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El juicio

Entrando en la sala

No era un día común. Ese 6 de enero a las 10:50 horas daría principio el juicio. La sala, ya dispuesta seguramente desde unas horas antes, estaba particularmente iluminada. No por menos luz, el veredicto iba a cambiar. 

Poco a poco fueron entrando los interesados. Una dama con expresión segura era indiscutiblemente la defensa del demandante, un hombre de mediana edad que, habiéndose sentido engañado, no tuvo más remedio qua acudir al proceso judicial para hacer valer su derecho de creación intelectual.

Mientras cada uno iba tomando asiento frente al juez, una pequeña corriente de aire frío, ya anunciaba que alguien se molestaría, provocando un momento agrio e inesperado.

El reloj marcaba las 10:49. El secretario de actas, un joven de aspecto tímido y cortés, pasó lista, hizo las recomendaciones acostumbradas y ofreció al señor juez la palabra.

Inicia el juicio.

10:50. Con un silencio de unos segundos, abrió la sesión oficialmente. El juez se presenta y empieza la lectura de hechos.

María Teresa Fuentes es ahora una joven que a sus 30 años no ha decidido vivir en pareja permanentemente; dedicó los últimos 15 años a viajar, como se mencionó en los diarios, usando los fondos correspondientes a una herencia familiar; una herencia que moralmente no debía recibir. Habíase quedado huérfana muy temprano en su adolescencia. La familia, de clase media, la había acostumbrado a algunos lujos de vez en cuando, sin embargo hizo demasiados gastos, mientras que el tío Marc, un hombre bueno, instructor de matemáticas, perdía su trabajo; ella no fue capaz de ofrecerle ayuda.

Un año antes Marité, como le llaman sus amistades,  hizo contacto en redes sociales con un caballero aguascalentense, hijo de un hombre que obtuvo durante  su vida activa como poeta, novelista y dramaturgo, algunos premios locales. Rudy, que así le había bautizado aquél literato, empezó a cortejar a Marité. Cada vez que Rudy pretendía llamar su atención, le obsequiaba un poema que él mismo escribía con gran habilidad.

Las pruebas

El reloj marcaba las 11:40 horas. El fiscal mostraba un ejemplar de la primera edición con el título “Me has herido”, cuyo contenido, un poemario objeto de este juicio, tal vez esconda entre líneas la verdadera intención de su autora. El nombre de  M. T. Fuentes aparecíó en el lomo, identificándola.

—-Su señoría, he aquí un manuscrito de un poema que he regalado a la señorita Fuentes y que aún no sé por qué aparece en el ejemplar como si de su autoría se tratara. —-Bruscamente y alzando un poco la voz, Rudy interrumpió la exposición de motivos del juicio.

—-Le solicito de favor guardar silencio y compostura. Debe usted esperar a que le cedan la palabra, caballero. —-Rudy se sonrojó al escuchar la orden.

El amor se hace presente.

Marité, pensativa, con una mirada que no dejaba duda de su asombro, intentó explicar que ella no había cometido tal infamia. Ha amado a Rudy desde el mismo instante que cruzaron palabras por vez primera. La forma tan elocuente de conversar, los poemas tan hermosos que había leído de su puño y letra. Pidió al señor juez unos minutos para recuperarse de un llanto que ya había iniciado.

12:00 horas. Marité ya con más calma se dirige a Rudy para decirle:

—-Cómo puedes dudar de mi amor por ti si has sido lo más importante de mi vida. Te quiero mucho e inclusive hace unos meses rechacé la propuesta matrimonial de Carl, quien se ha enojado y  no lo he vuelto a ver.

Se escuchó un silencio en la sala. Ninguno de los presentes esperaba esta declaración amorosa. Pasaron a declarar y dar testimonio cada una de las personas que entraban a la casa de Marité, ninguna de ellas con los motivos suficientes para dañar la reputación de la joven.

El receso

13:50 hrs. El juez pide al secretatio de actas y a los abogados de ambas partes, un receso. Ya llegaba la hora de la comida y había que pensar en las acciones a tomar por el nuevo curso que había seguido el caso.

María Teresa Fuentes, sentada a la mesa de un pequeño restaurante  cercano al edificio donde se llevaba el juicio, era de buen gusto al comer. A lo lejos, claramente se identificó una pasta larga, servida con lo que parecía ser salsa de champiñones y queso parmesano.
De pronto, un caballero  se acerca a ella y después de intercambiar algunas palabras, se despide para ir hacia la salida.  Minutos más tarde, el Licenciado Peltz, su defensor, de mirada muy seria y esquiva, pide sentarse a su lado y ambos conversaron hasta finalizar el  postre, unas peras al tequila muy sabrosas, que ofrecieron a los comensales como parte de un menú gourmet.

De regreso en la corte.

15:45 hrs. Empezamos a entrar en la sala. La concurrencia murmura sobre el posible culpable de la falta. Yo me siento al fondo, cerca de la ventana central y no pude eludir la mirada de Marité:

—-Eres un desgraciado. Cómo fuiste insensato No tenías derecho a publicar algo que no era tuyo, nadie te lo regaló. Eres un ser cruel y vengativo. —-
Los gritos de enojo se escuchaban en el pasillo mientras yo, encolerizado, tuve que abandonar rápidamente la estancia para no regresar.

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