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Editorial

El disfraz de Michael Jordan

Es probable que se avecine un juicio moral en contra del deportista más reverenciado de todos los tiempos.

Advertencia para el lector: He decidido recuperar estas viejas líneas, escritas en febrero de 2015, sin haber visto un solo capítulo de The last dance, un fantasma que amenaza con atormentarme por el resto del confinamiento. El texto original fue publicado en Vavel Magazine.

Lejos de condicionar su legado, la recordada y atribulada aventura de Michael Jordan en el beisbol profesional le hizo parecer, de alguna manera, como un héroe de carne y hueso. Con límites, esencialmente. 

Desde aquel memorable enceste de último suspiro ante los Georgetown Hoyas de Patrick Ewing, en el duelo por el título nacional universitario de 1982, Jordan emprendió una vertiginosa escalinata a la eternidad, con su inquebrantable determinación como póliza de garantía.

Ni la trágica muerte de su padre, el supuesto idilio que gestó con las casas apostadoras y su salvaje concepción de la competitividad, fueron capaces de eclipsar la revolución conceptual, mercadológica y comercial que provocó en el deporte americano. Pero convertirse en el mejor —o haber aspirado a ello— implicaba ciertos riesgos para quienes le rodeaban.

«Nuestras prácticas eran bestiales, Phil, la mente maestra, ponía a Michael en el equipo de suplentes y a mí junto a Scottie Pippen en el de titulares. Eso para Jordan, con su carácter, era… inimaginable. Había peleas, se lanzaban puñetazos, de todo. Al menos no estaban siempre ahí los periodistas como pasa ahora», rememoraba Horace Grant, un actor de reparto infravalorado, quizá por haber sido señalado de desestabilizar el liderazgo de Jordan a ojos de la prensa.

Tras los sonados desencuentros con Steve Kerr y Jud Buechler, alguien tuvo la lucidez de preguntarle a Grant si podría decirse que Jordan sólo iba tras los pequeños chicos blancos: «No —dijo—. También le gustaban los chicos blancos grandes. Una vez, Will Perdue (un pívot de 2,13) bloqueó ilegalmente a Jordan, y este le dijo que no volviera a hacerlo. Phil Jackson insistió en que repitiéramos los movimientos y Michael se lanzó contra Will: boom. Corrimos a agarrar a Will para que no hiciera daño a Jordan. Al día siguiente en el avión, Will tenía todo el ojo morado».

Decir que Jordan tomó por asalto la inmortalidad podría desencadenar el derrocamiento del mito como modelo conductual. Es probable que se avecine un juicio moral en contra del deportista más reverenciado de todos los tiempos.

El fanático deberá ser más reflexivo que nunca: el legado del personaje que desafió las leyes gravitacionales y estéticas del baloncesto estará bajo escrutinio popular.

Por Ricardo López Si

Periodista, viajero y escritor.

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