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Últimas noticias de Futbotitlán de Xalbador García: comentarios previos

“¡La puta que me parió, la puta que me parió!”, gritaba Tano Pasman al sufrir el descenso de su equipo, el famoso River Play, a la categoría B de Argentina. Para quien puede ser testigo de la desgracia en el video de YouTube, el aficionado de la escuadra rioplatense está a punto de quebrarse, de morir a causa del encabronamiento, al ver a su equipo caer humillado. Suelta entonces al aire uno de los máximos insultos en el castellano. Enfila en contra de su progenitora quien, en el universo católico, recuerda a la inmaculada figura de la Virgen María. La llama “puta” lacerando cualquier rasgo virginal y además duplica el agravio recetándose a sí mismo la humillación de ser un verdadero “hijo de puta”, con todo el equipaje de ignominia machista que trae consigo tal definición.

La injuria que suelta el Tano Pasman nos ofrece dos conclusiones. La primera es que, en el futbol, los argentinos son muy chillones cuando pierden. Ostentan el gen del triunfador y les cuesta demasiado aceptar los nubarrones de fracaso que se han estacionado sobre Buenos Aires desde aquel mítico Mundial de 1986. La segunda, y más importante para este libro, es que nos muestra la frustración sólo conocida por aquellos que padecemos el desbordamiento de las pasiones ante el futbol. Para el aficionado, la racionalidad no salta a la cancha. El juego se trata de un discurso tan simple como maniqueo: los buenos (mi equipo) contra los malos (los rivales). De ahí arranca la partida que conduce hacia la gloria o hacia el infierno. No hay términos medios. Los tibios están censurados para calzarse los tachones o para vestirse con los colores de las escuadras en disputa.

Aún con la pasión inmaculada frente al balón, la dualidad entre victorias y derrotas como un todo del universo pambolero se ha desquebrajado en la actual “Era del futbol global”, cuyo fundamento primordial es el dinero. El cisma tiene fecha y lugar exacto: España, 2003. Ese año Florentino Pérez gastó millones de euros para que Zinedine Zidane, Ronaldo, Roberto Carlos, Luis Figo y David Beckham alinearan con el Real Madrid, cuya nomenclatura cambió al arrogante mote de “Los Galácticos”. A la par de la estrategia merengue, son cada vez más los equipos alrededor del mundo que basan su poderío en el capital. Adquieren a figuras de cualquier parte del orbe sin importar cuestiones éticas o lógicas más allá de las exigidas por el negocio de la pelotita. Escuadras como Barcelona o Liverpool, Manchester United o Juventus, PSG o Bayern Munich, al igual que los ya mencionados madridistas, tienen prohibida la senda de los perdedores. Sin importar los descalabros, cada año deben llenar sus estantes con, por lo menos, un trofeo trascendental —ya sea de la liga local, de copa o alguno de Europa— y varios de las giras que llevan a cabo por Asia, Medio Oriente o Estados Unidos.

El modelo empieza a copiarse en diversas geografías. Sólo en nuestra tan gloriosa como desabrida Liga MX, Tigres y Monterrey, los dos equipos más mediáticos y ganadores de los últimos diez años, cimientan su dominio en fichajes bomba cada semestre. Está bien creerle al Tuca Ferreti cuando dice que los futbolistas no juegan solos, pero desde los partidos de la primaria todos sabemos que siempre será menos complicado obtener el triunfo con once individuos que la tallen como dioses. La metodología del futbol actual parece darle la razón al mercado. Entre más recursos posea un conjunto más tendrá para invertir en su aspecto deportivo, ya sea comprando cracks o invirtiendo en sus fuerzas básicas.

Si bien las diferencias entre el manejo de un club y una selección nacional son evidentes, existen nexos entre uno y otro que siguen la misma norma de costo/beneficio entre finanzas e inversión. Ni España, ni Francia, ni mucho menos Alemania —por nombrar a los últimos campeones— podrían haber conquistado la Copa del Mundo si sus ligas no contaran con una cantera que recluta, cuida, exporta y goza de jugadores que valen millones de dólares. Sin embargo, la ecuación monetaria no funciona cuando se trata de la Selección Mexicana de Futbol.

Existe una paradoja implícita en el Tricolor, nuestro equipo conformado por Guerreros Aztecas —algunas veces llamados “ratones verdes”—. Económicamente se encuentra entre los mejores cinco equipos nacionales del orbe con ganancias por su participación en Rusia por más de 300 millones de dólares. Es el único equipo en el Mundo que tiene dos sedes: Estados Unidos y México. En ambos países puede llenar estadios de más de 50 mil espectadores sin importar el rival, el horario, ni la alineación que presenta. Como ejemplo de la esencia binacional de la escuadra azteca se encuentra el número de mayo de 2018 de la versión anglosajona de Sport Ilustrated. En su portada, la revista mostraba al Chuky Lozano, El Chicharito Hernández y Carlos Vela bajo la leyenda: “America’s other team”. Más allá de las declaraciones antimexican de Donald Trump y ante la ausencia de los suyos en la justa mundialista, el “otro equipo” de Estados Unidos fue el Tri que no sólo representó a los paisanos migrantes, sino que además luchó por el orgullo deportivo de las barras y las estrellas.

El producto “Selección Mexicana” vende sumas millonarias. Junto a la Liga MX ofrece contenido para las televisoras más importantes del país: Televisa y Tv Azteca, pero asimismo para ESPN y Fox Sport, que se han volcado a ofrecer una programación diaria y hora a hora enfocada a la difusión de noticias de ambos tópicos. Todo ello sin contar los cientos de medios alternativos de televisión y las propuestas independientes por internet que llenan sus contenidos de futbol mexicano. Un fichaje de jugador, un resultado o un rumor sobre el nuevo entrenador del Tri desbordan las redes sociales. En chinga todos los aficionados tuitean o tratan de buscar el dato preciso que nos haga saber qué está sucediendo en tiempo real con nuestra escuadra. Si cualquier interés público por un tema genera dinero, el Tricolor ha demostrado que es la gallina de los huevos de oro porque su discurso comercial, donde se mezclan el mito y la identidad, es inagotable.

¿Pero cómo le hacen si son tan malos? Ahí el gran secreto de la escuadra. En los últimos siete mundiales el resultado ha sido el mismo: cuartos de final, lo que demuestra que somos un equipo de media tabla. Para algunos los resultados exponen la continuidad de un mismo nivel, pero los más ya estamos cansados de fracasar intento tras intento. Aún con la frustración como esencia, seguimos al Tri y vamos a los estadios y vemos sus partidos y adquirimos sus playeras que cada vez son más caras. Los dirigentes del equipo saben el truco; los aficionados continuamos comprándoselo. A pesar de contar con millones y millones de dólares, los directivos se hacen bien güeyes para establecer un proyecto serio y a largo plazo que detone nuestro futbol desde la competición local. Los medios se dividen entre los que aplauden cualquier marrullería oficial y los que critican (pero poquito) la situación, porque son parte del mismo negocio. Y los hinchas seguimos de ambos lados de la frontera embriagados de ilusión.

Sentimos que el equipo encarna un nacionalismo apabullante. Sus apelativos así lo demuestran: guerreros aztecas, águilas mexicas, el Tricolor. A nadie se le ha ocurrido llamarle “los once mestizos del novohispanismo” o “los modernistas goleadores del porfirismo”. La escuadra es revolucionaria, es aguerrida, es nuestra. La sentimos cargada de identidad como el mole de guajolote (¡qué viva!), el mariachi, el tequila o los elotes con chile del que pica. Las buenas conciencias dirán que esta percepción de un equipo es un absurdo o de plano una pendejada. Pero volvamos al Tano Pasman: esto es futbol, donde juegan las pasiones, no los razonamientos.

Este libro nace de esa misma pasión por el Tri pero alimentada por la rabia. A unas horas de haber perdido 7 a 0 contra Chile en la Copa América EEUU 2016 —la derrota más humillante de nuestra historia—, necesitaba una vía espiritual para purgarme de tanto coraje que no me dejaba ni dormir. Me la pasaba pensando en cómo un individuo que gana 1.2 millones de dólares al año —sueldo del colombiano Juan Carlos Osorio, en ese entonces técnico de nuestra escuadra— y once profesionales, le pueden escupir al rostro de manera tan extravagante a una nación entera. Por eso quise escribir un texto que, al igual que a mí, estimulara a la afición mexicana a extirpar la furia de su alma luego de semejante infortunio. Lo confieso: esto es en realidad un libro de autoayuda disfrazado de análisis filosófico y deportivo.

Durante el proceso comprendí que no podría escribir sólo y desde el futbol si quería reflexionar sobre la historia de los últimos 30 años de la Selección Mexicana. A diferencia de lo que se cree, el equipo representa más un fenómeno social que un evento atlético. Cuando juega el Tri disminuyen los índices delictivos, un triunfo o una derrota del equipo influye en el ánimo de los electores cuando el Mundial coincide con las votaciones presidenciales, y el mismo discurso derrotista de la escuadra es una constante en el imaginario de la historia nacional.

Era imposible abstraerme de otros temas al ahondar en el futbol mexicano que repite lastres de nuestra cultura reciente: las ganancias millonarias que más que bonanza generan corrupción y desigualdad, la incapacidad de cuidar a las nuevas generaciones, las diferencias clasistas y raciales entre norte y sur. Esta visión panorámica se nutre de mi alejamiento del tema. Más allá de las cáscaras de barrio no jugué en equipos profesionales, como tampoco mi labor en el periodismo ha estado enfocada al deporte. Si bien la trinchera de aficionado llena de subjetividad el texto, también le concede una honestidad en la escritura. No tengo nexo con medio alguno, como tampoco relaciones con equipos o personajes de la “familia futbolística” más allá de mi sincera devoción por los Pumas de la UNAM (acá van las mentadas de madre por parte de los lectores a quienes les reitero la máxima del género ensayístico: éste es un libro de buena fe).

Para intentar la mitología de la Selección Mexicana la obra sigue los pasos a los que nos tiene acostumbrados la escuadra. Empieza los torneos con destacados triunfos, alimentando nuestra ingenuidad, para terminar cagándola en grande. Así el libro: inicia con la gloria olímpica para finalizar con el infierno de la eliminación mundialista. Luego de varios años de escritura y tras Rusia 2018, confieso que mi ira no ha menguado como tampoco mi amor por la camiseta.

Esta es la historia de un equipo que parece impedido para la victoria y que en el fracaso ha encontrado la seducción de los hinchas, los medios y el mercado. ¿Y entonces por qué seguirlo? Porque soy mexicano.

XALBADOR GARCÍA (México, 1982), escritor y académico. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ferviente seguidor de los Pumas de la UNAM. Delantero centro tendiente a buscar espacio de acción hacia la banda derecha. Como portero tuvo una labor decente, sobre todo cuando ya no pudo correr en campo. No llegó a primera división, porque se chingó la rodilla. Además, es Doctor en Literatura Hispánica por El Colegio de San Luis. Autor de siete libros. Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas y en el Instituto Cervantes de Manila. Ha sido profesor invitado en las universidades del Ateneo (Filipinas) y Miami (EEUU), donde llevó a acabo un postdoctorado en Literatura, Historia y Humanidades Digitales. Actualmente colabora con medios nacionales e internacionales, y se desempeña como catedrático del Tec de Monterrey y del Centro Morelense de las Artes.

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