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#2

Almohada fiel que baña la sal de mis ojos verdes.
Mírame, mírame, no soy buen actor y sálvame,
sálvame, de mí, de mí, de mí.

El abrazo del erizo; Mikel Erentxun

Siempre la imaginé de ojos verdes, pero decoloraron y creo que nunca retomaron su color. Y la vuelta de la esquina llegó (no se adónde fui) a once kilómetros de la caseta y pintada de amarillo (con un grafiti de Zapata).

Vivo otro mundial en el mismo lugar (¿yo o el mundial?). Creo que los dos. Buscaba otro color de ojos (¿cuántos pares más?). Sin pelo (ni expectativas) pero con esa memoria del futuro de la que habló Borges y la ilusión del sueño de Valdano.

Curioso, no empezó en jueves —¿te acuerdas de los jueves?—, fue un viernes (como la primera y la anterior a esa). Los Cocteau Twins cantaban a media noche del verano, llovía como siempre y mi memoria de aquel día era más grande que la de ayer (pero hoy duele más). No tenía una explicación razonable, eran demasiadas coincidencias —que yo mismo inventé—: el verano de Tarzán, mes de julio, yo no debía estar ahí. (Siempre acabo juntando letras, pero en algún momento creo que si lo llegué a vivir).

—Soy buena onda, pero no me pidas que te meta al evento, por eso, no pierdas tu gafete. Ella sonreía mientras yo memorizaba sus decolorados ojos verdes.

Fue un mes extraño, días, un mes con cincuenta y tres días, algunos de dieciocho horas, otros, aún no terminan. Ese lunes, nublado (como cualquier tarde decepcionante) no planeaba dormir tarde; al llegar al lugar miré sin buscar, en realidad sí lo hacía (no le dije a nadie, ni a mi mismo) y me senté a disfrutar por partida doble del desfile. Al minuto quince de la primera parte, algo desvió mi atención (otros ojos, otra vez) ahora acompañados por un saludo. Nervio, el de siempre —las personas especiales me ponen nervioso—, se acercó para decirme que ya venía su trabajo, luego, desapareció. No volví a saber de ella hasta dieciséis horas después, voz convertida en fibra óptica y mi sonrisa como reacción. Resultado: sábado fuera de aquí. La vida abría una puerta y yo no era quién para cerrarla, aún desconociendo si existía alguna salida del otro lado.

Pensé haberla visto algún día, en algún lugar —no era cierto, a quién (me) engaño— pero era tal y como solo el Gabo podría concebirla y Billy Sánchez pudo verla. Hogarth había escrito sobre ella siete años antes y cubriéndose los ojos, pudo describirla a la perfección. Yo no sabía que aquel viernes, el orden de mi memoria variaría de tal manera que todos estos recuerdos crecerían y moverían todas aquellas cosas que permanecían en el lugar destinado a mi felicidad.

Tenía que mantenerme alejado de mí. Tarde lluviosa, su risa y su sonrisa, eran parte de otro tiempo. Sólo encontré una manera de expresar la impresión que quedó de ella en mí: escribiendo este relato. «Todos los veranos acaban igual, ocupando un sobre sin dirección (pero yo volvía a inventarme esas coincidencias y hechos que nunca supe si existieron)».

Ella sonaba como música de vasco —a pesar de no saber que lo hacía—, fue entonces que entendí cómo había recorrido esos once kilómetros después de la caseta, llevado por lo que podía ver mi memoria y sintiendo algo que ya tenía polvo por el desuso. Ahora que pienso (escribo), podría describir cada metro de esos once mil hasta dar con la pared amarilla con grafiti de Zapata frente al kiosco-no-te-puedes-perder-aquí-no-hay-lugar-para-perderse-está-frente-un-pitseria– (sí, con t y s) das-vuelta-a-la derecha-luego-izquierda-semáforo-derecha-dos-cuadras-izquierda-y-la-primera-casa-de-esa-cuadra.

No se me olvidaba, era claro adónde yo quería ir, pero nunca le pregunte si ella quería llegar allá conmigo.

No recuerdo cuántos días duró ese sábado, pero tuve que desplazarme al domingo para saberlo. Todo aquello que pasó ese fin de semana y en especial las tres últimas horas de este han desaparecido por ahora, hasta el momento en que decida recordar.

¿Por qué la conocí? Alguien me debe una explicación. Nunca entendí que fue lo que pasó, me cuesta recorrer de regreso esos once mil metros y ese raro mes de julio, ¿por dónde me perdí? Sólo un golpe de absoluta sinceridad me despertó en agosto y todo aquello que sucedió aquel mes desapareció de pronto.

Pero aún tengo ansiedad de escribirle y describirla, le di otra vuelta a la esquina en la que no busque, creo que la recorrí en otra vida. ¿Dónde quedó todo esto que estuve pensando, sintiendo (consintiendo anoche)? Su recuerdo podía repetirse tanto que empezó desgastarse, por lo que decidí poner pausa y acordarme de ella (completa), sin excusas y sin tiempo, vestida del color del corazón. Esa sensación me duró por los días del resto del verano, sus noches y el resto de mi vida. Su imagen no volvió a moverse (o no lo quise mover, ni sacudir) y se convirtió en algo que se llegó a confundir con un ornamento. Quería enseñarlo, sin embargo, sólo podía verlo colgado de mi mente y amarrado al corazón, de ese lugar donde los sentimientos fijos se plantan para poder ser vistos y vividos. Pero ya no quiero desgastar su recuerdo, no quiero descolgarlo (por ahora), quiero seguir creyendo que fue en un punto entre esos once kilómetros que nunca recorrí (¿o sí lo hice?) y que no llegué a esa casa amarilla con grafiti de Zapata; quiero creer que ella siempre existió y que yo nunca lo hice, pero en otro lugar, en otra esquina, siempre estará enganchada a mi esperanza, en algún punto del resto de mi vida.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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