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Una muerte silenciosa

Sentada al filo de un espejo natural, las nubes danzan, posan y pasan. Me hacen sentir que mi soledad es pasajera. El paisaje me acecha como si no me reconociera, como si yo no perteneciera a este lugar; es verdad, no soy digna de esta majestuosidad. Me consuelo pensando que quizás ningún humano merece vivir y disfrutar algo tan extraordinario.

Los ruidos del bosque me arrullan, me resultan anestesiantes, adormecen mis sentidos por un instante, me hacen olvidar por qué estoy aquí. Los árboles aparentemente me acompañan, pero en el reflejo me dan la espalda, puedo ver cómo sus hojas están en peligro, penden del hilo de un otoño intempestivo. Yo también estoy manteniendo el equilibrio, tiritando a la orilla de un puente desgastado y roto por el que muchos se han aventado. Estoy a un paso atrás del futuro y a uno al frente del pasado. Veo mi reflejo distorsionado, al otro lado de mi realidad. Me es inevitable imaginar mi cuerpo ahogándose, desvanecerse.

¿Soltar o saltar? ¿Saltar o soltar? Aquí ya no hay marcha atrás. El miedo es esto: un maldito puente inconcluso, una fractura en el tiempo. Me pregunto: ¿cómo se sentirá mi último aliento?

Aquí ya nada ni nadie puede salvarme. Los espejismos y el abismo son el mismo camino. Me sobra el horizonte para reflexionar que no fui mala persona, pero sí tomé malas decisiones. No llegué hasta este puente por casualidad. ¡Estoy huyendo! Huyo de mis pérdidas irreparables, de las piezas que me faltan y de todos mis fantasmas. Huyo de los terremotos y de los escombros. Huyo de los desastres naturales; incluso de los que provoco sólo con abrir la boca. Huyo de las desgracias y los accidentes, de las enfermedades y pandemias, y de todo lo que creo que no soy responsable ni debo pagar las consecuencias. Huyo del amor y el desamor, de la compañía y la soledad, de los miedos y la ansiedad. Huyo del caos, el maldito caos, que sólo me ha hecho girar y girar. Huyo de la desesperación que se supone mi generación: de este olor a futuro inestable y del mal sabor del pasado irremediable. Huyo del sufrimiento, de las relaciones tóxicas, de los secretos y de los malos recuerdos. Huyo de los enemigos con máscaras de amigos, de la envidia y la hipocresía. Huyo de la pobreza y la riqueza, de la burocracia, la religión, la corrupción, la discriminación, la misoginia, la explotación sexual, los feminicidios, la delincuencia y del sistema de mierda que nos aniquila. Huyo de todo lo que creo que está mal. Huyo de mí misma, de mi reflejo al mirarme en este espejo. Sí, estoy huyendo de la Diana reflejada en este lago porque me doy miedo. 

No llegué aquí por casualidad.

Me coloco al borde del barandal del puente, la madera rechina y las puntas de mis botas sobresalen. Siento como una cascada química recorre mi interior hacia una corriente sin salida de emergencia. Las piernas me tiemblan, puedo ver mis venas dilatadas y todas las conexiones sanguíneas en mis palmas. Los vasos de mi piel se contraen. Desconozco la profundidad del lago, pero estoy aproximadamente a siete metros de él. Si me aviento de cabeza y el lago es poco profundo lo primero que me sucederá será una lesión medular o un traumatismo craneal antes de ahogarme. Me pregunto: ¿el agua penetrará primero mis pulmones o mis cuerdas vocales sufrirán un espasmo? La incertidumbre me invade, pero ya es demasiado tarde.

¡Salto del puente!

Hay tan poco oxígeno, mi torrente sanguíneo absorbe el agua dulce del lago. Mis pulmones se han quedado sin aire, el agua los está inundando. Las bacterias, las algas y la tierra recorren mi sangre. He llegado a mi punto de quiebre, así se siente cruzar al más allá. Giro y giro como un remolino, doy vueltas bajo el agua, pero no toco fondo. Mi corazón está trabajando a un nivel crítico, mis funciones vitales se desvanecen.

Esto es el final; este es el verdadero puente entre la vida y la muerte.

Acabo de entrar a otro mundo, estoy al otro lado del espejo, en otra realidad. Me invade la oscuridad. Esto es lo más parecido a la soledad; soledad pura y líquida. No veo nada. Las extremidades no me responden. Mi cuerpo está adormecido y pesado, muy pesado. Ya no tengo casi conciencia sobre mí, ni sobre el presente. Aquí el tiempo ya no existe. Me hicieron creer que en este punto debía invadirme un mar de recuerdos.

La memoria se ha esfumado, mi vida también. Mi cuerpo flota. Debería estar muerta.

“Una muerte silenciosa” de Diana Lerendidi forma parte de nuestro libro antológico Puentes.

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