Categorías
Historias

Existencia

Soy pura nostalgia y una monserga de infame certeza.

Había decidido cambiarse el nombre, aunque nadie supiera realmente cómo se llamaba. Salió un día, cuentan, corriendo por la puerta trasera de su edificio, después de meses de haberse refugiado. Cuentan que fue impulso de su locura, nada planeado, y que ahora se ha quedado sin nada. Como un recién nacido, pero sin el cobijo de los padres que debieran de cuidarle y protegerle. E igual llegó, sin nada, aturdido, esperando un vuelco en su vida que le permitiera tener algo, lo que fuera. Y lo tuvo. Pero ahora, presumen los que han tenido la dicha de verle, que se encuentra cansado de todo, que ya no es más quién era y sólo será, de ahora en adelante, quien es ahora.

¿Quién fue previamente? Nadie, ni él mismo, quiere recordarlo, así que lo más probable es que nadie lo sepa. Todo lo que se sabe de él es por que le han visto, pero nadie ha podido charlar con él. Tan imposible es cruzar con él palabras como hacer entrar en razón al más afable -si es que eso es posible- de los fascistas. La gente del pueblo deduce que espera no encontrarse con quien se haya enterado de quién fue ni qué hizo, y que por eso vive huyendo. Por lo visto fue persona, aunque huya como tirano. Pienso yo que tendría que terminar con la vida de aquellos que reconozcan en él el rostro de alguien conocido; y seguro que él no quiere ser un asesino, pues no le alcanzaría ser miserable para tanto, o para tan poco. Aunque aquello le daría identidad, o el reconocimiento de la gente; o, por lo menos, sabríamos lo que es ahora: un asesino.

Pero yo solo imagino y elucubro inverosimilitudes a raíz de lo que oigo, de lo que charlan sobre él en las barras de los cafés de San Fernando. Y si va a dar a la cárcel, o a un centro de adicciones, o al manicomio, o lo que sea, ya no sólo tendría identidad la que fuere, sino también donde pasar sus cruentas noches. Pero, hasta ahora, es él, sea quien sea que diga yo. Con otro nombre; con el mismo. Hecho trizas, quizás, pero él, sin más que una chamarra color ocre que apesta a humedad, unas botas con las que trabajaba entre el lodazal de las minas y doscientos pesos, pues es así como dicen que lo vieron la última vez, aunque, para cuando esto se está escribiendo, seguro esos pocos pesos valen lo mismo que su olvido, o un poco más. Pues sabrá su mezquina vida cuándo habrá guardado ese billete. Pudo haber sido en tiempos donde se le quitaron ceros a los cientos, o cientos a los que parecían ceros. No sé siquiera cómo la gente dice que lo vio salir con dinero. Serán patrañas de los mentirosos cuentahistorias.

De no ser por lo que narran las personas, se habría quedado hace tiempo en el olvido, junto con los pocos muebles que alguna vez logró adquirir, que por consejo de una novia que tuvo, de la que sí se sabe. Dicen, también, en una de las muchas charlas, que ahora sólo existe él, que las calles están desiertas, y la estación es un invierno que no cede, porque también la siento; y una voluntad, muy parecida a la mía, a la merced de una escasa certidumbre. Como si no hubiera nada pero como si lo fuera todo. Como la lluvia que se consume por el calor, que se transforma, pero que sigue siendo; ese soy yo, ese es él, o de nuevo será lo que cuentan. Seguimos siendo,, de alguna manera, pero yo no soy más que él; pero él sí puede ser más que yo. Estoy en otro peldaño del ciclo. He adoptado otras formas, a lo mejor hasta las suyas. Mírenme como quieran, o mírenlo a él: como un detective de novela negra o un perfecto desconocido. Sirve para lo mismo que nos nombren si nadie ha de responderles. 

El escondite debe ser para él un completo fastidio pues nadie nunca se esconde realmente. El pasado lo persigue a uno como si fuera fugitivo, pero, ¿de quién?, pues de uno mismo, carajo, de quién más. Esconderse es esconderse de uno mismo y eso es imposible, pues no se borra todo tan fácil. De nombre se cambia uno fácil, pero ¿y de vida?, ¿de destino? Ni el más grande de los magos, o de los mentirosos. Y yo no soy mago y para mentir soy bastante infame. Él, por el contrario, para desaparecer es un buen símil de mago, y como mentiroso no podría ser calificado. La vida se escapa fácil, cuál seda fina. Lo único que sé elucubrar son problemas, angustias, historias ajenas, o mías. Si lo sabré yo, que estoy aquí por mí, huyendo de mí mismo, o del que era o seré. Si no me conociera nadie hasta pensaría que somos los mismos. Pero… no. De mí nadie ha escrito una palabra. Soy pura nostalgia y una monserga de infame certeza. Y nostalgia de verdad, de esas que beben de las nostalgias ajenas. Yo, que antes leía hasta el hartazgo, ahora creo que los libros son pura mentira. La angustia me ha consumido hasta las más nimias pasiones. Acúsome de ser yo, que escribe de lo que le cuentan. Juego a ser escritor. Esa pasión nadie ha de robársela jamás. 

Pero si todos debemos tener un nombre, ¿qué hago yo aquí? ¿Qué hace él allá, dondequiera que se encuentre? Es difícil nombrar algo que existe sin alguna designación. ¿Cómo aferrarse a la nada, a nadie? Y pregunto por aquellos que están viendo esto en los diarios, o escuchando estas palabras que haré llegar hasta que alguien se entere. Porque yo existo sin necesidad de nadie ni nada. No necesito que me nombren. Él tampoco ha de necesitarlo. Resultaría imposible reconocer al Diablo entre diablos si uno no sabe a qué se aferra ni qué es lo que está buscando. Quizás por ello vemos todo desierto y tan funesto. Qué afables los infames por dejarnos pertenecer más allá del nombre. Porque, eso sí, de existir, aunque sea en ese traspaso de enunciados, nadie ha de salvarse. Yo seguiré escuchando lo que han de contarme. Tengan cuidado con no nombrarse, o restará sólo existencia, y no se garantiza serenidad.

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *