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ADN: HERENCIA ESCRITA

Su tesoro, los libros, estaban ahí, en el estudio, el lugar dónde murió, en la misma posición, como los había dejado.

Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz. Si quieres que sea mejor, hazlo más feliz.

El Olvido que Seremos; Héctor Abad Faciolince.

Big questions get big answers.

Francis Crick. (Life Story 1987, BBC)

La Real Sociedad acaba de vencer al Deportivo La Coruña por 0-1, con gol de Antoine Griezmann, resultado que, combinado con la derrota del Valencia ante el Sevilla, en una noche mágica de Álvaro Negredo -4 goles- los calificaba a la previa de la Champions League. Un logro mayúsculo, tomando en cuenta que dos años antes aún paseaban el orgullo golpeado (y nuestro amor incondicional) por la segunda división tras permanecer ahí tres aciagos años.

Era un 1 de junio, un domingo soleado, el día posterior a mi cumpleaños número 42, habían transcurrido cincuenta y cinco días de la muerte de Goyo (y esa imposibilidad de llamarlo padre o papá, y mi mamá, Cristy, nos había invitado (a tres de sus cuatro hijos) a comer a su departamento. Mi hermana menor residía entonces en Singapur; en algún momento lamentaría ese hecho. El motivo aparente para dicha reunión, era la celebración (un decir) de mi onomástico. El cáncer (puta enfermedad) había pillado a mi papá en un contragolpe y lo había liquidado en tan solo tres meses. Por lo que, a pesar de la tristeza, tenía motivos que agradecer, además de mi cumpleaños -y la vida-, el futbol delicatesen que la Real había desplegado en los últimos meses que ayudó a sobrellevar de alguna forma el dolor.

Me presenté sin expectativa alguna, mi madre, aunque tranquila, no estaba para fiestas. Fui el primero en llegar, así que estuve charlando un rato con Cristy sobre nimiedades de la vida diaria. El resto del equipo llegó poco después. La comida se desarrolló con normalidad, fue hasta el tiempo del postre cuando mi madre nos dijo: “Ya no quiero ver los libros de su papá, decidan qué hacer con ellos, ustedes sabrán si se los quedan, los venden o regalan, quiero limpio ese cuarto”. Mi mundo se iluminó.

El ADN es el germen de la vida. Lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos: todo está está escrito ahí. La genética no miente. No tiene forma de hacerlo, lo expresa de manera clara y contundente cada minuto de nuestra vida. Goyo fue ante todo un lector. El día que fue merecedor de un Doctorado Honoris Causa, durante su discurso de aceptación, su primera cita fue de Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído”. La imagen que tengo de él durante mi infancia, pubertad y vida adulta era siempre estar rodeado de libros. Siempre leyendo (o escribiendo), siempre compartiendo ese hábito de la lectura. Las ocasiones que pedía recomendación de algún tipo de lectura lo hacía con una sonrisa y con una pila de sugerencias. 

Su tesoro, los libros, estaban ahí, en el estudio, el lugar dónde murió, en la misma posición como los había dejado. Cientos de autores, miles de imágenes, historia del mundo, momentos que marcaron el destino de la humanidad. No puedo deja de sentir ese momento, su voz recomendando lecturas de todo tipo. Entramos y hablamos, llegamos a un arreglo: escogeríamos un libro cada turno, sortearíamos el orden del proceso y al final podríamos hacer trueque si el poseedor final lo avalara. Toda una vida lectora a nuestra disposición. Fuimos tomando uno a uno, pedazos del ADN de mi padre, trozos de su historia, libros que lo hicieron vibrar, sonreír y sentir. Momentos de su vida que, seguro estoy, compartiría gozoso. Eso era Goyito en esencia. 

Hubo ejemplares que eran codiciados, libros desconocidos para mi limitada cultura, letras e imágenes que tenían diferente significado para cada uno de nosotros. Apilamos los libros sobre el suelo en columnas visibles, para que los tres tuviéramos contacto visual con ellos. Estaban repartidos por todo el estudio, con cierta distancia entre ellos para poder circular y poder decidir en el momento de elección. Novelas, ensayos, libros de fotografías, Revolución Mexicana, Segunda Guerra Mundial, ediciones extrañas y textos malditos. Fue difícil escoger el primero. Sabías que arriesgabas mucho en esa decisión, perder otras oportunidades, como la vida misma. Fuimos haciéndonos de nuestros elegidos y al final, como lo acordamos, hicimos canjes de uno por otro e incluso tres por uno, si lo ameritaba. Al final los tres salimos satisfechos, por lo que nos llevamos, por lo vivido, por aquellos que nos dejó. Nuevas y viejas letras habitarían ahora bajo mi protección y algún día (deseo) bajo el cuidado de mis hijas. Aún tengo pendiente una primera edición de El amor en los tiempos del cólera que se llevaron. Ya será para otro día.

La vida va de compartir lo que eres. “No me agradezcas, retribúyelo”, me alcanzó a decir en momento de lucidez, ya cuando el cáncer lo tenía doblado. Es ahora que lo verbalizo (escribo) que puedo medir la magnitud de mi herencia. Las cosas no pasan de ser eso, cosas, pero toman diferente sentido en el momento que sirven como catapulta para enriquecer tu mundo. El de todos. Lo que me dejó mi papá (además de buena memoria y la barba partida) tiene que ver con su visión de la vida, con lo que hizo y sobre todo por el amor derramado que fue suficiente para alimentar a mis hermanos y toda nuestra descendencia. Gracias por todo, Goyo.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.

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