me entero de que no lo sé. He vivido poco, de a poco, aletargada y es hasta este momento que me siento vacía, confundida, perdida.

He amado a esta mujer algunos años y un par más. No es la primera, probablemente no es la última.
Me he enamorado de muchas maneras, comienzo a creer que el sexto sueño ya pasó, me vio, rio, y continuó su camino esperando que, de alguna forma, vuelva a encontrarlo.

Esta noche podría volver a soñar con ellas, las que llegaron y se fueron; las que, de alguna manera, me trajeron, pero creo que es innecesario. Están en el pasado y mi presente es confuso, en ocasiones un poco nefasto.

Hace algunos años temí sentir que todo lo hacía mal, después de todo, son las culpas de mis demonios (hablando de pasados), de un tiempo que dejó de pertenecerme cuando decidí ser yo misma y no tener una vida definida por creencias ajenas.

Esos días solía creer que encontraría al amor de mi vida oculto en alguien más, mi compañía. Solía decirme: ella me querrá como soy.
Hoy no estoy segura, siquiera, de soportarme yo misma.
Siempre habrá miedo, oscuridad, soledad en la más bella de las compañías.

Dioses ajenos me toman de la mano.

En mis brazos se acomodaron el Dios y la Diosa, los cuernos de la luna. En mis brazos se tatuaron la fuerza y el camino que me abandonaron, hace varios sueños ya. Me marcaron profundo con la dualidad que se definió cada que me encontré sola y arrinconada, mientras buscaba desesperada una salida.

No puedo evitar pensar que soy yo quien mató cada día esta relación. La maté por amarla cuando comencé a desear no sentir más el cansancio que me amenazaba cada que hablaba, con mi lengua viperina, más de siete palabras.

¿Cómo se supone que debo entregar mi corazón, si yo misma lo arranco para detenerlo cada que late con fuerza al escuchar su nombre? ¿Cómo debo amar cuando el tiempo se apaga con la luz, y deseo que todo se detenga por mil eternidades y una más, para no sentir el pesar de continuar aquí, solitaria y esperanzada?

Hay mil y una cosas que amo de ella al mirarla: su forma de dormir, de reír, de besar, amar, y soñar que todo puede ser mejor, o quizá soñar nada. Hay mil cosas más que me hacen sonreír, aún ahora, mientras el frío suspira sobre mi cuello una vez más.

Pero también detesto mi soledad en su compañía y mi silencio entre sus brazos, cuando pienso que yo misma no podría llegar más lejos.

Ella no lo nota, es incapaz de ver el sacrificio egoísta que impongo con fuerza y miedo para no desaparecer entre sus plegarias y sus reclamos.

Tal vez sea mejor así, si cerramos la puerta y apagamos la luz.
Tal vez sea mejor cuando soltemos nuestras manos y volemos lejos de nuestras almas, en proyecciones astrales hacia realidades solitarias, calmadas y desencantadas.
Tal vez sea mejor cuando, juntas, cortemos este hilo rojo que nos pesa y nos ata.

Es probable que, al separar caminos, a cada una nos vaya mejor.

Pero la amo.

Pero me ama.

La amo tanto que quiero verla lejos de mí, no volver a enamorarme y vivir para existir, y luego, en la inmortalidad, desaparecer de este plano material, sonriendo y en soledad en algún lugar sin nombre.
Nadie me podría encontrar.
Ni siquiera su recuerdo.

Ella no lo nota.
Me regresa la misma mirada fría cada vez que enciendo la luz.
Sabe que no hay nadie más que ella… solo ella.
No lo nota.

Me marcho poco a poco, ya casi se me acaban los segundos. Escaparon las horas y yo con ellas.

Me desvanezco.

Tendré que esperar. Mañana volveré a sentir la respiración en mi cuello, el hálito y su compañía.

Con suerte esta vez vendrá con el sol, nos amaremos hasta el anochecer, cerraremos las cortinas, los ojos y nuestras ganas de regalarnos miradas, nos besaremos una vez más y nos diremos adiós. En silencio. Con calma.

Por Ángel Torres

Productor musical, guionista de radionovelas, escritor, gamer, cinéfilo y melómano. Soy un apasionado de las historias que la eternidad tiene para contarnos.

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