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Un viernes

Verano en el Distrito Federal, soleado por la mañana, temperatura agradable, el volumen de trabajo de ese día era ligero, un par de encargos que debía solventar y una diligencia alrededor de las cuatro de la tarde, poco después de la hora de comer. Una vez completada, ya de camino a su oficina en la calle de 5 de mayo; tuvo a bien detenerse en el local número 11, de los editores W.M. Jackson, INC., a tan solo dos cuadras de su despacho. Al ingresar, escucha el ruido agudo del rechinar de la puerta y el sonar de una campana que colgaba de ella, ambos sonidos rompen el silencio del interior; se quita el sombrero (Tardán, su marca favorita) y antes de colocarlo bajo el brazo lo inunda el aroma a papel.

Gabriel nació en 1886, el mundo, evidentemente, era otro, no mejor ni peor, simplemente diferente. Gobernaba “don” Porfirio, no se descansaba (aún) el 20 de noviembre; Doroteo Arango tenía tan solo ocho años; la Torre Eiffel aún no se empezaba a construir; el Imperio austrohúngaro estaba en la pubertad. Es posible que sus recuerdos fueran emanados de un daguerrotipo y sus sueños fueran aún en blanco y negro.

Ese día estival, como (casi) todos, salió de su casa en la calle de Martí, caminó al oriente rumbo la avenida de los Insurgentes donde esperaba el camión que lo llevaría a la Alameda. Al llegar, descendía y cruzaba San Juan de Letrán, andaba sobre la calle de Madero para escuchar misa en punto de las ocho de la mañana en la Iglesia de San Felipe de Jesús. Al concluir la ceremonia, partía a su oficina, donde dedicaba su tiempo como proveedor y experto en material para joyeros. Era un oficio solitario, en una ciudad llena de gente, pero que, por su carácter introvertido era el trabajo idóneo.

Al ingresar a la editorial, un hombre de unos sesenta años vestido de traje color gris claro, corbata color azul marino, se acercó a preguntar el motivo de la visita. Gabriel, se ajustó la corbata y de manera cortés se presentó para hablar del motivo que lo llevaba al lugar. Gregorio escuchó atentamente la petición y le hizo pasar a sentarse. Gracias – alcanzó a responder. Pocas palabras, como toda su vida, “He llegado esta mañana a las 9 y he aprovechado muy bien el día”, la postal enviada desde Zurich fechada el 7 de agosto de 1907 dirigida a su madre, era un fiel reflejo de su personalidad. Aquel viaje intercontinental lo había marcado de forma inequívoca. Cruzar el Atlántico a bordo de un barco en compañía de sus dos hermanos, fue ver abrir los ojos a un mundo que no tenía que ver con el suyo, a pesar de que nunca sufrió de escasez de ninguna índole el desarrollo de aquella vieja Europa resultaba otro mundo comparado a un país que no tenía ni un siglo de existencia. Fue en esa travesía, donde conoció la ópera, pasión que de la que no pudo desprenderse y heredaría a su hija mayor.

La recepción tenía un ambiente quieto, a pesar de estar junto a una calle transitada a esa hora en el centro de la ciudad. Minutos después, el dependiente, le mostró un ejemplar de uno de los libros y escribió un par de cosas en una libreta negra con pasta dura que le acompañaba. Gabriel, lo tomó y con el dedo índice de la mano derecha lo abrió lentamente, para luego, mirar y leer lo que estaba impreso en las primeras páginas. Levantó la cara y miró a través de sus gafas a Gregorio, asentando de forma amable y sonriendo solo para su interior como lo hacía solo en las tardes de toros en la Plaza México.

Era tal y como lo había solicitado unos noventa días antes, en plena primavera. El primer contacto lo había hecho vía telefónica a una de las dos líneas (una de ellas provista por la Empresa Erickson y la otra de la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana) que poseía la casa editorial. Aquella primavera había pensado no solo en la mejor forma que se puede compartir la educación. Reflexionó que el origen del conocimiento es la vida y los libros son la voz de esto, Gabriel, ahora, padre de cinco hijos, el mayor con once años, buscaba de alguna forma, asegurar que esa voz fuera escuchada en casa.

El pedido número 81919, fechado el viernes 11 de julio de 1947, estipulaba la compra de la de los veinte tomos de “El Tesoro de la Juventud” encuadernados en tela, además de un estante para colocar dichos volúmenes. El precio de $465.00 -imagino- no era precisamente una ganga, a su favor jugaba el compromiso de pago era hacerlo en dieciséis abonos mensuales, un poco más de año para que, Gabriel Cajiga, – mi abuelo – pudiera liquidar en su totalidad el monto pactado. Al salir del local, caminó a su oficina, recogió su portafolio y tomó el tranvía de color amarillo que salía con dirección a Avenida Coyoacán a través de Insurgentes para descansar el resto de la tarde en casa. El viaje de regreso sirvió para terminar de leer las noticias del día en el periódico acompañado con el ruido de la lluvia de las tardes de verano capitalinas que rebotaba en los cristales. La enciclopedia, que tomo en mis manos para su lectura, reposa hoy día en casa de mi hermana. El rastro legal (apellido) de mi abuelo, que murió dieciséis años antes de mi nacimiento en 1971 -y del que poco conozco- desaparece (en mi clan familiar cercano) en la siguiente generación, sin embargo, el carácter metódico, introvertido y detallista (del que hablan mis tíos) lo puedo rastrear en la mayor de mis hijas, María José. Es a través de las palabras (escritas y habladas), que puedo rascar en la memoria de la gente que me precede lo que soy hoy día, lo que eventualmente dejaré y lo que seguirá uniéndonos por siempre.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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