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Peregrina no del globo terráqueo habitual

Llevo un planeta en la cabeza a todas horas, todos los días de mi vida, a veces pesa, pero no me lo puedo quitar y constantemente me hace girar sobre mí misma y sobre los demás.

Por: Ania Otaola

Peregrina no del globo terráqueo habitual, con sus pedacitos de agua y tierra, tal y como la vemos o la imaginamos; tal y como nos han dicho que es. Pero no me refiero a eso; me refiero a este planeta personal que llevo puesto en la cabeza. Esta esfera pesada, pensante y oscilante de la que no me puedo despegar.

Llevo un planeta en la cabeza a todas horas, todos los días de mi vida, a veces pesa, pero no me lo puedo quitar y constantemente me hace girar sobre mí misma y sobre los demás.

Es mi globo mental. Con él, puedo desplazarme lejos o cerca, calculado o al azar, hasta la fecha es intransferible, mío y solo mío y a ratos tomo el mando y, en su mayoría, otras nadie al volante. Supongo que todos poseemos esta esfera mental; algunas son cuadradas, siempre en piloto automático, y otras no despegan jamás.

Otros no tienen un vehículo clásico o una esfera habitual, sino más bien una nave especial mental. Estos escaparon lejos muy por encima de nosotros. Dicen que la Vía Láctea está compuesta de células de aquellos que se perdieron o no quisieron volver jamás; probablemente descubrieron algo fantástico por allá arriba y, ¿para qué bajar?

Mi globo mental es vehemente y volador. Me eleva por los aires, ligera como pompa de jabón. Allá en las alturas encuentro la capacidad de observarlo todo, todo el paisaje, todas las caras, todo y nada, y durante esos segundos, soy capaz de entenderlo todo, hasta que la delicada piel de jabón enseguida me arrebata esa lúcida visión, y me esfumo. ¡Plof!

Hasta que nuevas corrientes vuelvan a soplar con fuerza y me reinventen, para surcar y sobrevolar de nuevo estas visiones fugaces y eternas, y absolutamente perfectas, quizás porque sólo fueron unas milésimas de segundos, o eso me parecieron.

Así voy esfumándome y volviendo a rehacerme de nuevo en las mil visiones de las mil vidas que juraría, una y otra vez, que viví durante unos instantes.

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