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Coronavirus en el primer mundo

En Holanda se han cancelado conciertos y eventos sociales con más de 100 personas. Museos, cines, teatros, escuelas y oficinas han cerrado hasta nuevo aviso. Las calles están vacías, estamos aislados.

Hasta unos meses el virus se vivía como un mito. Todo comenzó en una ciudad prácticamente desconocida para el mundo, en la región central de China. La información que se difundió en su momento, aunque parecía un tanto alarmante, era bastante lejana a nuestra cotidianidad: “El brote de un virus desconocido en una población en China que se ha esparcido con cierta velocidad en la región, los síntomas son similares a la gripe y aunque la taza de fatalidad es menor al 2%, es necesario tomar precauciones”.

No faltó mucho para que el virus tocara suelo europeo. El primer caso registrado fue en Francia, en el que un señor de 80 años perdió la vida a causa del virus. Aunque existía confusión, también reinó el escepticismo pues vivimos en una sociedad en la que estamos constantemente bombardeados de política, recesiones económicas, asesinatos, violencia y caos, por lo que la mayoría de nosotros decidimos mantenernos alerta, pero subestimando la magnitud de dicho nuevo virus.

No fue hasta que, a finales de febrero, Italia se convirtió en el segundo país con el mayor número de casos alcanzando los mas de 2000 contagiados principalmente en el norte del país. A la par, Francia, España, Alemania, Gran Bretaña y Bélgica iban reportando contagios, los cuales iban incrementando de manera casi incontrolable, por lo que la situación ya no podía pasar desapercibida. Hoy en toda la Unión Europea (con excepción de Montenegro) vive el coronavirus.

En Holanda, el país donde vivo, se confirmó el primer caso sólo unos días después de la crisis italiana. Tanto en los Países Bajos, como en algunas culturas similares, el pragmatismo es una de las principales características que los definen, por lo que las primeras comunicaciones oficiales fueron de no alertarse, pues la taza de mortalidad era muy baja y afectaba principalmente a adultos mayores y en términos porcentuales no era necesariamente considerado un riesgo, así que podíamos seguir nuestra vida cotidiana tomando las medidas precautorias necesarias.

Mientras tanto, el virus seguía arrasando por Medio Oriente, llegó a América, África y Oceanía, por lo que no tardó mucho en convertirse en pandemia. Fue ahí cuando muchos gobiernos comenzaron a entender que era necesario tener una estrategia en pie, pues lo que estaba por llegar sería difícil de abatir sin estar preparados. Italia se declaró en cuarentena a principios de marzo, cerrando sus fronteras, algunas ciudades, oficinas y escuelas para evitar la propagación del virus. Seguido por España y Francia, quienes, a pesar de no haber cerrado sus puertas en su totalidad, declararon estado de emergencia y mandaron a sus ciudadanos a casa a auto aislarse.

En Holanda no sólo crecía el número de contagios, sino también el pánico. Por primera vez nos encontrábamos inmersos en una situación novelesca y catastrófica a causa de una pandemia. Los síntomas se empezaron a presentar primero en casos aislados, pero con el tiempo también entre círculos de amistades cercanos. Entonces el gobierno holandés, quien había calificado las medidas de otros países europeos como extremas, se dio cuenta de los alcances del virus.

Las llamadas a consultorios médicos fueron en aumento y la instrucción a los pacientes con síntomas fue de permanecer en casa. Ni aquí, ni en Francia, ni en México, ni en ninguna parte del mundo es posible hacer las pruebas del virus a escala (una población entera) por falta de recursos. Sin dichas pruebas, es difícil saber el número real de contagiados a la fecha, difícil saber si el vecino es portador o no.

Ante esta realidad, resignados, los gobiernos europeos declararon cuarentena en la mayoría de los países más afectados con el fin de detener la propagación del virus, incluyendo Holanda, en el que se han cancelado conciertos y eventos sociales con más de 100 personas. Museos, cines, teatros, escuelas y oficinas han cerrado hasta nuevo aviso. Las calles están vacías, estamos aislados. Así se vive el coronavirus en el llamado primer mundo.

Esto es una situación que tomó por sorpresa al mundo, en el que los gobiernos han tenido que actuar en medida de sus posibilidades, ¿mal o bien?, no lo sé. Hoy creo que la mejor manera de combatir el virus (desde nuestro lugar) es informándonos, siendo responsables, tomando las medidas necesarias para protegernos, evitando lo más posible ponernos y poner al otro en riesgo, haciendo nuestra parte. Estoy convencida que esta es una responsabilidad colectiva, pues difícilmente el primer (o tercer) mundo puede venir a rescatarte, el virus ataca a todos por igual.

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