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Jack Kerouac me engañó y otros poemas

Por: Kelly Martínez Grandal

Jack Kerouac no me engañó

El país de Kerouac no existe. No son lo mismo las autopistas.
Hacer dedo en la carretera puede significar aparecer en el cartelito de
desaparecidos de Walmart. Kerouac me mintió, me vendió un espejismo.

Yo  vine de Carolina del Norte en carro y lo único que vi fueron pinos.
Nada      de músicos y ni sombra del bayou; un país enorme, salvaje.
Pinos y un ciervo. Fue como ver un unicornio.
Cuando entramos a La Florida se acabaron los pinos y empezaron las palmeras.

Uno confía demasiado en los escritores y yo, a Kerouac, además, le hubiera hecho pestañitas. Su país se perdió, a lo mejor habría que poner un cartelito en Walmart: Make America Exist Again.

Luego prendo las noticias y he aquí a un policía que mató a un hombre negro. Al carajo el letrerito de las guaguas, tan lindo, dedicado a Rosa Parks. He aquí a los mexicanos, “los Pedros y Panchos del estúpido saber popular americano”, acusados de violadores; los viejos, que ya no sirven a nadie. Las mujeres indígenas no son contabilizadas en las listas de desaparecidos. No aparecen ni siquiera en los  cartelitos de Walmart. He aquí la rueda del odio.

No son lo mismo las autopistas, están llenas de carros que van a millón. A
nadie le importa nadie.

Pero el Hudson sigue con chimeneas enormes ocultas en la bruma, en el humo que arrojan sobre Manhattan y en Oklahoma un campesino siega la gavilla. Hoy la estrella de la tarde se pondrá nuevamente sobre la pradera.

Jack Kerouac no me engañó.

Northwest

No son los patios de los junkeros,
— metálicos, mutilados—
lo que llena la cabeza de alfileres.
Tampoco la vieja bajo el sol,
sobreviviente del apocalipsis.

Brownsville se aplasta como un
cocodrilo, inventario de escombros
de una ciudad-postal para mercadillos
vintage. Opa-Locka ruina de odaliscas,
hachís art decó, cierto polvo en el aire cae
sobre los cuerpos.
Una luz tiembla de cierta manera.

North West no lugar, coordenada invisible,
paisaje en la ventanilla.
Miami by cary
y siempre por accidente,
ten cuidado y te agarra la
noche. Por ahí no pasó Don
Johnson.

Pero hay que mirar con la punta del ojo,
la lluvia desdibuja las calles, alivia la canícula.
Los niños se refugian en la escuela
y la trompeta de Wynton Marsallis suena en el
carro. Ella pasa altiva, con su paraguas rosado,
entre una fila de árboles.

En las fotos me parezco a Norma Jean

No todos los caminos conducen a
Roma, lo admito.
El mundo se llenó de
fronteras, suma y resta
para construir,
ni hablar de divisiones y multiplicaciones.

Admito el desierto, mi impaciencia con Dios,
macho sordo mirando el fútbol.
A lo mejor si le ofrezco una cerveza.

Admito todo eso y que a
veces, en las fotos,
me parezco a Norma Jean.
Pero no me sienta el rubio
platinado ni seré amante de un
presidente,
ni de su hermano.
No voy a tomarme un frasco
de pastillas antes de cumplir 40.

Poemas pertenecientes al poemario bilingüe Zugunruhe, traducido al inglés por Margaret Randall.

Kelly Martínez-Grandal (La Habana, 1980). Es Licenciada en Artes y Magister en Literatura Comparada, ambos títulos otorgados por la Universidad Central de Venezuela, país donde vivió por veinte años. En esta misma institución fue profesora por siete años, dictando cursos que abarcaban temas como la sociología del arte y la crítica literaria. Por más de diez años se ha dedicado también al trabajo editorial. Sus poemas han sido incluidos en varias antologías: 102 poetas en Jamming (OT Editores, Caracas, 2014), 100 mujeres contra la violencia doméstica (Fundavag Ediciones, Caracas, 2015) y Aquí [Ellas] en Miami (Katakana Editores, 2018), entre otras, así como en revistas digitales: Literal Magazine, Revue Fracas, Emma Gunst, Nagari Magazine y Suburbano. En el 2017 publicó Medulla Oblongata (CAAW Ediciones, Miami). Su libro más reciente es el poemario bilingüe Zugunruhe (katakana editores 2020) traducido al inglés por Margaret Randall. Actualmente vive y trabaja en Miami. 

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