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Cabeza de caballo

Mientras conduce, asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno.

Por: Alejandro Ruiz

Un hombre conduce un coche mientras piensa. Transita por una autopista bien cuidada y con poco tráfico. Hace pocos minutos ha conectado las luces, a pesar de que no es necesario del todo, el sol ha desaparecido tras los montes más cercanos, pero el cielo todavía está claro. Es una tarde de principios de primavera y la meteorología comienza a mostrarse más clemente, pero el hombre prefiere anticiparse y no verse sorprendido por las ráfagas de aviso de otro conductor.

La poca densidad de vehículos ha hecho que poco a poco se haya ido sumergiendo en sus pensamientos, sabe que por ello puede tener alguna distracción leve, por eso trata de concentrarse en operaciones rutinarias para no perder el control. Piensa en la cabeza de un caballo, cercenada bajo la quijada. Al encender las luces ha perdido por un segundo el hilo de sus pensamientos y recuerda que en ese momento el maletero del coche está vacío. Y por un instante los dos pensamientos se mezclan y calcula exactamente cuántas cabezas de caballo podrían caber dentro del maletero. Estima que no más de tres, a no ser que sean de potro, que supone ocuparían menos volumen.

Pero no tiene la seguridad de saber cuánto más pequeña puede ser esa cabeza respecto a la de un caballo adulto. Al pensar en una cabeza de caballo independiente del cuerpo, tiene presente la escena que aparece en la primera parte del Padrino, pero no posee ninguna referencia en cuanto a cabezas de potro.

En realidad, cuando piensa en ellas, lo que le viene es la cabeza de un poni, no está seguro de haber visto en toda su vida lo que se entiende por un potro. En su niñez ha visto yeguas con sus crías, pero cuando estas eran aún demasiado pequeñas, y él entiende más bien que un potro es una especie de caballo joven, algo con más cuerpo. Al pasar por la palabra ‘cuerpo’ retoma el tema inicial de su pensamiento. La luz ha cambiado entre tanto, el uso de las luces no es necesario pero sí muy conveniente. El cielo cambia muy deprisa tan al norte, en esta época del año.

El hombre que conduce es escritor; quiero decir que escribe de forma diaria desde hace unos cuatro o cinco años.

Desde que salió de la casa en la que comió con unos amigos y se metió en el coche, piensa en un texto en el que quiere que aparezca un potro. Durante la comida sus amigos le hablaron de la matanza que habían hecho el invierno anterior. Lo mismo que el conductor había visto yeguas también había participado en la matanza de un cerdo, en las tareas más sencillas que le permitían participar por su edad.

La familia de sus amigos es muy amplia y le han comentado que han matado dos cerdos de buen tamaño y un potro. Reservaron un par de piezas para embutido y con el resto de la carne hicieron chorizos y salchichones. Embutido de cerdo y potro.

-¿Chorizos de potro?

El conductor ha probado la carne de caballo, pero por alguna razón le parece antinatural sacrificar y desollar a un potro para comérselo. Cuando alguien no sabe matar a un cochino, y aún así empuña el cuchillo largo y afilado que se usa para hundirlo en la yugular, chilla de una forma desgarradora, principalmente porque lo hace como una persona. Y una vez colgado de un gancho por los tendones de las patas traseras, abierto en canal y eviscerado también parece un cadáver humano.

La piel, quemada para hacer desaparecer el vello, se lava con agua y por la pérdida de sangre y consistencia, se contrae tirante y rosada, arrugada en los cortes como una puntilla. La carne también recuerda el tono de la carne desechada tras una amputación, después de haber aprovechado la sangre en un barreño. La similitud entre el cuerpo sacrificado de un cerdo y un cadáver humano es grande y hay personas que por ese motivo no lo soportan. Aunque sólo es un animal.

Pero, por alguna razón, al conductor le impresiona la imagen de un potro abierto desde el cuello hasta el ano sobre un gran banco de matanza. Su peso ha de ser demasiado para colgarlo de una argolla del techo. Tiene algo de sacrilegio el matar a un caballo joven, o esa es la impresión que le da en ese momento, pues no recordaba haber sentido algo así cuando años atrás comió cecina de caballo. Mientras conduce, asimila la imagen del caballo agonizante a la muerte de un ser mitológico, de algo que participa de la esencia divina. Tal vez es la misma percepción que los indígenas de las regiones árticas podían tener del reno.

Un caballo muerto, y además para hacer comida, le parece irreverente.

A este respecto, como en un lugar apartado, quedó la duda de qué se haría con la cabeza decapitada del potro. Podía ser que su carne fuera exquisita, pero no era capaz de imaginársela servida en una bandeja. Porque una cabeza de caballo es algo muy grande, algo más que una cabeza humana y en muchos sentidos más elegante que esta. Pensó que en el maletero ahora vacío de su coche podrían caber no más de tres cabezas de caballo. De potro puede que más, aunque no podía imaginar cuántas, sólo le venía a la mente la cabeza de un poni.

La idea que tiene el conductor es la de hacer un texto en el que la mención del sacrificio y despiece de un potro sea el soporte sobre el que desarrollar un diálogo entre una pareja, a cerca del malestar que al hombre le ha producido comer con una persona que ha salido de la cárcel tras una condena por asesinato. Han hablado en el transcurso de la misma sobre la matanza de un caballo espiando las reacciones del asesino. La mujer reprochará al hombre sus prejuicios y con ellos se evidenciará el desmoronamiento de la propia pareja.

El texto se llamará ‘Cabeza de Caballo’, y es posible que lo trabaje en forma de diálogo, como una obra de teatro, pero sin acotaciones.

Pero el conductor no tiene claro cómo desarrollar el texto. No tiene dominio del trabajo teatral, de sus ritmos y códigos, pero sí tiene facilidad para escribir y hacer un diálogo como si fuese un cuento, un relato corto. El problema que tiene se debe a que no lo ve claro, no encuentra profundidad. Podría escribirlo al bajar del coche y llegar a su casa, y puede que incluso le saliese bien, puede que fuera un buen texto emotivo en el que crear tensión con unos personajes que intercalan la alusión al potro muerto entre sus propios problemas, en el que al final se descubriese que el invitado a esa comida había estado en la cárcel por asesinato.

O tal vez podía resultar mejor empezar directamente diciendo que el invitado es un asesino y después que la pareja recordase la comida y las referencias al potro muerto. El conductor sabía que había muchas posibilidades para construir un buen texto, pero hay algo que se lo impide, que le perturba. Sus propios sentimientos al respecto del potro real, muerto y conservado meses atrás. Conforme más le da vueltas menos decidido se siente con la historia.

Duda ya incluso hasta del título del texto a pesar de que le gusta; lo adecuado sería llamarlo ‘Cabeza de Potro’, pero suena indudablemente peor.

En ese momento le nace la imagen de una cabeza de potro, o a lo mejor la de un caballo joven, es igual. La cabeza que se imagina está putrefacta en un estercolero, medio cubierta de desperdicios en un basurero oscuro. Se pregunta qué es lo que se puede aprovechar de la cabeza de un caballo. Tiene en realidad poca carne y no conoce a nadie al que le gusten los sesos o los ojos de caballo. Necesariamente siente náuseas al pensar en una persona metiéndose en la boca un gran ojo de caballo, piensa en la posible textura del líquido ocular coagulado y blanco. Intenta evitar las náuseas diciéndose que la consistencia puede ser similar a la de un huevo cocido, pero eso tampoco las contiene, más bien al contrario.

Examina la autopista y no parece que haya un área de descanso lo suficientemente cerca. Pulsa el contacto de las luces de emergencia, que está al lado del ya accionado de las luces de largo, y detiene el coche en el amplio arcén. Se suelta el cinturón al mismo tiempo que apaga el contacto y abre su puerta. Le da el tiempo justo para rodear el capó del coche, cuya chapa nota caliente, antes de vomitar ruidosamente contra el asfalto húmedo.

La mujer que estaba dormida en el asiento del acompañante se ha despertado por el ruido. Baja la ventanilla y le pregunta si se encuentra bien. No recibe respuesta pero le acerca, estirándose, unos pañuelos de papel húmedos que hay guardados en la guantera para situaciones como esta. Hacía muchos años que el conductor no vomitaba al montar en un coche, ni siquiera yendo muy borracho.

Al volver al coche, le explica a la mujer lo que ha pasado. Luego ella se calla y vuelve a dormir. El conductor recapacita y desecha la idea de escribir ese pequeño texto teatral, no cree que pueda con ello. No cree que lo pueda hacer bien. En su lugar, imagina que tal vez pueda escribir un cuento sobre un escritor que quiere escribir una obra de teatro que se llame ‘Cabeza de Caballo’.

En ese caso no importará que en realidad trate sobre una cabeza de potro.

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