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Especial de cine: regímenes represores

En el primer especial del 2026, la redacción purgante propone un compendio de películas capaces de arrojar luz sobre cómo operan y vulneran los regímenes represores.

Un simple accidente; Jafar Panahi

En la más reciente edición de Cannes entraron a concurso dos películas iraníes que se estrenaron hace no mucho en México: Ella y su hijo, de Saeed Roustaee, y Un simple accidente, de Jafar Panahi. Pese a que las dos tiene un carácter claramente transgresor, Roustaee —quien fue encarcelado por la guardia revolucionaria iraní en 2023 por promover Los hermanos de Leila en Europa—  fue acusado por un grupo de cineastas independientes de haber recibido el aval del régimen de los ayatolás para filmar la película; lo que la convirtió, a ojos de sus colegas, en un trabajo por encargo que busca cuestionar el patriarcado plegándose ante el uso irrestricto del velo. Esto, aunada a las abrumadoras cuotas melodramáticas del filme de Roustaee, dejaron la vía libre para que Panahi sostuviera la bandera del cine iraní durante la segunda mitad del 2025 y los primeros meses del 2026, con nominaciones al Oscar incluidas a Mejor Película Internacional y Mejor Guión Original. Dicho todo esto, Un simple accidente es, al mismo tiempo, un drama social, un thriller moral, un relato asfixiante, una comedia negra y una carta de denuncia capaz de sostenerse por sí misma. Un modesto mecánico que está ante la posibilidad de vengarse de su torturador, un excombatiente en Siria que abraza con fervor criminal la supuesta soberanía divina de la revolución islámica, descubre que ni las cicatrices más profundas son capaces de emparentarlo con su verdugo, pero, por desgracia, tampoco de salvarlo.

El beso de la mujer araña; Héctor Babenco

“A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas”. Con esta oración inicia la novela de Manuel Puig, texto en el que se basa la película de Héctor Babenco y que comienza con esa misma línea siendo pronunciada por Luis Molina (William Hurt), un homosexual encarcelado durante la dictadura brasileña acusado de abusar de un menor. Mientras pronuncia esas palabras, la cámara hace un paneo para presentarnos la celda que comparte con Valentín Arregui (Raúl Julia), un prisionero político de militancia izquierdista que es torturado para sacarle información sobre sus compañeros. El personaje femenino que nos presenta Molina a través de la oralidad es la protagonista de las películas noir que recrea y le narra a Arregui, Sonia Braga. Con ese tenue y delicado movimiento de cámara, nos introducimos a dos historias en una sola. Bien escribe Jorge Volpi en la introducción de Una novela criminal que “la mejor manera de contar una historia es con otra”. Aquí se nos establece desde el principio con una real (el contexto de Luis y Valentín tras las rejas) y una ficticia (el filme que es narrado por Molina). Asimismo, comprendemos de inmediato que el cine es el vehículo de libertad para Luis, quien escapa diariamente a través de los recuerdos cinematográficos que resguarda en su memoria o se los inventa. Quiere lo mismo para Valentín, pero choca con un tipo muy plantado en la realidad que se niega a traicionar a los suyos, que se indigna con el trato inhumano que reciben sus camaradas recién llegados a la penitenciaria y que también representa al lado homófobo y macho de la izquierda. Ambos son vistos y tratados como enemigos del régimen, repulsivos para la sociedad. Pertenecen a dos de los sectores incómodos para un gobierno dictatorial con perfil de derecha: los homosexuales y los revolucionarios. Bajo un sistema con ese poder en turno, no hay escapatoria: es la cárcel o morir asesinado. ¿Acaso el cine, las películas y el relato oral son armas efectivas para huir de la cárcel y esquivar la muerte? Puede ser. Igualmente, cabe la posibilidad de que cuatro décadas después del estreno de El beso de la mujer araña interpretemos que la mujer descrita por Molina no sea la estrella de la gran pantalla sino él mismo, pues es incisivo en subrayar que es una fémina e incluso le pide a Valentín que lo trate como tal. Vista a la distancia, desde una óptica de nuestra actualidad, la película puede tratarse de un testimonio adelantado a su tiempo, un testimonio plasmado entre la ficción de Héctor Babenco y la realidad de los años ochenta, pero que encontró su lugar hasta ahora. “A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas”.

Brazil;Terry Gilliam

En el minuto 127 de Brazil (1985), Sam Lowry (Jonathan Pryce) tiene una desconexión definitiva con la realidad, producto de la tortura a la que lo somete el régimen totalitario al que no puede derrotar. En los últimos instantes del metraje de esta obra maestra de Terry Gilliam, Sam emprende un escape orquestado por el enigmático Archibald “Harry” Tuttle (Robert De Niro), para finalmente reunirse con su amada Jill (Kim Greist). Este desenlace feliz sucede solo en la mente del protagonista, lo que confirma la desolación de la trama, pues Sam empieza y termina soñando en este trágico cuento que provoca una reflexión contundente: ¿en verdad es posible cambiar el mundo, o solo se puede fantasear con ello? Gilliam, visionario realizador en su momento cómplice del conglomerado cómico Monty Python, entrega en Brazil un esquema adelantado de todos los males que aquejan nuestra actualidad: pantallas infinitas y enajenantes, infancias feroces, la normalización de la violencia y sobre todo, la falta de humanidad, en un mundo tecnológicamente a la vanguardia, pero carente de emociones. Sam Lowry es un soñador que se desenvuelve bajo el yugo de un gobierno opresivo que todo lo limita, pero solo se da cuenta de eso hasta que encuentra a la mujer de sus sueños (y pesadillas), dejándolo todo por ella. La chispa de amor no será suficiente dentro de la atmósfera delirante que poco a poco reduce a los personajes a meros guiñapos, entre la burocracia cruel, el conformismo y la refutación de esperanza del sistema autoritario que prioriza el orden y las reglas sobre los individuos. En esta distopía de tremenda riqueza visual, Terry Gilliam homenajea al El acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein, mientras recurre a la literatura de George Orwell y Kafka para delinear el segundo peldaño de su tríptico sobre las batallas por la imaginación y la libertad de pensamiento, conformada también por el barroquismo de Time Bandits (1981) y Las aventuras del Barón Munchausen (1988), ejercicios fílmicos que muestran el atinado uso de la comedia para plantear ideas serias y provocar más preguntas que respuestas. Película de culto con tétrica vigencia permanente, Brazil es una dura crítica al totalitarismo y al uso excesivo de la tecnología como enfermedad esclavizante; además, el filme trasciende por sufrir en su génesis los mismos males que exhibe: los estudios Embassy International Pictures y Universal, querían imponer un corte final que incluyera un happy ending, lo que cambiaría todo el pesimismo del discurso central de la obra. Al igual que Sam Lowry, Gilliam defendió con garras y dientes su trabajo, entregando uno de los finales más tristes y poderosos de la historia del cine. Brazil cumplió 40 años de su estreno, pero se siente tan actual que aterra, con una geopolítica global en la que sistemas totalitarios brotan y se metamorfosean indiscriminadamente, ante la apatía de sociedades y gobiernos.

Tengo miedo, torero; Rodrigo Sepúlveda Urzúa

“No tengo amigos, tengo amores”, le dice La Loca del Frente a Carlos mientras los dos están junto al mar. Y aunque ésta bien podría ser la conclusión de una historia de amor, se trata del epílogo de un film donde la política y el arte rompen con los paradigmas binarios que nos ha impuesto la estructura patriarcal. Quizá por eso, el logro de esta película consiste en poder traducir con éxito el lenguaje literario de la novela de Pedro Lemebel, al mismo tiempo que plasma la represión y la violencia que sufrían tanto los grupos opositores como la comunidad LGBT+ durante la dictadura militar de August Pinochet en Chile. Sin embargo, el ejercicio crítico del guion no se detiene ahí, pues a la par muestra la velada homofobia que existía en la izquierda latinoamericana, lo mismo que su intento por entender otras formas de disidencia. Por último, Julieta Zylberberg, Leonardo Ortizgriz y sobre todo Alfredo Castro hacen de sus personajes seres complejos, que a su tiempo comprenden que la única posibilidad de sobrevivir a la represión es por medio de la resistencia. Y justo es ahí donde la dirección de Rodrigo Sepúlveda Urzúa logra consagrar un discurso verdaderamente subversivo, pues la paleta de colores se nutre del espíritu urbano de una ciudad acorralada y una sociedad herida, que a todas luces busca la libertad.

El mal no existe; Mohammad Rasoulof

Mohammad Rasoulof ha sido durante años un director incómodo para el régimen teocrático islamista de Ali Khamenei. Arrestado en reiteradas ocasiones, ha desafiado la prohibición de hacer cine y ha logrado sacar clandestinamente sus películas del país, permitiendo que el mundo conozca las terribles situaciones que la población iraní afronta a diario. En 2020 decidió abordar la pena de muerte desde una perspectiva radicalmente distinta, a través de cuatro relatos breves y contundentes que retratan a distintos verdugos obligados a ejecutar a los condenados, sin juicio ni justificación alguna. El filme se centra en las consecuencias que este trabajo despiadado tiene sobre su salud mental y emocional, deteriorando de manera irreversible sus vínculos familiares y afectivos. Cada uno de los episodios fue rodado con equipos reducidos y en absoluta clandestinidad, y presentado ante la censura como obras independientes. El largometraje completo fue montado fuera de Irán y tuvo su estreno mundial en el Festival de Berlín. Los verdugos, construidos como personajes de una complejidad poco habitual, se revelan también como víctimas de un sistema que los instrumentaliza como engranajes fundamentales de la maquinaria de la banalidad del mal. Las secuelas, de tono pesadillesco, quedan grabadas en su psiquis para el resto de sus vidas. Con astucia e inteligencia, Rasoulof expone los caminos imposibles y las decisiones límite que estos hombres deben enfrentar ante el dilema de presionar un botón que arrebatará la vida de seres inocentes. El mal no existe es una cinta profundamente estremecedora, que invita al espectador a ponerse en el lugar de personajes que rara vez ocupan el centro del relato, y lo obliga a contemplar todas las perspectivas. La conclusión es devastadora: en un régimen que no valora la vida de su gente, cualquiera puede convertirse en víctima del sistema. Frente a tanta vileza y crueldad, las salidas son escasas; a veces, la única opción posible es la disidencia… o la muerte.