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Paloma quiero contarte

Purgante publica otra entrega exclusiva del escritor y periodista Rubén Cortés, que forma parte de una serie de relatos inéditos, en los que el narrador se ubica en un punto geográfico detectable, pero etéreo, vaporoso. Esta vez, escribe sobre el vínculo afectivo del narrador con una paloma caída del nido. Una historia entrañable, enhebrada por otras que recuperan los detalles inadvertidos que constituyen las grandes emociones.

El día trajo un aire tan limpio que parecía de plata. En la jaula cantaba el canario, amarillo y con los ojos rojos como dos piedras de rubí. La estirpe del ave era una rareza aparecida en el siglo diecinueve, y tenía un trino errático, de dulces titubeos, como los arpegios de un niño que aprendía a tocar el piano. Había filas de criadores que querían comprarlo. Pero el canario era mi amigo. Y uno no vende a los amigos.

Yo estaba regando las higueras de la sala. Las hojas en forma de lira, limpias, de un verde terso, me recordaron las de un rosedal en la iglesia de Atrani, un pueblito acostado en la Costa Amalfitana. En el emparrado del atrio, encontré un cura viejo. Bajo el tórrido verano del Mediterráneo, vestía una sotana negra, de lana. Sesteaba en una banca de cemento, y tenía un ánfora de vidrio nebloso en las manos. Me sintió llegar y movió la cabeza. Le pedí la bendición y me arrodillé. Metió un dedo en la botella, me marcó una cruz de aceite en la frente, y susurró: Recordis, de mortuis, nihil nisi bonum (Recuerda, de los muertos hablarás sólo bien). Y volvió a dormitar.

En la sala, los rayos de sol rebotaban en las olas del mar Atlántico y entraban a raudales por el ventanal. El reflejo del agua formaba figuras sobre las hojas de las higueras, que traían brotes verdes. Ver retoños era el momento más intenso en la historia que entretejían las plantas y las personas que las tenían. El clímax del intento de ambos por conseguir la felicidad del otro: la planta, en su búsqueda de agradar al cuidador; el cuidador, por recibir un premio a sus tesones.

De pronto, llegó del patio un ruido de fin de mundo, crujidos de ramas quebradas, aleteos de pájaro grande y cacareo de gallinas. Pero lo que más me inquietó fue el canto de las palomas de luto. Porque no era el quejumbroso cououou-wou-wou-woooou, con los que los machos colmaban las mañanas en los veranos del este del continente, para atraer a las hembras al nido. Era el tajante y seco rou-ourou-ou que emitían los líderes de la bandada, para avisar a la familia que estaban bajo amenaza.

Salí al patio. Tres gallos tenían acorralado contra el seto a un halcón, que no parecía tener salida, porque estaba encajonado entre la maraña de arbustos de mora y grosellas. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, los gallos se voltearon atraídos por el ruido, y el halcón aprovechó el descuido de éstos: voló enloquecido hacia delante y escapó. Me pasó a una cuarta del rostro y le vi el pico curvo manchado de sangre. Era del tamaño de un cuervo, con la cabeza negra, y el lomo gris azulado. En el cercado había plumas por todos lados, y vi echado en la tierra a un pichón de paloma de luto. Parecía muerto, pero cuando lo recogí recuperó la energía y quiso huir. Tenía las dos alas maltrechas y una herida abierta en la espalda. Estaba casi totalmente cubierto con una pelusa marrón grisáceo claro, por arriba; y lila por abajo. Los árboles del huerto estaban llenos de nidos y, desde alguno de ellos, la invasión del halcón lo había tirado al suelo. Me lo llevé. Le unté en las heridas el ungüento que yo usaba para los rapones de la piel. Vacié el cesto de mimbre de la ropa sucia, y lo acomodé adentro, en un nidal de trapos. La preparé una papilla con manzana, agua y polvo para aumentar masa muscular, del que recomendaban los instructores en el gimnasio, que contenía suero, soja, y proteínas. Con un gotero, le di varias sesiones diarias del puré. Le abría el pico, introducía el gotero y le echaba la mezcla. Al tercer día, empezó a rascarse el cuerpo con el pico y a intentar mover las alas.

Una mañana, saqué al pichón para que tomara sol. Lo coloqué sobre el bordillo de rocas que se alzaba para detener el paso del mar a la dehesa. Al sentir calor, empezó a piar y cepillarse las plumas con el pico, estirar las alas y las patas. Me entretuve limpiando la jaula y bañando al canario con el aspersor fino de la manguera del jardín, hasta que escuché un arrullo de alborozo y miré: en el reborde estaban los padres del palomino, alimentándolo. Tres días después de la irrupción del halcón, no se habían resistido a perder un hijo y lo reconocieron desde el follaje. Ahora, seguían el impulso ancestral de los padres, de sostener la vida de los suyos.

Era la hora en la que avanzaban por el brazo de mar los delfines nariz de botella. Saltaban sobre las olas para divisar las embarcaciones que llegaban de la pesca que hacían durante la madrugada, porque los barqueros les tiraban pescados. Siempre tomaba videos a los delfines con el teléfono, para subirlos a mi estado de WhatsApp. Pero aquella mañana grabé la descarga de felicidad del reencuentro del polluelo y sus padres.

Toda la semana siguiente, lo saqué para que lo alimentaran; mientras limpiaba la jaula y bañaba al canario. En la casa, lo dejaba junto al ventanal, y los padres iban y venían, para verlo a través del vitral. Con los días, cuando lo colocaba a tomar el sol y lo alimentaran, el pichón volaba tramos cortos. Emplumó con una hermosa pátina perlada, sobre el gris claro, amarronado de todo el cuerpo. Trataba de alcanzar volando a los padres, y yo debía perseguirlo para capturarlo y llevarlo adentro, porque aún no estaba listo para irse.

Un mediodía, desde el muro de piedras, levantó vuelo y desapareció en la floresta. Su partida dejó un rastro de amor por toda la casa, y briznas de ternura en cada pluma suya que aparecía por los rincones, y debajo de los muebles. Pero, sobre todo, me heredó nuevas nostalgias, en un momento en el que las pesadumbres, las penas y las ausencias me asaltaban como un ladrón, en cada esquina.

ESTA NO ES TU CASA FIDEL. Las semanas con el pichón marcaron el verano, que empezó a tener el fondo musical de Paloma quiero contarte, una canción de Víctor Jara que timbró la memoria sentimental de mi infancia, junto con otras de fusiles despidiendo muertos, y lugares donde por años la luz era un farol; de mil promesas que no se iban a cumplir, y donde se renunciaba a ver el sol cada mañana. Fue un verano radiante. Yo tenía una pequeña virgen del tiempo, que había encontrado en Mar del Plata. Estaba fabricada con una alquimia mágica de gel de sílice, y si la virgen amanecía teñida de azul, era una promesa de playa; si violeta, de nubarrones; si rosa, de lluvia. Aquel verano siempre estuvo azul.

Un domingo, los González-Arango, una familia de inmigrantes mexicanos enriquecidos con una cadena de jugueterías, me invitaron a su casa de playa. Coincidió con una fiesta patria y había desfile aéreo con aviones de guerra, bombarderos y cazas, que volaban a ras de mar. Los niños soltaban globos y sus padres bebían cerveza y ondeaban banderas. Alberto, el padre de familia, señaló una sombra detrás de la línea de los bañistas. Pensé que era una ballena, y corrí con el agua al pecho y el teléfono en lo alto para grabarla. Pero era una manada de manatíes. Se acercaron muchos curiosos a verlos. Todavía conservo números telefónicos de desconocidos que me pidieron enviarles el video.

Paloma quiero contarte
Que estoy solo, que te quiero
Paloma quiero contarte
Que estoy solo, que te quiero
Que la vida se me acaba
Porque te tengo tan lejos
Palomita verte quiero

Por aquellos días llamó mi amigo Rodrigo, oficial de todo y maestro de nada, un aventurero con buena estrella a quien las mujeres perseguían por su parecido con el actor Steven Bauer, el Manny Rivera de Scarface. Había encontrado empleo en las grandes urbanizaciones de la costa oeste, donde necesitaban trabajadores sin documentación para realizar labores que sólo hacían los inmigrantes ilegales. Me propuso acompañarlo y acepté. Aunque gastaba poco, necesitaba dinero y todavía tardaría la respuesta a mi solicitud de residencia legal. Me sobraba el tiempo. Ya había entregado a la editorial mi nuevo libro, y, donde quiera que estuviese, podía escribir y enviar al periódico mi columna política diaria.

Nos fuimos en la casa rodante de una señora, amante de Rodrigo. El remolque era un Volkswagen Karmann-Mobil Safari, de gasolina, con una mesa de comedor que se trasformaba en cama, y camarote sobre la cabina; cocina, lavaplatos, baño con ducha, refrigerador, closet y un cable para conectarse al tendido público. La mujer había decorado los interiores con telas, alfombras, cortinas y cojines traídos desde la Cachemira india. En la tapa que ocultaba el camarote de la cabina, tenía una serigrafía del Díptico de Marilyn, la famosa pintura de Andy Warhol. La dueña del tráiler debía de estar loca de amor por Rodrigo, para prestarle aquella pieza vintage del automovilismo del siglo pasado.

Lloro con cada recuerdo
A pesar que me contengo
Lloro con cada recuerdo
A pesar que me contengo
Lloro con rabia pa’ fuera
Pero muy hondo pa’ dentro
Palomita verte quiero

Viajamos en salvaje libertad por una carretera que atravesaba un vasto pantano subtropical de manglares, lagunas, miradores, ríos y selvas. El sol chispeaba en las orlas de agua prístina, bajo un cielo de azules delicados y nubes blanquísimas. Los caimanes y los cocodrilos se abandonaban al sol entre las hojas de lirios que cubrían la superficie de los canales; y aves rosadas surcaban el aire con sus picos de cuchara. Bordeamos unos bosques de cipreses centenarios que nacían en el agua corriente del tremedal. La carretera se adentró en una zona de reservas de tribus amerindias que vivían allí hacía dos siglos, con bandera, moneda, lengua, religión y costumbres propias. Durante horas, solo se escuchaban en las ciénegas eternas los graznidos de las garzas y las vibraciones roncas de los reptiles. Aquella espesura de arboledas de arces, orquídeas multicolores, helechos y palmeras salvajes parecía más un estado de expansión de la conciencia, que el humedal lucífero y fértil, sin el cual era imposible la vida en medio continente.

La ciudad apareció de súbito, recostada contra las aguas oscuras del Golfo, con casas de tejados ocres, jardines florecidos y coches lujosos estacionados en el zaguán. Abierto con brío hacia el oeste, el mar se encrespó al final de la tarde, cuando el sol, como una fogata roja, se apagó en las olas con un furor melancólico.

Como tronco de nogal
Como la piedra del cerro
Como tronco de nogal
Como la piedra del cerro
El hombre puede ser hombre
Cuando camina derecho
Palomita verte quiero

Fuimos a limpiar el edificio de una compañía de bienes raíces. La jefa de brigada, una cubana, nos advirtió, antes de indicarnos las tareas, que aquella no era nuestra casa y, por tanto, no debíamos aplicarnos demasiado. Pensé que, seguramente, era de aquellos exiliados, anticastristas ahora, aunque, con toda certeza, en la isla clavaban en la puerta la mítica plaquita de aluminio que decía “Esta es tu casa Fidel”. Me encargó el despacho del dueño, que era amplio y bañado por la luz solar, con vistas al mar. En las paredes colgaban fotografías del hombre con el presidente y con expresidentes, en cenas, jugando golf, abrazados. Habría acabado el trabajo rápido, porque fue cuestión de limpiar sobre lo limpio, que era una definición de los afanadores profesionales para referir que una habitación exigía poco aseo. Pero me tardé en el cuarto de baño. La coladera del lavamanos estaba oxidada, y yo no cargaba una bayeta de microfibra para quitar manchas. Se lo dije a la jefa, y fue ella misma hasta la oficina, tomó un cepillo dental del aparador que estaba encima del lavamanos. Mojó en agua las cerdas y quitó la herrumbre con un par de frotaciones rápidas. Luego lavó el cepillo y lo devolvió a la hornacina. Me dijo: “Si el dueño se enferma, no hay problemas; él tiene dinero para pagarse el hospital”.

Como quitarme del alma
Lo que me dejaron negro
Como quitarme del alma
Lo que me dejaron negro
Siempre estar vuelto hacia afuera
Para cuidarse por dentro
Palomita verte quiero

HIJA VEN QUE ME ESTOY MURIENDO. El polluelo reapareció. Ya era un ave bien plantada. Mostraba una librea gris y marrón. Lucía esbelta en su tamaño mediano, con las alas anchas y elípticas, la cabeza redondeada y la cola larga y estrecha. Imposible saber su sexo porque, en las palomas de luto, machos y hembras tenían la misma apariencia física. Yo había regresado de la costa oeste, ya entrado el otoño. Una mañana estaba regando las plantas junto al malecón del patio, y sentí que una araña me rozaba un tobillo. Me rascaba, de a ratos, hasta que la insistencia de la caricia me hizo mirar hacia abajo. No había araña: era el pichón, que me tocaba suavemente con su pico corto y oscuro. Me había esperado como el amigo que entonces yo no tenía. Todas las mañanas, cuando salía a irrigar el jardín, me hacía compañía, caminando a mi lado, como un perro. Pero me gustaba más cuando se posaba en una rama y cantaba en el tono lánguido de las palomas de luto, que a muchos les parecía de pena o de aflicción; pero a mí se me figuraba una llamada de paz y sosiego, como un corto y suave canto gregoriano. Sin embargo, la mayoría tenía la razón: era un canto de tristeza, y por eso se llamaban palomas de luto, aunque en otros lugares las nombraban rabiche, tórtola o torcaz. Luego de estar conmigo, la paloma hacía su vida con el tropel que, después de las nidadas del verano y de sobrevivir a los ataques del halcón, era una muchedumbre.

Un par de veces a la semana, yo iba a comprar pescado a los barqueros que alimentaban a los delfines nariz de botella. Vendían dorados, jurel, cobia, mero, camarón, langosta espinosa y cangrejos de piedra. Los trozaban en el muelle y echaban los restos al agua, donde los disputaban a flor de agua los pelícanos y unos robalos poderosos, de más de un metro. Los robalos eran numerosos y alcanzaban grandes tamaños, gracias a que podían ser capturados únicamente bajo licencia y sólo de mayo a abril; y de septiembre a noviembre. De camino a la dársena, pasaba enfrente de la casa de una anciana. Siempre la escuchaba hablar por teléfono. Se expresaba a gritos, porque al parecer no escuchaba bien. Había recuperado, de alguna manera, a una sobrina que desconocía, pues era hija de un hermano del cual la había separado la Revolución. Él permaneció del otro lado del estrecho, y la anciana escapó muy joven de la isla. Ahora, la sobrina había emigrado y vivía cerca, por el balneario. La mujer no la trataba aún en persona, pero estaba ansiosa por el reencuentro con la sangre de su sangre. Días más tarde, la escuché decir a alguien al teléfono que, por fin, se había reunido con la sobrina y se emocionó tanto por tener un familiar con quien aliviar su aislamiento, que organizó los documentos legales para dejarle la casa en herencia.

Parecía feliz y, en cada ocasión que pasaba enfrente de su casa, la veía descansando en quicio del pórtico, mirando el canal. Vivíamos la temporada de los huracanes y no era la mejor oportunidad para el brazo de mar. Los vientos removían las aguas, y en la superficie aparecía todo lo que a la gente le sobraba en casa. Una mañana vi de cerca a la mujer. Estaba sentada en el portal, y observada las aguas que arrastraban hierbas, bolsas de plástico, botellas. Delgada, de estatura pequeña, tenía el cabello de color caoba, disperso y echado hacia atrás. Sus ojos eran azules, grandes, con la mirada de las personas atrapadas en la soledad de estar solas y no sabían qué hacer con el abandono.

En el arranque del invierno, perdí de vista al pichón. La llegada del frío ligero, pero húmedo del Atlántico subtropical hacía que muchas palomas de luto migraran a los pinares que crecían en las arenas de color rosa en islas del mar de los Sargazos. El balneario entró en una calma de añoranza parecida al desamparo, con sillas playeras arrumbadas en la arena, sombrillas cerradas y toldos azules de rayas blancas, desdeñados al viento.

Otra vez, de camino a la dársena, escuché a la anciana. Hablaba por teléfono con su sobrina. Le rogaba que, por Dios, viniera a verla, porque estaba muriendo. Quería que su heredera la llevase al hospital. De regreso a casa, vi que la anciana subía sola a una ambulancia del servicio de salud pública. Sólo la acompañaba un paramédico: la soledad de estar sola.

Con el verano, se levantó el sol y regresaron las palomas. En el balneario relumbraron las sombrillas multicolores. El canal estaba lavado por el agua filtrada de los ríos casi congelados del norte, que desembocaban en el Atlántico. Volvía a ser una franja de aguas diáfanas y ligeras, libres de la inconsciencia de los vecinos, porque la basura de éstos ahora era barrida por la fuerza de las corrientes. Un privilegio de suspiros y de consuelos. La anciana no volvió a aparecer y, en su lugar, tenía yo a una nueva vecina, su sobrina, la beneficiaria, una chica en sus treinta, con la piel desvaídamente bruna y el cabello en cascadas. Tenía los ojos atónitos, igual que los de su tía. Las palomas de luto se apareaban al año de nacidas, justo el tiempo que tenía el pichón que había criado el verano pasado. Además, eran aves monógamas, dedicaban su vida una a la otra, sin dejar espacio para nadie más en sus corazones. Nunca pude reconocer al polluelo, entre tantas parejas que hacían nido.

Era una época en la que todos se iban. Nadie llamaba a la puerta.

Rubén Cortés es periodista y narrador. Su más reciente libro publicado es Cuarteles de invierno, bajo el sello de Editorial purgante.

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