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Palabrería

Es la séptima vez en diez días que me prometo a mí mismo que la próxima vez trataré de no pensarte, ni de escribirte.

De pronto nada que yo hiciera podía impresionarla. La palabrería deslumbrante, los halagos sublimes, los poemas y canciones que puse a sus pies… Empecé a temer lo peor: que, si era amado, era amado tan sólo por mí mismo.

-Don Paterson.



Estoy en la cafetería donde solíamos encontrarnos. Como el más gastado cliché de películas y novelas trágicas y románticas. No me sentí tentado a entrar, empero, me siento dando tumbos a cada instante. Tropiezo, o eso siento, como he mirado tropezar a los bebés que están aprendiendo a dar sus primeros pasos. Ciertamente, tenemos mucho en común: ambos sentimos miedo. O quizás ellos no sienten miedo y yo lo único que quiero es no sentirme solo. Y ese ejemplo entre mis pasos vitales y la vida de un ser tan pequeño e incrédulo se me hace inadmisible de mi parte. Sí, toda esa larga letanía para enunciar que aquí me encuentro.

Pedí el café de siempre, aunque probablemente esta ocasión sólo logre encrispar más mis nervios. Apenas me siento y he olvidado a qué vine, así que estoy tentado a sacar mi libreta para escribir. Lo que sea, aunque ya sin antes de empezar estoy seguro que se tratara de ti, de mí.

No sé cómo comenzar, pero las preguntas parecen ser buenos escapes cuando se tiene tanto qué decir y uno, estúpidamente, no halla la forma. ¿Alguna vez te has sentido desconcertada, impaciente, adolorida? No busco, yo, que me compadezcas, ni que me des golpecitos de vulgar condescendencia buscando sacudirme, ni que me digas que todo estará bien sólo porque te sientas. Llevo la mitad de mi vida bajo esos estímulos absurdos de cariño y compasión, y sólo me he sentido más hundido con el paso del tiempo. Eso sí: soy un experto en el autosabotaje y la autocompasión, porque de eso que es mío-mío, no pienso prescindir. Egoísta insufrible, de apetito insaciable de abandonarme al más mínimo desconcierto. Y, pero aún, selectivo: hay de quienes sí me gustan esas muestras inservibles de apoyo que, si bien no funcionan en mí, sus acciones y esas personas en sí mismas, son incondicionales. Aunque, sinceramente, no sé si mi carácter asequible para con ellos sea mero compromiso o lástima; o miedo a que después de tanto rechazo, termine por quedarme completamente solo. Sé perfectamente lo que estás pensando mientras lees esto. Y sí, te respondo sin titubear: uno puede sentirse más solo. A veces me siento, sí, como si estuviera postrado en el vigésimo noveno piso de un edificio, mirando por la ventana, esperando saltar; como si aquello fuera la manera más sencilla y menos dolorosa de acabar conmigo, o con lo que siento. No sé si soy lo que soy por lo que siento. Qué curioso de mí, ¿no?, que te escriba como si no me conocieras, o como si estuviera buscando advertirte de la clase de persona que soy.

Tengo miedo, también, muchas veces, de acostumbrarme a lo que sea que esto sea, y pienso mucho en la líneas que alguna vez leí en un libro de Lionel Shriver, donde enuncia lo siguiente: “porque la gente parece capaz de acostumbrarse a todo, y es muy corta la distancia que separa la resignación del apego”. Y es cierto que la línea separa la resignación del apego es tan delgada que uno termina por sentirse identificado con aquello que le estaba tragando las entrañas, y, para muestras, muchas -la co-dependencia es un ejemplo mayúsculo. Y duele, y, al menos a mí, me provoca pánico. Sé que quizá a ti no, y eso es algo que nunca pude comprenderte, aunque más que reproche este es un dejo de admiración hacia esa muralla fortísima tuya que te protege de cualesquiera que sean los infortunios; y sin embargo sé que sientes, y que también hay cosas que te duelen y que logra derrumbar esa entereza en tu carácter. No me arrepiento, tampoco, y disculpa que lo diga hasta ahora, de no haberte sentido por completo en ese aspecto. Quizá es lo que digo ahora, eso de no arrepentirme, tan sólo por el tiempo que ha pasado y ya ha quedado todo, según las reglas no escritas del olvido, ahí adonde se dirigen todas esas cartas que terminan hechas mierda sin siquiera haber sido abiertas: en la nada. Pero no soy sincero del todo, y es otro de mis errores: yo de ti en el olvido no he dejado nada. Y, si me contradigo y vuelco a la basura las mentiras, no quiero olvidar nada. No me duele, ni me pesa vivir con ello. Me pesa, eso sí, vivir conmigo, con mi propio olvido que persiste, y que entonces ya no estoy seguro de que sea olvido.

Con el paso del tiempo, te confieso, me van reconfortando las nimiedades. Puras cosas absurdas, a decir verdad, esas pasiones temporales que uno sostiene por temporadas, como si fuera un acto tan simple como cargar con un paraguas en tiempo de lluvia y, al terminar esta, se vuelve entonces a arrumbar por ahí a una esquina donde no estorbe. Quisiera saber qué está pasando por tu mente en este preciso momento, mientras estás leyendo esto. Pensando que lo estás leyendo, claro, porque es cierto que yo mantengo intacta esa confianza de que aún, después de tanto y tan poco, sigas haciéndolo con mis absurdas cartas y mis amargos recados. O, quizá, hayas vuelto imprescindible la idea de haberme olvidado, y todas esas cartas y recados míos estás apilados en algún basurero o en algún desagüe ¿A qué idea será más factible y menos apabullante tenerle fe?

Quisiera continuar, y continuar, y continuar, pero no puedo. Y no puedo no porque no quiera, sino porque estoy exhausto. No logro concentrarme en nada más allá de mi dolor y necesito tomarme un descanso o terminaré por acabar en el diván de algún profesional que me dirá con certeza algo de lo que yo estoy seguro: que no me encuentro en plena facultad de mis emociones y que necesito ayuda. Como si no lo supiera sin siquiera haber pagado un sólo centavo. Eso, para mí, es como permitir que me roben a plena luz del día y con la autorización del Santo Patrono de la Sustracción. Además, claro, de que si alguien ha de hundirme más en este montón de basura emocional, soy yo mismo. Que nadie venga a auxiliarme ni a decirme cómo se debe sentir uno de miserable, o si me estoy sobrepasando. ¿Qué será de su miserabilidad para competir con la mía propia?

Estoy apunto de abandonar la cafetería donde estoy escribiéndote esto. (El café que pedí se enfrió ya, y tuve que pedir que lo calentaran de nueva cuenta. Porque sabes que detesto un café helado.) Sin embargo, observé que la mesa donde siempre nos sentábamos está por desocuparse. La pareja que llevaba ahí al menos un par de horas, estaba por retirarse, y quiero permanecer ahí el resto del tiempo que aquí decida quedarme. Pediré una taza de café más, y quizás otra, para recordar las horas, los días. Además, había olvidado, como siempre, que vine aquí a hablar conmigo, no a hablar de ti. Es la séptima vez en diez días que me prometo a mí mismo que la próxima vez trataré de no pensarte, ni de escribirte. Siento que cada vez estoy más cerca de lograrlo.

He logrado colarme por entre la gente para tomar asiento en esa mesa que alguna vez fue nuestra. Estoy sorbiendo la taza de café, esta vez caliente, que me trajo el mesero en turno. Quien, curiosamente, es uno nuevo, no aquél que siempre nos atendía y quien ya sabía qué bebíamos sin siquiera consultarnos. Por otro lado, no logro describir cómo me siento, y sin embargo, ¿sabes?, si pudiera describirte este suceso tan melodramático, digno de cualquier película taquillera mediocre, diría lo siguiente: que me siento como mirando al horizonte o por alguna ventana, mientras llueve, y yo miro las gotas desvanecerse, o bien resbalar por los vidrios; esperando que el tiempo que le resta a la escena absuelva mis problemas y me convierta entonces en mártir, para poder continuar, y que, entonces, seamos todos felices por siempre, aunque todo aquello sea un engaño. Todo un cliché, te digo, como estaba intentando advertirte desde un principio. Por lo demás, dejando de lado la exasperante explicación, esto es lo más real que he sostenido entre mi pecho y el hueco entre mis brazos: un recuerdo. Y, ahora que tenga que soterrar por siempre todo dentro de esta libreta, espero que el tiempo, si es que existe, me haga olvidarme de no olvidarte.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

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