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Poesía

Intermitentes encendidas

Un golpe dentro de mi cabeza no deja de repetirse una y otra vez. Uno que se vuelven dos. Dos que se suman a tres. Es severo. Despiadado. Ni siquiera consta de un segundo; es aún más rápido, pero ahora es todo el tiempo de mi vida. Vidrios esparcidos a mitad de la calle, caen como lluvia cristalina y angelizada por los reflejos de sol, y aun así cortan. Son filosos. Hieren. Son una advertencia de los recuerdos que ahora están en mi cabeza. Cortan mi mente, están ahogando mi garganta mientras la canción de amor falso aún sigue sonando en la radio.

Me pregunto si sigo siendo humano. Dicen que tengo que hacer que mis pies toquen la tierra para conectar con el universo, pero yo no puedo dejar de pensar que mis adoquines están llenos de vidrios con puntas afiladas; que mis talones sangrarán con los restos de los espejos estrellados, que de lo que sea que esté hecha, ha estallado dentro de los neumáticos. Apenas un segundo. Solo un pequeño movimiento y la calle me quedó chica. Como todo en esta vida. Quiero decirle al hombre, al que he estropeado su coche, que todo me queda chico, que hasta mi piel me está apretando; que tengo que, a veces, abrirla para poder escapar un poco a través de líquido carmesí, pero sé que no puedo decirle eso, sé que no puedo decirle que acabo de darme cuenta que ahora las calles me están apretando el corazón que ya no tengo, que poco a poco ya no estoy en talla para esta ciudad. Lo único que puedo hacer es pedirle perdón —como los que nunca he pedido a las personas que he herido—, porque soy culpable. Sé que lo soy, aunque me digan lo contrario.

Estoy de luto. Estoy de luto por su espejo.

No quiero que piense que estoy como si nada. No quiero que imagine que estoy en algún lugar sin pensar en lo que sucedió, sin importarme su vidrio estrellado. No dejo de pensar en que soy la culpable de todo, no me importa lo que diga un reglamento oficial, después de todo nunca los he seguido.

Sé que debo demasiadas disculpas, y yo se las doy todas a él.

Sé que la vida me debe demasiadas miradas asesinas y palabras de odio, ahora me paga y yo las recibo porque sé que son mías. Sé que soy todas esas palabras que las personas están gritando. Quiero decirles que sí, que lo soy, soy todo lo que están escupiendo, pero hay demasiado tráfico y llevan demasiada prisa, han perdido suficiente tiempo en la calle más estrecha de la ciudad. Ya les he quitado suficiente tiempo, pienso.

Querida ciudad, soy todo lo que están pensando de mí, con mi auto mal estacionado y sus intermitentes parpadeando.

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