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Más de 300 mil víctimas de desplazamiento interno forzado en México… ¿Cuántas madres sin sus hijos?
Por: Jesús Olmos
Conocí a María. Era madre de una pequeña de apenas seis años. María, como he decidido llamarle a su historia anónima, es hija de un conocido doctor de una de las ciudades más ansiosas de la llegada de la vanguardista Reforma Energética, cuya prometida prosperidad nunca llegó; solo se abrió un hueco para quienes se dedicaban a la delincuencia organizada.
Una tarde, el hermano de María salió de casa a realizar sus actividades cotidianas, pero no regresó a la hora acostumbrada. Tras la angustia, la preocupación y el macabro juego de la imaginación, apareció en la esquina de su casa, asustado, herido, alterado y gritando. Habían intentado secuestrarlo. Tras las amenazas al gremio de su padre, la ausencia de la autoridad y la violencia vertida por quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, la familia no lo dudó, tomaron una maleta con algunas cosas y huyeron con un destino incierto, recalando en Puebla.
Su historia se une a un mapa terrible de personas que han dejado sus hogares y tienen sus testigos. Viven alrededor de mí, de ti, de todos.
La historia de María y su pequeña hija es una más de las historias sobre los efectos de la violencia, y cómo los mexicanos hemos pasado, de contarlo a lo lejos, a ser testigos de la tragedia en primera persona. Es una de las historias enclavadas en esta realidad violenta que se ha documentado entre 2006 a 2017, y que no tiene final a la vista.
En estos once años, la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos documentó que el desplazamiento originado por la violencia ha tocado a más de 300 mil personas, en mayor medida a sectores indígenas o en pobreza extrema, aunque también lacera a clases medias y altas sin medir condiciones sociales; no respeta ingresos ni profesión. Se enmarca en decisiones tomadas para huir del riesgo que corre la vida, para salvar lo mínimo, para no padecer, aunque se sufre.
María rehízo su vida. Su pequeña de 6 años ya tiene 10, tiene otro hijo y nunca deja de hablar de los amigos, la casa y todo lo que abandonó.
Ha decidido no ver atrás, no regresar, ya no dar la vuelta. Su vida desde un balcón en una zona donde no hay socialización la ha llevado a buscar un modo honesto de vivir, todo con perfil bajo.
Entrar a casa es mirar por el corredor, cerciorarse de que nadie los siguió, temer por una camioneta negra estacionada enfrente de su garaje.
Sentir una presencia extraña y estar en vilo si llamar a la policía o guardar su pena.
Ya visitó al psicólogo, alguna vez a un psiquiatra. Su hermano padece los efectos secundarios del trauma del intento de secuestro.
Para ellos no hay oportunidad de marcha por la paz, de una visita oportuna, de un domingo familiar anhelado, del beso de la abuela, la risa de los primos, el cuarto y su vista al patio donde asaban carne de vez en cuando, como cualquier familia, y se pasaba el tiempo oyendo el mar sollozar.
La historia de María se une a la de Ernesto o Karina, la de Ricardo, la de Juan o la de Antonio, jóvenes de entre 20 y 33 años, quienes se atienen a vivir en esta realidad; que no imaginaron, que no previeron lo que una tarde les llegó y tuvieron que aceptar.
María me pide omitir su nombre y yo asiento con la cabeza. Me pide no mostrar la foto junto a sus hijos. María me pide (y yo accedo a) contar su historia sin ponerle un rostro, porque María le teme a todo desde su soledad.

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